Abrazos puros
A Yárida Cardozo y Arnoldo Loaiza, mis psicólogos de cabecera.
El médico Luis Jiménez, llamado por sus vecinos Luis Tristón, estaba extenuado de muchos años ininterrumpidos de práctica médica en clínicas privadas y hospitales públicos. Lo encontraron en una cama de quirófano delirando, sudando y diciendo incoherencias, utilizando términos médicos. El director del hospital revisó su expediente, y observó que no había tomado vacaciones en ocho años. El memorando fue contundente: ¨tomar todas las vacaciones vencidas hasta la fecha¨, lo cual implicaba casi un año sin actividad profesional. Era justa la decisión administrativa, pues su sistema nervioso estaba destruido de ver tanta atrocidad, enfermedad, accidentes, violencia, tortura, infanticidios, quemados, amputados, agonías eternas de gente cancerosas… excretas, orinas, vómitos, sangre, secreciones infecciosas… Imágenes omnipresentes en la mente de un médico que ahora no tenía paz para disfrutar de sus vacaciones obligadas, ni del dinero ganado por el sobre tiempo.
Comenzaron las necesitadas y obligadas vacaciones. Desde las primeras noches, Luis no podía conciliar el sueño debido a la saturación de imágenes de salas de emergencia y de quirófanos. Al principio, daba vueltas por la habitación, luego por la casa, hasta que terminó en pijamas en el jardín. El agotado médico se levantaba, después de dar cientos de vueltas en la cama, a las cuatro de la mañana. Regaba las plantas, intentando deshacerse de las imágenes, pero terminaba pensando en pendejadas sobre el sentido de la existencia, de la vida y de la muerte. Siempre las respuestas se confundían con el chorro de agua y parecían filtrarse irremediablemente por la tierra. A las siete, la claridad del sol levantaba el telón de la vida cotidiana para que los vecinos observaran aquel drama encarnado en su rostro angustiado y en sus ojos lagrimosos. Cada día veía con nostalgia a sus vecinos despedirse de sus familias para ir a sus trabajos. Después de desperdiciar suficiente agua y pensamiento, su mujer lo llamaba a desayunar.
- ¿Qué quieres desayunar, Luis... Pan, arepas, jamón, queso amarillo o blanco, huevos, mermelada, leche, jugo..?
- No tengo hambre - era su respuesta casi segura envuelta en una voz quejumbrosa de desahuciado.
Cabizbajo, se metía al baño por dos horas a ver correr de nuevo el agua y desperdiciar los últimos pensamientos. Sabía que al salir de la ducha no encontraría nada que hacer, excepto revolcarse en la cama y tratar de recuperar sin éxito el sueño perdido por la noche. Su costumbre a la permanente actividad le mantenía el cuerpo eléctrico, mientras estaba acostado, sintiendo calambres, cosquilleos y temblor en los músculos. Entre tanto, su esposa Doña Ana, pensaba, mientras preparaba el desayuno: "¿Qué más quiere? Tiene cuatro hijos, dos hembras y dos varones, respetuosos, cariñosos, buenos estudiantes; me tiene a mí en cuerpo y alma; casa propia, carros, tarjetas de créditos; reconocimiento profesional, y sobre todo, la consideración de sus superiores y colegas que hicieron posible estas merecidas vacaciones... ¡No entiendo su melancolía!".
Una vecina, que lo observaba todas las mañanas, le comentó a Doña Ana que la melancolía y la depresión eran peligrosas, pues generalmente llevaban al suicidio. Esto la asustó de tal manera que convenció a su marido para que visitara al psicólogo. Fue así como conocieron al terapeuta Vicente Castellanos, egresado de una escuela gestaltista alemana y como filósofo de una universidad francesa. Desde la primera consulta, recomendó sesiones terapéuticas colectivas e individuales. Después de algunas terapias, el resultado fue sorprendente, pues a la vuelta de dos meses, Luis dejó la tristeza y no regó más las plantas. La felicidad regresó a la casa de los Jiménez, a pesar de tener ahora un jardín marchito. Los desayunos eran entusiastas y de buen humor. El insomnio desapareció, y regresó la actividad íntima matrimonial, sin melancolías ni rostros vacíos. En la mañana, el doctor se iba al gimnasio para mejorar su condición física y su salud.
Pero en la última sesión, Luis se mostró interesado en el diploma de filosofía que Castellanos exhibía colgado en la pared de su consultorio. Invadido por un sentimiento narcisista, el filósofo escondido detrás del terapeuta convirtió su escritorio en un podio, y olvidando los principios del transfer terapéutico, comenzó a dar una conferencia sobre el existencialismo a aquella alma que apenas salía de la encrucijada de una crisis existencial. Inició con una introducción sobre el significado de la filosofía, sus grandes temas como la vida y la muerte, y de las grandes corrientes históricas, como el materialismo y el espiritualismo, hasta abordar el tema del existencialismo y los problemas del sentido de la vida del hombre citadino contemporáneo. Lamentablemente, todo el terreno ganado se perdió cuando el Doctor Castellanos se le ocurrió mostrar en su biblioteca las obras completas de los existencialistas, y le invitó a escoger alguna de ellas como préstamo, tal vez no como receta de un terapeuta, sino como gesto amistoso con el primer paciente que tuvo la gentileza de interesarse por su pasión por la filosofía. Además, parecía ya haber regresado al mundo de la cordura, pues su gesto era prueba de que había recuperado por completo la agudeza mental, al reconocer el talento de su terapeuta. ¨Querido colega – le dijo el terapeuta al paciente, rompiendo definitivamente el transfer – para un hombre brillante, profesional, culto y preparado como tú, la lectura de un libro de profundo contenido constituirá una actividad extraordinaria de distracción en los venideros días de vacaciones¨. Luis seleccionó al azar con entusiasta indecisión, uno de los títulos mostrados por el doctor, casi como quien sale de compras, y no termina por decidirse entre una camisa y otra. Las palabras de su terapeuta le hicieron sentir preparado para disfrutar de su salud mental y de su tranquilidad, y entretenerse en algo diferente a la medicina. La lectura filosófica era una alternativa novedosa para las horas de ocio vacacional de un hombre de su talla intelectual.
Comenzó a devorar el libro seleccionado con la avidez de los lectores más entusiastas. Pero en un pasaje de la obra leyó, a propósito de las experiencias fenomenológicas, que el abrazo, al cual la tradición romántica había impregnado de un sentido puramente afectivo, consistía simplemente en apretar una bolsa viva de vísceras, orines, excrementos y moco. Esta idea, lejos de ser una respuesta adecuada a sus problemas, se convirtió en una imagen que le invadió cada centímetro de su memoria quinestésica. Aunque Luis quería continuar con la lectura, las letras ya no tenían forma ni posición. Tampoco las palabras ni las frases tenían significado. Estuvo largos minutos paralizado sobre la misma página. Sólo imaginaba el abrazo y el interior de los seres humanos. Sus conocimientos médicos favorecían aquel proceso imaginativo. Todas sus imágenes contra las que había luchado, su experiencia, sus prácticas médicas, sus pacientes, sus estudios de anatomía se escaparon de su racionalidad y se volcaron en su afecto enfermo en aparente recuperación. Luis no era consciente de que ya no leía. Sólo su esposa se dio cuenta de ello, al observar que durante minutos no movía un solo músculo, ni movía los ojos de las mismas líneas, ni pasaba la página. Estaba congelado, petrificado, pues ella lo llamó, se le acercó y le volvió a hablar sin obtener respuesta. Entonces, hizo la prueba definitiva. Atravesó su mano entre el campo visual de Luis y las páginas del libro, y no hubo reacción. Ni siquiera un pestañar. Finalmente, la mujer más preocupada que nunca, levantó su rostro desde su mentón y vio grabada en su expresión una sonrisa leve y ambigua bajo una ceja levantada. Le dio un sacudón, y finalmente vino en sí. Cerró el libro y le dijo a su mujer: “Sostén aquí…voy un momento a la farmacia”.
Entonces, Luis tomó la terapia por sus propias manos: compró una caja de veinticuatro frascos de Sal de Epson, y clandestinamente purgó a toda la familia. La razón era clara, aunque no la comunicó jamás, porque sabía que no lo iban a comprender : los abrazos entre familiares deben ser siempre puros y limpios. Entre tanto, la familia pasó largas semanas sin dejar de ir al baño, casi al borde de la deshidratación. Cuando su esposa le insinuaba que deberían hacerse unos exámenes médicos para determinar la causa, él les decía: “No se angustien... no es necesario... es importante purificarse ... se los digo yo, que soy médico”
Luis comenzó con la rara manía de esperar a quien saliera del baño con aplausos y escandalosas carcajadas, para luego atacarlos con abrazos, mostrando una alegría desquiciada. Al final, salía al frente de la casa, y abría los brazos suspirando. Esta actitud llevó a su esposa a indagar con más profundidad sobre las causas de este nuevo y extraño estado de su marido. Encadenando los eventos más inmediatos, se dirigió al estante en donde había colocado el libro que su marido le había entregado antes de ir a la farmacia. Afortunadamente, el marca libros quedó en las páginas donde se explicaba sobre el abrazo, y la mujer descubrió de qué se trataba. Así que, intuitiva y con gran poder de deducción, conectó el hecho de que su marido fuera a la farmacia ese día, y buscó entre las medicinas; pero no halló nada. Por fin, después de buscar por toda la casa, consiguió la caja de potes de sal de Epson en el depósito. Apenas quedaban ocho de la caja, y entonces, Doña Ana comprendió todo.
El libro fue incinerado por Doña Ana. Mientras veía el humo salir de la papelera, entendió que tal vez estaba en una situación peor, pues su marido había pasado de la depresión a la demencia. Entre tanto, Castellanos no supo por qué su cliente no regresó jamás a su consultorio, a pesar de las continuas llamadas telefónicas a su casa, las cuales sólo eran respondidas con un silencio seguido de un golpe de teléfono. Definitivamente, Castellanos tal vez no quiso jugar al farmaceuta con la enfermedad del alma de su paciente, pero olvidó que la filosofía, en cuanto medicina para el alma, tienen infinitas contraindicaciones. Debió recomendar una lectura apacible y no las desesperaciones literarias existencialistas de la filosofía, que son terapia para los espíritus oprimidos de sus propios escritores... Debería ser una ¨logoterapia¨ para cada quien, porque cada cabeza es un mundo. Y he allí por qué nadie podrá saber jamás la receta exacta para cada quien.

