

A Petra Yánez, médium, entre vivos y muertos
A pesar de que su propio padre andaba por las calles de la ciudad capturando y amarrando personas poseídas por espíritus en pena o entidades malignas, él no creía en los espíritus. A pesar de que cuando niño acompañaba a su padre al Centro Espiritista, pues no había otra alternativa como distracción dominical, él no creía en el más allá. Lo que en realidad le importaba era salir de aquel sofocante barrio periférico de calles polvorientas, donde se mezclaban el sudor y la arena en el cuello y las axilas de los muchachos callejeros descamisados, haciéndoles lucir sus alhajas de terracota cocida por el sol inclemente. Pasear en autobús, pasar por el Malecón, ver las piraguas y llenarse los ojos y el alma con las policromías de las casas del barrio El Saladillo y Santa Lucía era como un itinerario turístico a otro continente.
Como si fuera siempre la primera vez, en cada sesión del domingo se impresionaba por aquellos personajes que su padre llamaba "Hermanos Espiritistas". En las sillas de lata plegables pintadas de azul o gris, amarradas y dispuestas en filas casi perfectas, se sentaban aquellas momias vivientes que se confundían con las estatuas y bustos de personajes históricos. Eran demasiado insoportables aquel espacio y aquel tiempo, patéticos e inertes, llenos de murmullos monótonos que asfixiaban con su frecuencia de hondas casi fúnebres. De repente, el director de la escuela interrumpía aquel murmullo para comenzar las exposiciones de las experiencias de cada uno.
- Buenas noches, queridos hermanos espiritistas. Que Dios nos conceda sabiduría y valor para enfrentar los engendros del demonio y salvar a los espíritus inocentes de la condenación eterna. Quisiera comenzar – prosiguió el director alzando la cabeza con orgullo de máster experimenta
do – contando mi experiencia de ayer. Me tocó dominar a una mujer poseída por un alma en pena. Cuando llegué a su casa, me sorprendió su raquitismo, pues además de tener los cueros pegados al hueso, medía no más de un metro y medio. Pregunté a sus familiares sobre su régimen alimenticio, y me respondieron que tenía más de una semana con la crisis, por lo cual no comía nada. Cuando la fui a levantar, no pude con ella. Pesaba algo así como 120 kilos.
- ¿Y entonces qué hicieron? - preguntó un hermano de la confraternidad, a quien el asombro lo hizo salir de la momificación.
- Tuve que pedir ayuda. Se le había incorporado el espíritu de una mujer gorda. Cuando la acostamos, el crujir de las patas de la cama amenazaba con dejarla caer en el piso.
- Yo también quiero contar mi experiencia de este fin de semana - replicó casi desafiante otro hermano -. A mi vecinita de 8 años se le incorporó un espíritu de macho. Decía insolencias con una voz muy gruesa y orinaba de pie. Le fracturó la quijada a su padre de un derechazo...
Así pasaban para este niño aquellos domingos de "embustes". Pero siempre valía la pena ir no sólo por el paseo, sino también por las esculturas y los misteriosos "hermanos", que ya comenzaban a parecerle cómicos cuentacuentos.
Años más adelante, ya adolescente, comenzó a leer obras filosóficas materialistas, porque un amigo lo convenció de que Dios ni el más allá existían, ni que, definitivamente, existían pruebas para demostrar la inmortalidad del alma. Las lecturas de las obras de Marx, Freud y Nietzsche lo terminaron de convencer. Y mientras leía que el espíritu era producto de la materia o que Dios no había creado al hombre, sino que éste había inventado a Dios, pensaba: "yo sabía que eran embustes de los locos de la escuela de espiritismo, incluyendo a Papá". Su avidez por los llamados maestros del ateísmo y las conversaciones con algunos estudiantes universitarios, adultos naturalmente, fanáticos de las ideas materialistas marxistas de moda, lo llevaron a sentirse ateo radical, pues en esos años prefería lidiar con la sensación de pánico, desolación y falta de esperanza que con la comodidad de una idea de un Dios todopoderoso que todo lo tenía planificado en su vida. Un adolescente siempre necesita retos, vértigos, riesgos. Pero si la mayoría prefiere los deportes extremos, éste prefería el pensamiento existencialista extremista para acelerar un poco la adrenalina y darle emoción a la vida.
Una tarde presenció lo que jamás hubiera querido ver, pues se le derrumbaron las hipótesis materialistas que con tanto esfuerzo lector había hilvanado. Su abuela, parada en la puerta de su casa, temblaba, gemía y miraba con ojos de candela a todos los presentes, como si no los conociera, mientras se aferraba al marco, de modo que nadie la podía despegar. Llamaron a su padre, el espiritista, quien asistió no sólo por compromiso familiar, sino también porque estaba siempre al acecho de cualquier fenómeno. Cuando se le acercó a la anciana, ésta lo empujo con una fuerza brutal impresionante propia de un gladiador. El especialista cayó sentado unos cuantos metros hacia la sala, pero lo tomó como algo rutinario, y se levantó con parsimonia. Sacó una tiza de su bolsillo, y dibujó un círculo en el piso. Luego, llamó la atención del espíritu invasor, retándolo con palabras agresivas e insolentes, de modo que al intentar atacarlo de nuevo tuviera que pasar por el círculo. Al atravesar por la zona demarcada, el cuerpo poseído de la abuela se desvaneció. Luego de ser acomodada en forma de equis dentro del círculo, su padre, el especialista, le colocó una cruz de madera en la frente. ¡La cruz se dobló como metal! La abuela volvió en sí, pero sin poder recordar lo acontecido.
El que se había convertido en ateo sabía a conciencia que no había trucos. La cruz humeó y la abuela quedó marcada con una quemadura en su frente. Su avidez de entender la verdad lo hizo superar el horror, y como buen adolescente amante de lo riesgos, tomó la cruz que había caído de la frente de la abuela cuando esta se levantó del piso. Todavía caliente, la cruz de madera doblada tremaba entre sus manos como tratando de enderezarse. Entonces, una vez enderezada entre sus propias manos, miró a su padre fijamente con una mirada de extraño, como la mirada de su abuela en trance, y se guardó la cruz en el bolsillo. Su padre se asustó convencido de que había habido un tránsito de la entidad maligna hacia su hijo. Entonces el muchacho emprendió la marcha hacia su casa, mientras su padre lo seguía prudentemente. Hijo y padre llegaron a su casa, y el primero se encerró en su habitación, mientras el segundo, luego de ver a su hijo desaparecer, lloraba silenciosamente golpeando su frente contra la puerta cerrada con cierto sentimiento de culpa.
El muchacho, poseído por una fuerza enormemente parsimoniosa y solemne, tomó todos los libros de los maestros de la paranoia intelectual y los apiló en su escritorio. Su padre lo espiaba desde la ventana, lleno de preocupación. El muchacho salió finalmente, y su padre lo enfrentó. Entonces lo miró fijamente y le dijo: ¨¿Qué hay papá? … primera vez que te veo tan asustado… olvídate de la cruz… es mía; y ni se te ocurra entrar al cuarto a buscarla. Cómprate otra si la necesitas para tu trabajo¨. Continuó caminando con sonrisa maliciosa, entró al depósito de la casa a buscar una enorme caja de cartón, y la llevó a su habitación. La colocó al lado del escritorio y se encerró de nuevo.
Su padre intentó despojarlo de algún posible espíritu. Era lógico que su estado guardara relación estrecha con la situación de su abuela, pues su hijo había presenciado todo, tenía su genética de médium, y sobre todo, se había quedado con la cruz de madera. El espiritista convenció a su hijo de que le dejara entrar, y una vez adentro, dibujó el círculo en el suelo. El muchacho voluntariamente se acostó en forma de equis con el libro de turno abierto en el pecho, y desde el piso, le dijo a su padre: ¨no pierdas el tiempo, que no es otro espíritu sino yo mismo que debo reconstruir mis pensamientos¨. Su madre sugirió que se trataba de algún problema psicológico, e intentó despegarlo de los libros con la ayuda de un terapeuta, pero éste, tras las conversaciones con el muchacho, no logró que quitara la vista de los libros que deshojaban a intervalos precisos. Comía, iba al baño y se movía por toda la habitación con el libro de turno en la mano, sin quitarle la vista a la página que debía ser desojada; y se acostaba con el libro en el pecho, abierto en la página que le correspondía ser deshojada. En la mañana, se levantaba como un resucitado con el libro en el pecho, y deshojaba la primera página del día para comenzar la rutina.
Perdió el año escolar, pues pasó meses deshojando los libros apilados a un intervalo de un minuto cada hoja y llenando la caja con las hojas arrancadas. Seis pilas de un metro de alto fueron desmembradas, hoja a hoja. No se trataba de una destrucción violenta y rencorosa sino de un proceso de reversión de las ideas que se desarrollaba en la medida en que examinaba cada página de cada libro leído con fiebre de filósofo ateo. Al final, tomó la caja repleta de hojas y las revolvió durante unas cuantas horas. Llamó a su padre y le dijo mostrándole la enorme caja de cartón: ¨Ya terminé. Allí está toda la verdad… La verdad es como esa caja repleta de ideas, pero que nadie pude ordenar con facilidad… El mundo es un libro que no sabemos leer porque no entendemos el orden en el que fue escrito… Al homo sapiens le falta mucha evolución para poder ordenar las páginas del universo…Déjame acompañarte a salvar almas, Padre, que puede ser más útil que perder mi tiempo descifrando lo indescifrable¨.
No hay cosa más tormentosa para el espíritu que el escepticismo fanático. No hay cosa más confortable y útil que la fe y la convicción. Ahora, él anda por ahí con su padre, feliz con su nueva trascendental y misteriosa misión de amarrar poseídos.