








Amor divino
A quienes se creen promiscuos e inmorales
Marcelino se detuvo un rato frente a su portón a observar la mudanza de los nuevos vecinos del frente. Mientras su rosario de plata brillaba en su cuello, y sus manos de diez años estrujaba un Nuevo Testamento de bolsillo, su mirada inocente se extraviaba lánguida entre los múltiples colores sólidos de los incontables juguetes que bajaban del camión. Detrás el portón colonial, él era una estampa típica de inicios de la época victoriana europea: vestía camisa de mangas largas de cuello con vuelos tejidos, pantalón corto, correa de hebilla clásica, medias blancas hasta las rodillas y zapatos negros de suela de cuero natural. Todo él contrastaba con el atuendo deportivo de marca de su nuevo vecinito, Leonardo, quien no colaboraba ni siquiera llevando sus propios juguetes. Simplemente, instaló en el porche un televisor y un juego electrónico, y comenzó a jugar mientras los trabajadores carreteaban el mobiliario. Marcelino pasó seis horas viendo entrar a la nueva residencia de la familia Casavecchia una cantidad enorme de muebles y enceres. Sólo dejaba de observar para ir al baño, comer o tomar agua. Por un momento, pensó que tantas cosas no iban a caber en la casa y que devolverían muchas de ellas al enorme camión que cubría también el frente de la casa vecina. Dejó de espiar la mudanza sólo cuando Leonardo recogió sus equipos de entretenimiento virtual, entró y cerró la puerta tras de sí.
Pasaron dos semanas sin ningún contacto físico entre los nuevos vecinos, hasta que la inocencia tomó la iniciativa. Frente a frente, cada uno desde su portón, Leonardo y Marcelino comenzaron sonriéndose hasta que finalmente, y al mismo tiempo, salieron y se encontraron en terreno neutral. En el centro de la calle, se extendieron las manos, se engancharon cuatro dedos, se frotaron los pulgares y luego los codos, y se dispusieron a intercambiar ideas, mientras se pasaban la vieja pelota inglesa de fútbol que Marcelino heredó de su abuelo. Leonardo hablaba de los juegos electrónicos, mientras su nuevo amigo lo escuchaba en silencio como si se tratara de un idioma desconocido. Rebotaba la pelota con tanto entusiasmo que su rosario colgado de su cuello amenazaba con desprenderse. Cuando se sintió en confianza, comenzó a hablar de las actividades del catecismo, de las hermanitas de la caridad y de su traje nuevo para la primera comunión. Leonardo, sin hacer comentario alguno, lo miraba como a un ser extraño venido de un histórico más allá a través de algún túnel del tiempo, pues no conocía ni siquiera los juguetes electrónicos.
Entonces, la señora Lucrecia, madre de Leonardo, hizo su primera sensacional aparición en su nueva vecindad: rubia, exótica, despampanante, maquillada, atravesó la calle sobre sus pantuflas rosadas de peluche con cara, bigotes y orejas de conejito. En bata de baño, tan abierta como para permitirle mostrar sus bikinis estampados con corazoncitos rojos a cada paso que daba, saludó a los dos niños, y le estampó un beso en la frente a Marcelino, mientras se dirigía a él con un gemido casi orgásmico.
-Hola querido, soy Lucrecia… No me digas nunca señora, porque me siento vieja. Sólo dime Lucre. A propósito Tesoro, es hora de la cena. Ya ordené las hamburguesas y las gaseosas. ¿Quieres venir a comer con nosotros, dulzura?
- ¡No, hoy es viernes y se come pescado! No se debe comer carne, porque es pecado en contra de Cristo, quien fue crucificado el día viernes – respondió Marcelino con cierto espanto ante la tentadora invitación, pero con la convicción de todo un teólogo.
- ¡Costumbres anticuadas, digo yo¡ - seguía gimiendo eróticamente la nueva vedet de la vecindad - ¡Tú te las pierdes, porque son doble queso y doble carne, además de las papitas fritas!
Marcelino se despidió cordialmente, dio la vuelta, y entró a su casa con un primer mensaje del pecado estampado en la frente. Su madre cuando lo vio, gritó:
-¡Dios Santo, ¿quien te hizo eso?!
- Estaba jugando con mi nuevo vecinito Leonardo, y su mamá me saludó con un beso – explicaba el niño, mientras su madre lo arrastraba hacia el baño por un brazo, como si le hubieran hecho una herida en el rostro.
Doña Inmaculada estrujaba violentamente la frente del niño con un enorme algodón con alcohol, al punto que el colorado beso de Lucrecia se confundió con la irritación que la escandalizada madre producía en la frente del niño. Cuando se aseguró de borrar todo vestigio de pecado de su inocente frente, lo llevó al santuario familiar y lo hizo arrodillar frente a la virgen. Rezaron un rosario durante media hora, hasta que llegó Don Santiago Benedetti. El pescado estaba listo en el horno; tendieron la mesa; se sentaron y otra vez a rezar. Comieron y fueron a la cama y de nuevo a rezar. Se levantaron temprano a sus obligaciones y de nuevo a rezar… y también en el almuerzo y en la merienda. Siempre rezaban.
El Sr. Giovanni Casavecchia se encargó de acabar definitivamente con la distancia entre las dos casas, como lo hacía siempre en cada vecindad, a donde la suerte de comerciante internacional lo llevaba. Buscaba nuevas emociones, eróticas naturalmente, y no se imaginaba el prototipo de vecina que le tocaría en frente. Cuando llegó al portón todo perfumado, con los pantalones ceñidos y con el pelo engomado, dispuesto a negociar el primer intercambio entre las dos parejas, se quedó paralizado en el portón al ver que por toda la caminería que conducía hasta la puerta principal sólo había estatuillas de santos y vírgenes, floreros y velones. El olor a templo era espeso, debido a la particular mezcla de pétalos marchitos, sahumerio y cera de vela, por lo cual aturdía ferozmente las pituitarias de cualquier olfato ajeno a los menesteres espirituales y religiosos. Cuando se disponía a regresar a su casa, decepcionado por la mala suerte que le tocó esta vez, salió Doña Inmaculada, quien le preguntó con la mirada esquiva y su rostro dirigido al piso:
-¿Se le ofrece algo, vecino?
- Sí,… bueno… yo… - balbuceaba Don Giovanni, mientras miraba el jardín casi cementerial y aquel espécimen con atuendo de solterona quedada.
Al principio, supuso que no era la señora de la casa, porque un ser vestido de aquella manera tenía que haberse quedado sola para siempre. Tal vez se trataba de la hermana solterona y amargada de alguno de los dueños. Vestía una blusa blanca con mangas largas y cuello cerrado con vuelos tejidos a mano; una falda que le llegaba a los tobillos, unas zapatillas negras sin tacón y medias blancas. Ni un miligramo de maquillaje. Sólo un zorongo sujetado con un crucifijo delataba un cabello negro azulado, largo y bien cuidado. Sin embargo, todo combinaba con su jardín de entrada, además de que Doña Inmaculada, intuitiva, se encargó de poner las cosas en su lugar:
-Mucho gusto en conocerlo… Me llamo Inmaculada de Benedetti, y espero que cuente con nosotros en lo que se lo ofrezca. Mi marido llega a las siete, por si deseaba hablar con él – dijo siempre sin levantar la mirada.
-Mucho gusto… me llamo… Giovanni, y me mudé frente a su casa…
- Ya lo sé…
- Bueno, quería que nos conociéramos y nos compenetráramos, claro, como familia… no como.... Bueno… me retiro… estoy agotado, y necesito descansar y… bueno, usted sabe… - seguía Giovanni balbuceando y utilizando muletillas debido al impacto que le produjo aquel encuentro.
Don Giovanni dio la vuelta, y caminó riéndose de aquella especie de santuario y de aquella boba que decía ser la señora de la casa. Entre tanto, Inmaculada cerraba la puerta con lentitud, mientras veía retirar a Don Giovanni con un caminar dificultoso, debido a lo ceñido de sus pantalones. Ella terminó de cerrar su puerta sólo después de que su vecino cerrara la suya.
Llegada las ocho de la noche, Don Santiago Benedetti correspondió como buen vecino a esta visita, y como aparente cosa del destino, le salió al encuentro Doña Lucrecia… Su escote dejaba ver el tatuaje de un musculoso deltoides masculino sobre uno de sus senos, y las aureolas de sus pechos se asomaban por el borde de su blusa de lycra ceñida al cuerpo. Sus pantaloncillos elásticos tallaban su poderosa y acolchada femineidad entre sus piernas, y dejaba salir la mitad de sus abundantes glúteos. Venía taconeando con dolo, haciendo vibrar sus siliconas y esparciendo su caro perfume por todo el jardín lleno de figuras helénicas: Zeus y toda la comitiva del mundo pagano de la antigüedad helénica, entre las cuales no podía faltar una réplica de la Venus de Milo.
- Hola, que sorpresota tan agradable… mi vecino tuvo la gentileza de venir a conocernos! – decía con su música orgásmica, mientras se acercaba a paso cautivador, anunciando su insaciable hambre de contacto físico.
- Buenas noches - respondió Santiago con la voz temblorosa… Me llamo… Soy… Don… Benedetti, para servirle, y sólo vine a corresponder a la gentileza de su marido de acercarse a mi casa para conocer a mi familia…
Santiago trataba de no mirar aquellos pechos, aquellos labios carnosos, aquella mirada fogosa, aquellos pantaloncillos y su contenido endiabladamente redondeado y bronceado, pero arrastró su mirada velozmente por todo aquel panorama, y luego bajó la cabeza, diciendo tímidamente:
- Lo que sea que se le ofrezca a usted y a su familia, nosotros como católicos cristianos responderemos, pues es nuestra compromiso con Dios brindar caridad y mostrar misericordia para con nuestro prójimo.
- Gracias cariño, pero no me dijiste tu nombre… quisiera llamarte por tu nombre y no por tu apellido – le decía, mientras se inclinaba para mostrarle sus abismos de placer entre sus pechos.
- Me llamo San… San…
-Ya veo que eres un santo, cariño, ¡ya veo!…
- Santiago – declaró el hombre, sobreponiéndose a la agobiante carga erótica de aquella mujerota.
Don Benedetti se alejó sin despedirse, batiendo sus anchos pantalones que sonaban a cada paso, mientras sus suelas crujían al doblarse sobre el pavimento de la calle. Doña Lucrecia le decía mientras él se retiraba: ¨Cariño, los vecinos nos despedimos con un beso en la mejilla… es una cortesía muy europea y muy glamorosa… aunque los vecinos en Alemania se despiden con un beso en la boca en señal de confianza... ¡Nosotros vivimos dos años en Alemania, y gozamos un mundo... bueno, no sólo compartimos besos con los vecinos... compartimos todo!¨. Ella aumentaba el volumen de su voz para asegurarse de que no sólo su vecino del frente se enterara de su cultura liberar, sino también algún vecino interesado en intercambiar ¨experiencias culturales¨. Santiago no volteó, y se persignó unas cuantas veces, mientras caminaba a su casa. Lucrecia se retiró riéndose de sus pantalones y sus enormes zapatos que le hacían recordar el andar de su abuelo. Fue a buscar a su marido, y en el intercambio de impresiones, concluyeron que de todos modos era una aventura que merecía la pena explorar, aunque no se llegara a nada emocionante. Además, eran vecinos y punto, y había que ayudarlos a salir de la obscuridad del puritanismo. “Están desperdiciando su juventud, su vida… ¡debieron haber tenido sexo sólo la vez que procrearon al niño!”, dijo Lucrecia con una mezcla de lástima irónica. Leonardo intervino en la conversación e informó a sus padres que Marcelino no tenía ningún juego electrónico; no tenían internet; tampoco tenían televisión por cable, y con diez años, no había visto la primera mujer desnuda en televisión, en alguna revista ni mucho menos en vivo. Los Casavecchia se conmovieron y agregaron a su intención hedonista un toque de caridad que duplicaba la excitación en esta nueva aventura. Se trataba de una misión de rescate, de modo que había que hacer algo y pronto, para que aquella familia diera un salto olímpico desde la época victoriana al postmodernismo.
El viernes por la noche, aparecieron los Casavecchia en el portón de los Benedetti. Leonardo llevaba en su morral sus juegos electrónicos y algunas revistas porno, dispuesto a introducir a Marcelino en el mundo cibernético y en el conocimiento de la educación sexual, comenzando por el primer capítulo que su padre le enseñó: las fotografías de conejitas desnudas. Giovanni traía una botella de vino blanco, porque suponía que se comería carne blanca, además de una botella de un buen escocés para relajar los espíritus, derribar las barreras racionales y desatar las emociones. Doña Lucrecia llevó sus mejores maquillajes y perfumes para iniciar a Doña Inmaculada en el arte de la seducción. Cuando los Benedetti los recibieron en el portón, el entero jardín se invadió de una mezcla de perfumes que enturbió la atmósfera, pues los vecinos venían dispuestos a aniquilar el olor a rito espiritual que había en la casa de los Benedetti, imponiendo sus aromas del mundo de la tentación mundana. Sin esperar que les invitaran a pasar, apresuraron el paso desde el portón hacia la entrada a la casa, pues ahora la mezcla de sahumerio, cera de vela y pétalos marchitos se mezcló con perfumes extravagantes de París y New York, haciendo irrespirable el aire de la noche. Los Casavecchia quedaron enmudecidos y paralizados cuando entraron a aquel templo con aspecto exterior de camposanto.
Había un santuario interno con una fuente artificial en medio de la sala, en cuyo centro reinaba una estatua del Corazón de Jesús. Las flores de este santuario siempre estaban frescas, y emanaba un olor que al más ateo de los visitantes deleitaba y lo tentaba a dejarse atrapar por la fe y la esperanza de un más allá. El sonido del agua de la fuente era un apacible fondo perceptivo que enmarcaba un tiempo y espacio místicos. Los Casavechia se encontraron entre arcos de ladrillos de terracota artesanales, al estilo de las más antiguas iglesias románicas de los inicios del catolicismo. Las paredes blancas de la sala sostenían cuadros de las estaciones de la crucifixión de Cristo; el santoral del Vaticano casi completo; los mártires del cristianismo de las catacumbas; los padres de la iglesia católica; las fotos de los cardenales y los papas del siglo XX; la fotografía del obispo de la ciudad y las imágenes de los espíritus piadosos que aún claman ascenso a rango divino, como José Gregorio Hernández, Teresa de Calcuta y María de San José. No faltaba un rincón para las fotografías del Vaticano y Tierra Santa. Todo estaba cronológica y lógicamente clasificado. Giovanni, impresionado, se detuvo frente a un cuadro de Santo Tomás de Aquino y curioseándolo, observó con detenimiento que en una de sus esquinas estaban escritos los nombres de un hombre y una mujer y una fecha: ¨Rosario y Alfonso, 22 de diciembre de 2003¨. Caminó por todo aquel museo, y observó que cada cuadro tenía dos nombres y una fecha en una esquina. El hombre curioso preguntó, y Santiago le respondió: “Son nuestros vecinos y amigos que han tenido la gentileza de compartir con nosotros momentos místicos de purificación espiritual. Espero que ustedes también compartan con nosotros momentos de fe y expiación de nuestros pecados. Mi esposa y yo sabemos que ustedes, más que nosotros, necesitan reconciliarse con el Todopoderoso… porque sabemos a qué vinieron… y nosotros también somos pecadores, y sabemos aquello de que el que esté libre de pecados que arroje la primera piedra... Pero nuestra fe en Dios nos salvará del infierno… ”. Giovanni se sintió desenmascarado y al mismo tiempo retado por aquel sermón casi sacerdotal. Entonces, apareció en su alma un sentimiento de reto y se aferró a su convicción de que serían los Casavecchia quienes salvarían a los Benedetti del oscurantismo y no al contrario, los Benedetti a los Casavecchia del infierno. De modo que fue al grano: “No tengan miedo del infierno… son sólo mitos pasados de moda; inventos de los hombres oscurantistas e ignorantes del Medioevo. Los sacerdotes han sido muy crueles con las personas creyentes al sembrarles en el alma el terror del infierno. Dante Alighieri es otro gran estafador y cómplice de esta gran farsa que ha enriquecido a Ciudad del Vaticano. La vida es para vivirla y disfrutar de sus placeres. Tengan miedo, al contrario, de desperdiciar la juventud”. Santiago bajó la mirada, se ruborizó, dio la vuelta, y se retiró a la cocina.
Después de que los tres visitantes hicieran un recorrido museográfico por casi toda la planta baja, los niños subieron al cuarto de Marcelino, en donde aquel museo cristiano terminaba de rematar con imágenes de angelitos sentados sobre nubes, rodeando al Niño Jesús. Todo estaba repleto de estatuillas referidas a la cristiandad católica y de recuerdos de las incontables comuniones, bautizos y matrimonios a los que había ido la familia Benedetti. Los niños pasaron un largo rato jugando, Leonardo enseñándolo y Marcelino aprendiendo a jugar electrónicos. Las conejitas desnudas yacían ya desojadas sobre la cama de Marcelino, pero éste quedó atrapado por la magia de los electrónicos. Entre tanto, Las dos parejas se metieron a la cocina, otro santuario más con toda su platería con motivos católicos, crucifijos e imágenes… No había detalle que no fuera religioso. Entonces, Lucrecia rompió el silencio:
- Marcelino me dijo que hoy viernes toca comer pescado… El niño se siente muy seguro de lo que cree…
- El tiene ganado el cielo – reforzó orgullosa Inmaculada - tal vez nosotros el infierno – remató casi apretando los dientes - Mi niño está criado lejos de las garras del pecado. Conoce a la perfección los preceptos de la fe católica, y espero que su frente conozca sólo una señal: la cruz, y que los espíritus promiscuos estén lejos de su alma pura y no intenten de nuevo marcarlo con la señal del pecado – reprochó Inmaculada, siempre cabizbaja, haciendo referencia al incidente del beso que la vecina había estampado en la frente del niño – Hoy tenemos salmón para la cena. Que alguien me ayude a cocinar, por favor.
Giovanni Casavecchia vio la primera oportunidad para iniciar su trabajo de rescate, y levantó la mano en señal de ser el voluntario apropiado: “Yo fui cocinero en mi adolescencia”, mintió. Doña inmaculada bajó la cabeza y comenzó a transpirar y a respirara aceleradamente. Era de suponerse que fuera Doña Lucrecia quien la acompañara a cocinar. Ésta, en cambio, tomó por el brazo a Don Santiago y lo condujo a la sala y le pidió que destapara la botella de vino. Don Benedetti no atinaba con el sacacorchos. Miraba al Corazón de Jesús como pidiéndole auxilio. Entonces, Doña Lucrecia vio la oportunidad de dar inicio también a su obra de rescate. Su desprejuiciado y directo proceder demostraba que ella era la maestra de Don Giovanni: aprovecho que Santiago estuviera descuidado mirando hacia el santuario y luchando con la botella y el sacacorchos, y le estrujó las pechugas por la espalda al pobre hombre que ya estaba temblando; metió sus brazos por debajo de las axilas de Santiago y le tomó las manos temblorosas y sudadas, ayudándole a detener la inminente caída de la botella y el utensilio. Santiago sintió las dos penetrantes tentaciones de Doña Lucrecia traspasar su camisa ya sudada. La inocencia manifestada por aquel hombre empapado en sudor y su temblor de animal atrapado la sedujeron, de tal manera que estuvo a punto de derramar sus sueños sobre sus propias prendas íntimas. Trató de calmarse para no perder el control de la situación, y cuando sintió el cuello de Santiago muy cerca de sus labios, le estampó un beso en la nuca, y luego le pasó la lengua por sus orejas como un animal que saborea su presa. Santiago gimió desamparado: “Sagrado Corazón de Jesús, líbrame de esta tentación”. Entonces, Lucrecia, aún vestida, no pudo detener las aguas de sus sueños.
En la cocina, Doña Inmaculada estaba a punto de mutilarse los dedos y confundirlos con las verduras que cortaba sobre la tabla de cocina, debido a los temblores que le producía el acercamiento de Don Giovanni. Éste comenzó mirándole los tobillos cubiertos por las medias, escaneando aquella sotana de dos piezas, buscando algún vestigio de belleza física debajo de aquella especie de cortina de la castidad. Pero su atuendo no dejaba ver nada de interesante. Entonces su mirada se detuvo en el sudor que corría por las sienes de la desamparada mujer, y Don Giovanni entendió que era el momento. Se acercó sagaz como un felino, y cuando menos lo esperaba, Inmaculada estaba atrapada entre los brazos de Don Giovanni. La presa gimió: “¡Ayúdame, Inmaculada Concepción… tú eres mi patrona y salvadora desde el día en que Dios me puso en este mundo!”. Giovanni, quien no estaba excitado, comenzó a sentir primero una sensación de poder al escuchar aquellas palabras de auxilio, pero cuando comenzó a explorar con sus manos las cordilleras de su vecina, descubrió que su esposa Lucrecia lo había engañado durante muchos años con sus coqueterías. Aquélla si que era una hembra: todos sus músculos estaban firmes y eran redondos, y el fuego de su piel morena traspasaba la sotana y la camisa de seda de Giovanni. El calor que emanaba Inmaculada era superior al calor que él sentía emanar del horno de la cocina. Por un momento, pensó que tenía fiebre. Además, el aroma que emanaba de su piel sudada era natural y limpio, y no estaba en los registros de la memoria de Givanni, pues Lucrecia se había encargado de mutilarle el sentido del olfato con sus perfumes y cosméticos. Entonces, la mujer comenzó a llorar: “¡Dios todo poderoso, no me dejes caer en la tentación y líbrame de este calvario. Merecemos el infierno…. Somos pecadores..!”. Cuando Giovanni continuaba su trabajo de rescate sintiéndose más poderoso aún, Inmaculada le dio un empujón contra el refrigerador, y Giovanni cayó de nalgas. Por fin, desde el piso, pudo ver de frente el rostro siempre cabizbajo de su vecina. Fue una aparición divina y milagrosa. Era un rostro de virgen morena con unos labios rojo carmesí; ojos acaramelados que penetraban en el alma de cualquiera y una piel tan lozana que parecía de ángel. Entonces, vio las lágrimas de la mujer, y lleno de vergüenza dijo:
- Mil perdones vecina, mil perdones, no quise ofenderla… ya me retiro a mi casa... permítame llevarme a mi familia”.
- Usted no puede ir a ningún lugar si no expía sus culpas y pecados. Usted me tiene que acompañar a mi santuario para rogar por su alma y por la mía. Sígame – ordenó Inmaculada.
La mujer abrió una de las puertas de las habitaciones de planta baja y encendió las luces. Otro museo lo esperaba: una cama con cubierta de pana escarlata, unas cortinas negras, candelabros y crucifijos pintados por todos lados. Sobre la cabecera de la cama, colgaba un Cristo crucificado tan grande que ocupaba toda la pared. En el pie de cama, había un reclinatorio de iglesia. Ella le ordenó arrodillarse en éste con carácter de madre superiora: “Híncate ante el Todopoderoso y pídele perdón por todos tus pecados. Eres un esclavo del demonio, y no creo que te salves del infierno si no ruegas conmigo”. Giovanni se asustó, y se le borró de sus músculos todo vestigio de excitación. La adrenalina le hizo sudar; se sintió por primera vez culpable por haber llevado una vida promiscua, y el gen del horror al infierno que todos tenemos grabado en nuestras células se manifestó y le produjo gran desolación. Ella encendió las velas y comenzó a oficiar el rito: “Repite conmigo, y ni se te ocurra interrumpir o no repetir lo que digo: Padre nuestro que estás en el cielo…” Giovanni repetía todas las oraciones, mientras Inmaculada comenzó a desnudarlo… Pieza a pieza, empezando por la camisa de seda, siguiendo por sus pantalones ceñidos y terminando por los calcetines, el hombre impresionado se dejó conducir por los hechos hasta quedar completamente desnudo… Inmaculada seguía sus rezos: ¨Santa María Madre de Dios…” Entonces comenzó a desnudarse y a descubrir ante los ojos de su vecino lo que ya había visto con sus manos en la cocina. Aquel monumento se arrodilló junto a él completamente desnuda y cuando intentaba mirarla, ella le daba una bofetada y le decía: “En verdad mereces el infierno, porque eres un pecador empedernido… te dije que repitieras conmigo y no interrumpieras. No te atrevas a mirarme con tus viciados ojos. Es tu oportunidad de acercarte a Dios”. Giovanni se sintió en una especie de terapia mística, en la cual aprendería a resistir a la tentación de la carne. Entonces, mientras ella comenzaba el “Creo en Dios Padre Todo Poderoso, creador del Cielo y de la Tierra…”, lo hizo levantar de sus rodillas, halándolo por los cabellos; lo colocó de espaldas a la cama, y le dio un empujón aún mayor que el que le había dado en la cocina. Los huesos de Giovanni sacudieron las tablas sin colchón de aquella cama de torturas, y el golpe en su cabeza le hizo ver estrellas. El dolor más fuerte no había pasado. Ella, sin piedad, se lanzó sobre él como un animal feroz y sin que se diera cuenta, el Casavechia había sido atrapado por las entrañas de inmaculada… Las caderas del pobre hombre estaban confundidas, pues el duro golpe de la caída de Inmaculada le produjo un dolor que se desvaneció en segundos cuando sintió la calcinante gruta de Inmaculada. Rezaba mientras se soltaba su larga cabellera azabache, y comenzó a galopar como un potro salvaje sobre las praderas de Don Giovanni, mientras fustigaba dulcemente su rostro y su pecho con su largo y azulado cabello. “Reza conmigo, pecador… déjate salvar, deja que te lleve al purgatorio y purifique tu alma asquerosa… No se debe pecar si no rezas, porque te ganas el infierno… pecar y rezar, eso es creer en Dios. Repite… Dios te salve María… Padre nuestro… Creo en Dios”. La mujer iniciaba un nuevo rezo con cada ardiente aguacero que dejaba caer sobre Giovanni, mientras que éste tenía que repetirlo para no ganarse las bofetadas de aquella fiera extraordinaria. Lo bañó una y otra vez y Giovanni enloqueció de pasión. Estaba enamorado, y sintió que nunca antes lo había estado, porque el pecado que siempre esperó consumar con alguna mujer lo había encontrado en aquel paraíso de carne, huesos y fluidos. Cuando le tocó a él irrigarla con el amor que siempre estuvo en su alma y que no había dado nunca a nadie, ella detuvo su cabalgata, se bajó de sus praderas, lo sacó brutalmente de la dura cama, y luego de la habitación. Detrás de él, venían volando sus vestidos y sus zapatos… En cuclillas, con sus ropas cubriéndole malamente su deseo adolorido y frustrado, comenzó a llorar, a babear y a moquear como un niño por el amor que había perdido, como si hubiera estado con ella toda su vida. En un instante, había experimentado la eternidad del cielo, y también en un instante cayó a los abismos de la soledad eterna del infierno.
Entre tanto, Santiago le rogó a Lucrecia que le permitiera rezar en su claustro. La mujer no sabia qué significaba la palabra; sin embargo, fresca y atrevida, Lucrecia lo siguió. Entraron, y ella se sorprendió de ver aquellas paredes rústicas, unos barrotes anclados en una ventana ficticia y un catre con paja como colchón. Una imagen de la Virgen estaba en la pared donde estaba el catre. En la otra pared, colgaba un atuendo de monje; un látigo de martirio y una corona de espinas, en la otra. En un podio yacía abierto un enorme ejemplar de la Santa Biblia. Se arrodilló sobre el piso de piedra y la tomó por un brazo desde donde estaba arrodillado y la haló brutalmente. Las bien cuidadas rodillas de Lucrecia que sólo sabían de cremas caras, saborearon por primera vez el dolor del martirio de todo pecador, y comenzaron a sangrar. Él le pidió a ella que lo acompañara a orar por sus dos almas. Lucrecia obedeció por temor a estar encerrada con un desquiciado. Comenzó diciendo “Soy un pecador porque Dios me hizo pecador”. Para demostrar lo que estaba diciendo, Santiago le tomó la mano a Lucrecia y se la llevó hasta su enorme pecado. Entonces, Lucrecia entendió cómo era que Dios hacía algunos hombres más pecadores que a otros. “¡No he conocido uno más pecador que tú en toda mi vida!”, dijo Lucrecia, llena de asombro más que de excitación. Cuando ella creyó que era imposible que el pecado de su vecino creciera más, Santiago sacó más pecado de entre sus anchos pantalones y ella no pudo detener sus mares que se derramaban de nuevo en las playas de sus muslos. En ese momento, entendió que apenas estaba a las puertas del infierno. Aún no había entrado. La seductora seducida comenzó a desnudarse, pero él la detuvo. “No te traje aquí para pecar, sino para limpiar nuestras almas... Debes rezar conmigo: Padre Nuestro…. Santa María… Creo en Dios…” Lucrecia lloraba de las ganas de tragarse y expiar todos los pecados de Santiago. Su llanto no era de arrepentimiento por toda su promiscuidad… Sólo quería que su vecino la condujera al infierno, porque al calcular las dimensiones de su pecado, sabía que tal vez vería el rostro mismo de Satán. Luego de unos minutos de rezos, sus deseos de visitar los predios del demonio se hicieron realidad. Santiago le ordenó que se acostara en el catre de paja, y ella obedeció dócilmente y con dos lágrimas en los ojos. No intentó desnudarse de nuevo, pues no quería contrariarlo, ya no porque lo creyera loco, sino porque lo sentía dueño y señor del universo. El hombre se coloco el hábito de monje y ordenó: “Reza conmigo, pecadora… porque tentaste a un hombre piadoso y por demás casado. Ahora conocerás el purgatorio y verás el infierno, para que te arrepientas de la inmunda vida que has llevado hasta ahora. Repite conmigo: Dios te salve María, llena eres de gracia…”. Mientras rezaban, Santiago, sin necesidad de desnudarla, fue apartando la ligerísima ropa de entre las piernas inundadas de su vecina, y un verdadero infierno de dolores invadió el alma de Lucrecia. Un grito desgarrador traspasó las paredes del claustro de Don Santiago, y la mujer entendió que un hombre tan pecador debe llevar pantalones anchos, y que sus zapatos que se veían gigantes tal vez eran muy pequeños para los pies de Santiago. Las aguas enrojecidas de Lucrecia entintaron la paja del catre. La mujer vio al demonio en persona por unos segundos y comprendió que había sido virgen todos esos años. Santiago, sin moverse una vez, retiró todos sus pecados de las entrañas de su vecina. Entonces, sin fuerzas por la deshidratación y el dolor, la ambiciosa e insaciable mujer rogó que no se fuera, y él volvió de nuevo a mostrarle la última paila del infierno con un empellón que la hizo desmayar. La sacó inconsciente del catre, y la tiró como un saco de carne y huesos en el corredor, fuera de su claustro.
Leonardo escuchó el grito de su madre desde el cuarto de Marcelino y preguntó a su amiguito si él también había escuchado el grito, y éste le respondió: “Cuando se meten a rezar con los vecinos, siempre pasa los mismo. La mujer siempre grita. Ya yo estoy acostumbrado. No te preocupes, no pasa nada”. Leonardo no quedó convencido, y se dispuso a saber por qué su madre había gritado tan aterradoramente. Entonces comenzó a bajar las escaleras con cautela y muy asustado.
A duras penas, Don Giovanni pudo reconocer a su mujer tirada en el piso, porque sus lágrimas le nublaron la visión y el nuevo amor que lo atormentaba le descompuso el entendimiento. Los esposos Casavechia yacían en el mismo nivel existencial, adoloridos del alma y de la carne, sintiéndose seres desechables. Cuando Lucrecia volvió en sí, era una mujer locamente enamorada, y arrodillada, apenas con una pizca de fuerza, tocaba la puerta del claustro y rogaba con voz de enferma: “¡Santiago, ábreme por favor… yo voy a rezar lo que tú quieras… si quieres me pongo la corona de espinas, usa tu látigo si es preciso, iré a la misa cada vez que quieras, pero llévame de nuevo a tus infiernos… lléname nuevamente de tu pecado…Yo te amo!”. Giovanni se apresuró a seguir el ejemplo de valentía de su esposa, y arrodillado ante las puertas de Inmaculada, rogó: “Yo te amo como a nadie… Tú sabes que rezaré cuanto quieras, pero déjame verte de nuevo, Virgen Santa de la Caridad, báñame de nuevo con tus aguas benditas y déjame ver de nuevo tus divinos ojos…”. No hubo respuesta… Los dos pasaron algunos minutos llorando y babeando tirados en el piso, hasta que Leonardo los levantó, asombrado de verlos hechos unos guiñapos. “Tenemos que irnos”, dijo el niño llorando al ver a sus padres en semejante estado, seguro de que había pasado algo terrible, pero sin imaginar qué. La vergüenza ante su hijo fue lo único que los hizo sobreponerse, entonces se levantaron, se arreglaron como pudieron y se marcharon los tres, llorando.
No hubo cena para los Casavecchia. Se retiraron fracasados de su misión de rescate. Los Benedetti salieron de sus claustros y fueron a la cocina. No se miraron a la cara. Ambos, cabizbajos como siempre, terminaron de cocinar el salmón. Tendieron la mesa con la misma solemnidad de siempre, rezaron, cenaron e Inmaculada se levantó de la mesa, y sacó de una gaveta una pluma y una litografía de San Anselmo. En una esquina de la imagen, anotó, con una caligrafía perfecta aprendida de sus maestras monjas, los nombres de Giovanni y Lucrecia y la fecha del día. Inmaculada le pidió a Santiago que comprara pronto el marco para colgar la imagen en la pared. Marcelino preguntó cómo habían estado los rezos con los nuevos vecinos. Pero los padres sólo se persignaron sonriendo, y Marcelino comprendió que todo había estado muy bien como siempre.
Los Casavecchia quedaron atrapados en un desvelo permanente que les desencajaría el rostro. Pasaron dos meses sin mirarse a la cara. Aprendieron a esquivar la mirada y a bajar la cabeza como sus vecinos. Sólo levantaban el rostro para mirar lánguidos la casa de los Benedetti y espiar sus entradas y sus salidas. No hubo más placeres en la casa de los Casavecchia. Los Benedetti nunca abrieron las puertas a sus vecinos, y ellos entendieron que debían mudarse para olvidar para siempre aquel purgatorio al que habían sido sometidos. Nunca supieron que habían tenido siempre la razón: los esposos Benedetti solo habían hecho el amor una vez y fueron obligados a casarse, porque Inmaculada salió embarazada en la primera expiación de las culpas que Santiago llevaba en sus anchos pantalones. Como buenos católicos, no están dispuestos a divorciarse, pero Inmaculada no está tampoco dispuesta a visitar de nuevo los infiernos de Santiago, ni éste a no hacer bajar a alguna pecadora al purgatorio. Ambos, sintiéndose verdaderos creyentes en la fe, esparcen amor divino entre su comunidad, y les ayudan a entender el verdadero concepto de santidad, pecado, cielo, purgatorio e infierno.
El pecado no es un abstracto. Es todo hecho concreto que hiere la existencia propia o del prójimo. El infierno y el cielo son la extensión mental de este mundo, por lo que no hay que esperar traspasar la frontera de la muerte para entender que las culpas pueden expiarse en vida, o que el amor divino puede ser más carnal de lo que los místicos creen.