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 José Guillermo Valbuena Yánez ©

 

Cara a cara con la muerte

A mi hermano Edgar Hernández, el oriental maracucho

    No es fácil trastornarse. Se requiere un evento que impacte nuestra razón, de modo que ésta no logre asimilar o procesar la atrocidad del hecho. Claro, lo que para algunos es atroz para otros es soportable. Pero, ¿qué decir del pobre Julito? Era un niño sumamente introvertido, cuya única familia la constituían él y su anciana abuela paterna, a quienes razones económicas los obligaron a mudar detrás del cementerio El Cuadrado desde que él tenía ocho años, una edad en la cual la conciencia despierta para dar respuesta a las dudas existenciales. No fue fácil, pues aún no queriendo mirar, oír o escuchar, sus sentidos siempre estaban orientados obsesivamente hacia el cementerio que colindaba justo con el patio de su casita de caña y barro. Parecía que el frente de su casa, ni siquiera el resto del mundo, existían. No iba a la escuela, pues su anciana abuela no tenía voluntad de levantarsde temprano, de regañar ni de lidiar con ningún muchacho. Por otro lado, era mejor para ella que Julito jugara solo dentro de la casa. Nunca salían a la calle, pues ambos comían lo que su padre, quien no vivía con ellos, les traía todas las semanas. Sólo existía la casa y el fondo, hacia  donde quedaba la muerte, el otro mundo, el más allá.

Cualquier ser que estuviera allí, al otro lado de la cerca, en el cementerio, por muy vivo que pareciera, estaba muerto para él, incluso los dolientes. Pero, ¿cómo llegó a esta extraña y confusa conclusión? El primer muerto que vio fue precisamente un sepulturero saliendo de una fosa recién excavada. Salió muy lleno de barro rojo, propio del subsuelo de la planicie de Maracaibo, por lo cual supuso que era sangre vieja, sangre de muerto. El niño había apilado chécheres para subir y espiar con más comodidad. Cuando el sepulturero salió en aquel aterrador estado, Julito, asustado, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, dando un grito de dolor debido al golpe sufrido en la pelvis. El sepulturero escuchó el grito y el sonido de la caída de los chécheres. Entonces, caminó buscando el origen del sonido hacia el muro de la casa del niño y se asomó. Julito yacía tirado en el piso mirando hacia la cerca, boca arriba, apenas pudiéndose apoyar con los codos en el piso. Temblaba de dolor, pero la visión que tuvo lo aterrorizó.

Ahora, era más que miedo: el sepulturero se asomó y lo miró con los ojos enrojecidos por el fuego de la tierra excavada a una temperatura de cuarenta grados centígrados hasta una profundidad de más de dos metros, calcinada por el infernal sol del mediodía. “¿Te pensáis matar, mijo?¨, le preguntó al niño con una voz ronca y profunda de hombre cansado y sediento y poco acostumbrado a hablar. La respuesta de Julito fue un alarido aterrador. Saltó como un resorte y escapó hacia adentro, refugiándose debajo de la cama de la abuela. Transpiraba, temblaba, gemía. Por el susto, no se había dado cuenta que su abuela estaba durmiendo en su cama. De modo que la anciana, al escuchar el gemido, se levantó. Julito, desde abajo, vio aparecer la silueta de los pies de su abuela, y confundido y sin reconocerlos, se tuvo que tragar silenciosamente un llanto desesperado para que el muerto no lo descubriera. Esperó un rato hasta que los pies se alejaron del cuarto de su abuela, y luego salió hacia el frente. Trataba de distraerse con otras imágenes, pero sólo se apoderaban de su mente las imágenes del sepulturero saliendo de la fosa con su rostro y sus ojos enrojecidos y aquellos pies caminando en el cuarto. Pasaban como una eterna película que intentaba destruir con golpes que daba a su propio cráneo y manotones que agitaba frente a su propio campo visual. Era inútil cerrar o abrir los ojos. El muerto estaba allí imaginariamente frente a su campo visual.

A pesar de aquella primera experiencia, no pudo evitar seguir curioseando. Pensó en una buena grada digna de cualquier fanático espectador amante de algún deporte. La construyó con criterio de seguridad, utilizando gaveras plásticas de refrescos, atadas fuertemente con alambre dulce. Pasaba las horas del día con el único oficio de ver entrar y salir muertos de las fosas. Era impresionante como entraban limpios y salían rojizos. También le impresionaba su caminar lento, pero sobre todo, sabía que ellos sabían que él los estaba mirando. En efecto, periódicamente los sepultureros le tendían trampas para asustar al pobre curioso. No eran pues, extraños los alaridos aterradores del pobre niño, quien saltando de su grada, terminaba su carrera debajo de la cama de su abuela.

        Casi a diario, llegaban cantidades de muertos a enterrar a otros muertos. Los escuchaba llorar y decir “Ay Dios mío, ¿por qué?”, palabras que se repetían en la memoria de Julito en forma automática. Algunos se desmayaban llorando, mientras que otros permanecían imperturbables y serenos. Casi siempre los acompañaba un muerto vestido de negro que declamaba mientras echaba un líquido sobre la tumba. Era así como veía el pobre niño a todos los seres humanos que estaban del otro lado, en el más allá de la cerca; todos eran muertos.

Pero, ¿qué hay de las noches? ¿Eran acaso más trastornadoras para aquel niño? Sí, pues el hecho de no poder ver el cuerpo de los muertos sino sólo sus ojos le inquietaba. Sí, veía sus ojos, porque estaba convencido de que los ojos de los gatos, los perros o pájaros nocturnos que merodeaban por el cementerio eran de los muertos. Y si alguna vez vio que los ojos que veía brillar en plena oscuridad eran de un gato, ciertamente reconocía que se había equivocado, es decir, había confundido a un pobre gato con un muerto, porque estaba convencido de que los que no eran de gato eran de muerto. Así pasaron  siete años. Sólo una vez lo comentó con su silenciosa y hermética abuela, y ésta sólo se echo a reír. De modo que, no sólo por la burla de su abuela sino también por su carácter introvertido, no comentó nunca nada más.

Llegada la adolescencia, edad de probar la fuerza física y el coraje, desafiando lo terrible y peligroso, optó por saltarse la cerca del cementerio a plena noche, cosa que jamás se atrevió a hacer en pleno día. Por fin, se decidió a verlos cara a cara y no estaba dispuesto a dejarse amedrentar esta vez. Estaba muy disgustado por los sustos que le hacían pasar los muertos rojizos. La primera vez temblaba de miedo, pero desapareció al ver que los ojos de los muertos en vez de buscarlo le huían. “Son unos cobardes... Como ya no soy un niño, entonces me huyen”, pensaba decepcionado y al mismo tiempo satisfecho. Fueron unas cuantas noches en las que se saltó para perseguir los ojos de los gatos, tratando de alcanzarlos. Naturalmente, estos huían y desaparecían en la oscuridad, o simplemente, se descubrían como gatos. Sólo buscaba perderle el miedo a los muertos y lo logró; de algún modo estaba sobreponiéndose y reafirmando cada noche la idea de que no eran tan poderosos. Además, quería encontrar una respuesta a muchas cosas que desde siempre se había preguntado en sus noches de insomnio.

Una noche se dio el encuentro siempre esperado. El muchacho logró seguir unos ojos con una sagacidad felina hasta que por fin dio con el primer muerto. En realidad era el vigilante. Le llegó por detrás y lo tocó por el hombro. El pobre centinela pegó un brinco y dio algunos pasos atrás. Entonces, vio la silueta oscura del muchacho. Agarró fuerte la escopeta, lo apuntó, y como Julito insistió en tocarlo, el vigilante haló el gatillo... La escopeta estaba descargada. Julito se quedó paralizado esta vez al escuchar el clic del gatillo. Entonces, el vigilante tomó la linterna, la encendió y enfocó su cara.

- ¿Quién sois vos y... qué queréis? – dijo el hombre temblándole el cuerpo, la voz y el alma.

Julito no dijo nada. Sólo lo miró con ojos de curiosa inocencia convencido de que se trataba de un muerto. Pero lo que pasaba por la mente del vigilante fue muy distinto. Cualquier ser humano en su sano juicio, sabe que los muertos existen, aunque unos estén convencidos de que no se mueven ni caminan y otros creen que algunos sí. Por lo tanto, su sano juicio tuvo que descartar la posibilidad de que se tratara de un muerto, cosa muy propia del lugar de trabajo en que le tocó hacer vigilancia. La otra posibilidad que su inteligencia tenía que descartar era que se trataba de un asaltante. Pero el vigilante quedó hipnotizado por aquella mirada, de modo que supo de inmediato que no se trataba de un asaltante ni mucho menos de un muerto. La incertidumbre se apoderó de la mente del hombre.

Dado que Julito sí estaba convencido de que el vigilante era uno de ellos; de que había dado con el primer muerto; que después de tantos años su trabajo no había sido inútil, se dispuso a establecer su primera relación con el primer muerto. Por supuesto que el pobre vigilante no imaginaba que él era un muerto en la imaginación del muchacho. De modo que le estiró su mano fingiendo cordialidad, para ocultar la emoción de miedo que lo invadía, a pesar de que hacía su papel de adolescente retador de los peligros de la vida. Más asustado aún, el vigilante dio un paso atrás, fingiendo un gran disgusto para esconder la emoción de terror que apenas estaba pasando. Al final se sobrepuso para dispersar la aterradora emoción que lo invadía, le negó el saludo y dijo en tono regañón:

- Vos sí que sois bien temerario, carajito. ¿No te da miedo esta oscuridad muchacho del diantre?

-  Ya yo soy bien grandecito pa’ tener miedo... ¿no le parece? – respondió retador el adolescente, pero guardando el respeto debido a sus dudas.

- Vos lo habéis dicho. Grandecito y no grande. Como ya les empieza a salir pelos en las bolas, entonces se creen muy machos y hombres. Dale gracias a Dios que la escopeta está descargada, porque sino ya estuvieras muerto, acompañando a todos los que están aquí.

          El vigilante no imaginaba lo coherente de sus palabras con la teoría de la muerte de Julito. Al escuchar esa frase, el muchacho se animó a ir al grano:

- Lo que pasa es que tengo tiempo tratando de hablar con uno de ustedes y siempre se me escapan. Hoy, por fin, puedo hablar con Usted.

- O sea que no es la primera vez que te saltáis la cerca. ¡Hay que tener valor! ¿Y que queréis saber, mijo?

- ¿Cómo hacen pa’ entrar y salir de la tierra?

- ¿Cómo es la cuestión?

- Quiero que me lleve a una hueco de esos y quiero que me explique cómo es la vaina.

- No puede ser que un muchacho tan grande como vos no sepa cómo se entierra un muerto.

- Bueno, Señor Muerto, como Usted si sabe y tiene experiencia, me va a explicar.

- ¿Cómo me dijiste? Pero... ¡qué es la verga... también sois burloncito!  Yo estoy aquí por necesidad y no por gusto. Tengo hijos que mantener.

- No sabía que los muertos tuvieran hijos.

-¡Ahí si hay verga¡  Páreme la vaina ahí porque no voy a aguantar burlitas.

- Bueno, Señor Muerto, vamos pa´ que me explique.

Las palabras de Julito confundieron  profundamente al vigilante. “Me salió loquito el muchacho”, pensó el vigilante. Era otra probabilidad que no había considerado al final. Entonces, concluyendo que se trataba de un trastornado, se le ocurrió seguirle la corriente y satisfacerle su curiosidad para deshacerse del joven sin conflictos innecesarios.

- Si yo te explico cómo es la vaina, seguro que no te vais a saltar más nunca.

- Se lo prometo, Señor Muerto.

- Vamos pues... y te agradezco que no me llaméis Señor Muerto

- Está bien… Señor Muerto.

          Caminaron hacia el centro del cementerio, el Señor Muerto adelante guiando la travesía con su linterna y el joven detrás, en la oscuridad lúgubre propia del camposanto, buscando una fosa recién cavada. Mientras caminaban, un gato dejó escapar el destello de sus ojos. Julito no se dio cuenta de que era un gato, pero el vigilante sí. Entonces, éste comenzó de nuevo la conversación haciendo referencia a los gatos.

- Dígame esa vaina. Esos vergajos del demonio siempre andan pegándole sustos a uno.

- Deben ser los mismos coños ´e madres muertos que me asustaban a mí cuando yo era más pequeño.  – dijo retador el joven.

- Otra vez con la burlita, mijo. ¡Ve que no te enseño un coño!

          Continuaron caminando hasta que por fin consiguieron una fosa recién terminada. El vigilante enfocó el fondo con la linterna y dijo:

- Bueno, ahí tenéis. El muerto, claro que dentro de la caja, se acomoda a lo largo y luego se le echa la tierra encima. Pero yo no puedo creer que un muchacho tan grande como vos no sepa eso. Parece que nunca habéis ido a un sepelio ¡Qué nochecita esta que me toco, pues!- reprochaba a Dios, mirando hacia el firmamento estrellado.

- Eso sí lo sabía – respondió Julito -. Pero eso es cuando los meten en las cajas. Lo que yo quiero saber es cómo hacen pa’ entrar los otros... los que no usan urna.

- ¡Al carajo... ahora sí que no te entiendo un coño!

- ¡Al carajo, digo yo – respondió Julito llenándose de impaciencia y perdiendo todo respeto -. vos lo que tenéis que hacer es meterte pa’ yo poder ver cómo es el asunto.

- De verga me meto ahí. Olvidate mijo; hoy no me toca a mí.

- Entonces búscate a uno que le toque hoy. ¿Qué te cuesta hacerme ese favor? Quedamos en que si me mostráis, yo no me vuelvo a saltar.

          El vigilante se sorprendió por la respuesta, y ratificó su conclusión: algo no estaba bien en la cabeza del muchacho. Como quiera que fuera, él no sabía como explicar lo inexplicable, porque la pregunta “¿Cómo hacen pa’ entrar los que no tienen urna” no tenía tanto sentido como la pregunta “¿Cómo hacen para enterrar a los que no tienen urna?”. Entonces decidió seguirle la corriente hasta el final y explicarle al muchacho, lo cual lo llevó finalmente a interpretar la pregunta de Julito como “enterrar a un muerto sin urna”. Eso era todo. Era sencillo. Así que decidió meterse en la fosa. Colocó el arma encima de una lápida adyacente y se introdujo con cuidado para no manchar demasiado su uniforme:

- Ya te voy a explicar, nojoda, pa’ que me dejéis tranquilo... El muerto sin urna se acuesta a lo largo – explicaba tratando de dibujar una línea en el fondo de la fosa con la luz de la linterna - después le echan tierra... y eso es todo...

          La frase “el muerto sin urna se acuesta a lo largo”, estaba construida en forma impersonal, por lo cual su ambigüedad permitió que Julito hiciera la más conveniente interpretación con respecto a lo que él creía, es decir, que los muertos eran autónomos, por lo cual era fácil entender que decidieran acostarse y lo hicieran por sí mismos. Pero quedaban más dudas.

- No entiendo... ¿Quién le echa tierra?

- El sepulturero, quien más.

- Ese debe ser otro muerto... tal vez el más experto. ¿Y después?

- ¡Va pues, rezan,  lloran  y  después se van, porque la vida sigue, mijo! – prosiguió el vigilante haciendo caso omiso de las frases que para él eran disparates.

- Eso lo sé yo, Señor Muerto. Lo que quiero saber es como desaparecen.

- La tierra los deshace... se descomponen.

- Y entonces, ¿Cómo coño salen enteritos otra vez?

- ¡Ya me tenéis encojona´o, chico... Es mejor que te vais ya!

- No me voy hasta que no me enseñéis como es que hacen ustedes.

- ¡Quiénes nosotros, chico! ¡fuera de aquí!

- ¡Pues no me voy, nojoda, porque Ustedes me han jodido a mí desde que soy carajito... Y no me van a seguir jodiendo... Vos a mí me explicáis como es el truco!

          El vigilante por fin perdió la paciencia y comenzó a salir de la fosa. La rabia le hizo olvidar el uniforme. Por eso lo logró muy rápido, y una vez fuera y sin esperar recuperar el balance de su cuerpo, quiso precipitarse contra Julito, quien gritaba “¡Ustedes no me van a seguir jodiendo!”. Entonces el adolescente lo empujó con el puro miedo y la debilidad de sus brazos asustados, lo cual fue suficiente para aprovechar el desbalance de las piernas del vigilante y el pobre uniformado cayó boca arriba, golpeándose fuertemente la columna. Ahora se veía a si mismo lastimosamente en la fosa, ya no de pie sino acostado, inmóvil debido al adormecimiento de la médula espinal contusionada. Gemía de dolor y de rabia. Entonces empezó a gritar:

- Dios mío, ¿por qué? – y lo repetía mientras la rabia se mezclaba con la desesperación de sentir lo húmedo, lo desagradablemente tibio de la fosa y el asfixiante olor a barro, piedra de ojo y arcilla.

          Julito le había escuchado decir esa frase a más de un muerto, entonces se convenció más de que era un muerto y le dijo:

- ¡Ahora si me estáis convenciendo! Te agradezco de verdad este favor, señor Muerto.

- ¡Sácame de aquí, muchacho loco...Sácame que no me puedo mover... ya no puedo respirar! – decía el vigilante sintiéndose gravemente lesionado debido a su espalda acalambrada.

- No te voy a sacar. Vos lo que tenéis que hacer es tu truco de desaparecer en la tierra como me dijiste y más nada.

- ¡Qué truco el coño, mijo, sacame de aquí! – decía llorando de terror el pobre hombre.

- No te hagáis el güevón. Vos mismo te podéis sacar. Si lo acabáis de hacer. Explícame y más nada.

- Ya yo te expliqué – dijo el vigilante llorando, ya no por un susto superable e instantáneo, sino por el miedo inevitable y eterno de la muerte.

- ¡No te entendí cómo hacen los que no tienen urna... tenéis que explicarme! – respondió Julito.

- Apiádate de mí, mijo. ¿No te da lástima el dolor y el llanto de un padre de familia?

- No es el primero que veo llorando.

- Vos sois un despiadado...

- ¡Vos lo que tenéis que hacer es el truco!

- No hay ningún truco – gemía desesperado el centinela - Yo te explique... mientras le rezan y lloran, el sepulturero empieza a echar la tierra encima hasta que lo cubre...

          En realidad cualquiera en esa circunstancia hubiese dicho eso, porque lógicamente, Julito necesitaba una explicación para quedarse tranquilo. Pero lamentablemente, esto indujo a Julito a buscar la pala y comenzar a echar tierra encima del pobre hombre tendido boca abajo para comprobar la teoría.

- ¿Qué estáis haciendo, coño? ...sois un despiadado... Dios mío, ¿por qué?

- Dios te salve María, llena eres de gracias... Padre nuestro que estás en los cielos... – rezaba Julito, mientras lloraba como una plañidera, tal como le había dicho el vigilante, y como él mismo había visto miles de veces durante muchos años.

          Julito le echó tierra hasta que no le vio ningún detalle del uniforme. Por último, ahogó con una palada de tierra la luz de la linterna que estaba al lado del pobre hombre. El vigilante estaba paralizado de miedo y resignación. Eso sí que era sentir que la tierra se lo traga a uno. Entretanto, Julito dejó de rezar y llorar. Decidió esperar el truco y se sentó en la lápida adyacente, justamente donde el vigilante había dejado la escopeta . Había un espeso silencio. Sufrían ambos. Pobre vigilante, la asfixia le producía parálisis y más pánico. Pobre Julito. No veía el truco.

Julito esperaba, cuando repentinamente vio al muerto levantarse. Igual que como se paran los muertos, con las manos rectas en ángulo recto con el pecho y en paralelo con las piernas, además de la cabeza hacia arriba. El pobre hombre uniformado inspiró de un modo tan impresionantemente fuerte, que parecía que se iba a tragar el entero cementerio.

- ¡Me queréis matar, loco el coño! - gritaba el pobre llorando, mientras escupía tierra para no ahogarse - ¡Dejá que me pare de aquí, pa’ que veáis, coño  ´e madre cómo es que se entierra a un muerto, porque yo mismo te voy a sepultar después de que te meta dos perdigones completos en el pecho!      

- Yo creía que era más difícil, Señor Muerto. Esa pendejada la hago yo... Lo puedo hacer más rápido o tardarme más – dijo en tono despectivo – Yo sabía que eran todos unos pendejos... pero como yo era un carajito, se aprovechaban de mí y me mantenían asustado.

          El vigilante indignado, se sobrepuso al dolor de espaldas y se levantó. Su uniforme celeste se hizo marrón  por el barro que le había tirado encima; y mientras se sacudía, Julito comentaba.

- Tan rápido y te pusiste rojizo. Los otros se tardaban más.

- ¡Rojizo te voy a poner yo, nojoda, a punta de escopeta! – decía el vigilante quien cada vez que intentaba salir a la superficie de la vida daba resbalones por los barrancos de la muerte. Finalmente salió como un reptil de su guarida.

          Mientras Julito comenzó a caminar tranquilamente hacia la cerca de su casa, el vigilante buscó, desesperado y muy rabioso, la escopeta. No podía acordarse dónde la había dejado. Por fin la encontró. La comenzó a cargar con las manos temblorosas y con cartuchos llenos de tierra. Cuando logró hacer el primer disparo, ya Julito había desaparecido entre las lápidas. Al escuchar el disparo, el adolescente le grito desde la oscuridad:

- Ahora si te arrechaste Señor Muerto... Pero te voy a decir una cosa: deberían estar todos debajo de la tierra y sin salir a joderlo a uno. Ese truquito de entrar y salir a la tierra es de pendejos. Los muertos deben quedarse en su hueco, nojoda – entonces empezó a gritar – Me cago en los muertos que se salen de su hueco – mientras que el vigilante disparaba a cuando gato le destellaban los ojos.

          La relación entre la vida y la muerte es quizás la causa más profunda de la locura del mundo. Desde meses de nacidos, el ser humano tiene una noción del ser y la nada. Llora por su madre cada vez que desaparece de su vista, porque su noción del ser y la nada es instantánea y estrecha. Cuando crecemos, la noción de la nada la transferimos al concepto de muerte, que no es más que la negación permanente de nuestro ser. No podemos hacer desaparecer la noción de muerte de nuestras conciencias, pues cotidianamente mueren personas y vamos a los funerales y a los cementerios. De este modo, está refrescándose periódicamente. Vamos a los funerales para acompañar en su dolor a los dolientes, algunas veces para curiosear perversamente al muerto. También para mantener la tradición y garantizar que después nos acompañen, pero especialmente para asegurarnos de que aún estamos vivos. Para Julito, la muerte no es un problema, porque no distingue entre un vivo y un muerto. Para el vigilante, fue el primer encuentro con una fosa. Será para el pobre hombre un trauma muy distinto y ciertamente insoportable que lo ayudará a comprender la muerte desde un punto de vista muy experimental. Julito morirá sin miedo; el vigilante morirá aterrado, o tal vez se sentirá experimentado. En este momento, podemos preguntarnos cómo moriremos... Pero dentro de un rato, olvidaremos la pregunta, valoraremos la vida y la seguiremos viviendo a nuestro modo. Nosotros no somos Julito ni el vigilante resucitado. Tenemos nuestra propia historia, y por tanto nuestra propia conciencia de la muerte.