Carencia por exceso
A Erasto Trujillo Muñoz, maestro de la hermandad.
La madre no se podía explicar por qué sus tres niñas, Juliana, Riquilda y Lory no comían. El diagnóstico médico: "anorexia aguda por razones desconocidas". Los tratamientos apenas lograban mantenerlas vivas, pues su raquitismo era tan espantoso, que quien las veía sentía dolor en sus propios huesos. Vitaminas; estimulantes; buenos restaurantes; comida a domicilio o de franquicias que apasionan tanto a jóvenes y niños; dietas especiales. Nada lograba la recuperación del apetito de las niñas.
Lo que terminaba de desesperar a la Sra. Rossy Blondt era los comentarios de los vecinos de la urbanización. "Fíjate, con tanto dinero que tienen los Blondt, y sus niñas dan lástimas... un problema de cultura más que de recursos", decían las señoras copetonas que envidiaban la riqueza de aquella multimillonaria familia. Lo lastimoso de aquel cuadro patético lo completaba el modo en que sus caros y preciosos vestidos caían sobre sus cuerpos de alambre, como trapos decorativos colgados sin gracia en ganchos de ropa.
"¡Si Doña Rossy pudiera saber por qué sus niñas no quieren comer!", pensaba Serafín, su mayordomo guayú, quien tenía con ellos quince años trabajando. "Yo no me atrevo a decirle nada, no sea que me despida del trabajo por entremeterme en lo que no me importa. Ya le pasó a otros metiches". Serafín lo había visto todo:
Juliana, la de nueve años, está así desde que un día Serafín le sirvió el almuerzo: puré de papas, milanesa, ensalada, pan, jugo. Un helado de fresas esperaba en el congelador. Estaba encendido el televisor del comedor, como ordenaba Doña Rossy, argumentando que en su ausencia, aquél le podía hacer compañía en la hora de almuerzo. Era preferible la televisión cultural a la compañía de las ignorantes cocineras. En ese momento, presentaban en un canal patrocinado por los organismos internacionales un programa sobre las calamidades de los niños del África. Niños flacos, deformes, cubiertos de laceraciones y moscas, con una mirada lánguida, yacían tirados en suelos resecos. Un buitre asediaba a un bebé moribundo, mientras que un fotógrafo se empeñaba en lograr el mejor close-up de aquella desgracia. Son imágenes que a cualquiera le quitan el apetito. Juliana se quedó absorta con la mirada sobre la pantalla, mientras que su masticar se hacía cada vez más lento y flojo. Tragó sin querer, tomó agua, pero el vómito fue inevitable. Serafín llegó con el helado para la niña, y vio la imagen en el televisor. Caminó hacia el aparato con cierta premura, pero con cautela, y lo apagó, pero ya era demasiado tarde. Luego, vio la mesa rebosaba y destilando por todos sus bordes la horrible imagen expulsada en fragmentos desde el estómago de la niña. Cuando le sirven las comidas, Juliana la ingiere sin levantar sospecha, pero siempre pide permiso para ir al baño. Allí, sin que nadie se entere, vomita su bolo alimenticio mezclado con la tragedia del hambre mundial grabada en su mente.
La anorexia de Riquilda, de siete años de edad, se debe a que desde su ventana vio por primera vez a niños comiendo de la basura colocada enfrente de su casa. Lo peor, quizás, fue ver cómo uno de ellos disfrutaba comiendo los muslos de pollo casi enteros que sacaban de las bolsas negras, y se acordaba entonces de cuántos platos despreció. Su mente se rebosó de la cantidad enorme de comida que contienen los supermercados de lujo de la ciudad; de las copiosas cantidades de comida que su madre compraba; de la cantidad incalculable de platos que se preparaban y por último, de la cantidad de comida que se botaba, porque muchas veces su madre no le daba oportunidad a sus criados de llevar comida a sus casas. La comida se convirtió para Riquilda en pesadillas persistentes: nadaba en ríos y océanos de comida; en esas pesadillas, su madre la bañaba en unas mezclas podridas de salsas y comidas; sus vestidos eran compuestos de etiquetas y empaques de supermercado; su papá la llevaba a un parque en el cual había un laberinto de anaqueles de supermercados que nunca tenía salida; enormes edificios con forma de potes y cartones de leche y jugos, de los cuales salían gallinas desplumadas y animales pelados, listos para la cocina, mientras que veía a la cocinera corriendo detrás de ellos con un enorme cuchillo gritando obscenidades. Cada vez que se le sirve un plato a Riquilda, lo va colocando en sus faldas en forma disimulada, espera a que todos se retiren, baja por la escalera y lo obsequia a los niños que esperan, llenos de seguridad, su ración tres veces al día de la más deliciosa y nutritiva comida. Doña Rossy no sabe por qué los niños llevan más de un año merodeando el frente de su casa o colgados de los barrotes de la lujosa cerca de su casa, como presidiarios extrañamente felices.
Lory, de seis años de edad, tenía un conejo al que llamó como a su papá: Herbert. Pasó un año jugando y hablando con Herbert, compensando la ausencia casi permanente de su padre empresario, pero al fin, su madre se cansó de los pedazos de zanahorias y lechugas, de las cagarrutas y de los pelos del conejo regadas por toda la casa, especialmente en el cuarto de las niñas. Preocupada por las finísimas cortinas y las alfombras, ordenó a una de las cocineras que se deshiciera del conejo. Mas la imagen olfativa de un guisado de conejo en leche de coco estimuló la pituitaria y las glándulas salivares de la cocinera. La instrucción de su patrona era suficientemente clara como para simplemente deshacerse del conejo. De modo que ella misma afinó la orden de su patrona: “lo sacrifico, pero lo cocino”. Cuando se sirvió en la mesa de la cocina, todos los criados fueron atraídos por el olor. También Lory se acercó, desobedeciendo la prohibición de su madre de ir a la cocina o conversar con la servidumbre. Todos comieron, incluso la dueña del conejo. Aquel exquisito manjar se degustaba a ojos cerrados y sin proferir palabra, hasta que la cocinera rompió el silencio: "Mis niños crían gallinas para consumo de la casa... Creo que a Herbert lo hemos debido sacrificar antes de que se pusiera tan flaco... los animales domésticos no son juguetes, son creación de Dios para la alimentación de las personas. Sin embargo, está bien sabroso". La tristeza que invadió el alma de Lory le hizo apresurar la deglución del bocado, mientras pensaba aterrorizada que se estaba comiendo a Herbert, ¡que era como comerse a su papá! Inexplicablemente, la imagen de su mascota descuartizada dentro de la hoya, pero aún dando gritos de dolor por las quemaduras y las heridas, no le permitió vomitar. Desde entonces, Lory no come carne, pues cuando la sirven, la esconde entre las piernas para luego botarla en la basura; sólo come papas a veces, pues la lechuga y las zanahorias le hacen recordar a su conejito.
Serafín piensa que debe haber un médico especialista en cosas de la mente que pudiera recetar una solución, porque sabe que ciertas enfermedades no vienen del cuerpo, sino de la pobreza de espíritu del egoísta opulento. Sabe que, tal como la carencia, la superabundancia enferma, pues todo en la realidad debe tener su justa medida. El origen de toda patología es la injusticia, y viceversa.

