El loco y el filósofo
A José Ramón Valbuena, el mejor artista de la entera comarca occidental.
Él era un tipo llamativo, tanto por el porte físico como por su atuendo. Era tan alto y tan delgado que parecía tener más huesos de la cuenta: su nariz era arábigamente enorme; sus ojos quedaban sepultados en unos pómulos que parecían dunas. Su ropa estaba extrañamente combinada: pantalones de cuadro, camisa a rayas, gomas deportivas de tres colores y corbata floreada. Su único saco amarillo no lo llevaba puesto en el día, debido al intenso calor de la ciudad, pero siempre colgaba en su brazo. Cuando un paranoico siente que lo están observando, de algún modo tiene razón. No es pura ilusión: él buscaba que lo miraran, y la gente no resistía la tentación de mirarlo.
Su ocupación era vagar por ahí disgustado, triste, asustado o angustiado. Se metía en las filas de los autobuses, aunque no tuviera que ir a ninguna parte. Cuando le tocaba el turno de subir al autobús, cedía el puesto a alguien con el argumento de que estaba esperando a quien jamás llegaría. “Estoy esperando al presidente de la North and West Company que requiere de mis servicios como gerente”. Todos lo comprendían y asentían, algunos con una sonrisa nerviosa, otros con una sonrisa burlesca, otros con seriedad teatral. Nadie tan importante como el presidente de una compañía cuyo nombre sugiere un gran poder y relevancia podría citarse con un hombre vestido así en la parada de autobuses del Mercado Popular de las Pulgas. Al final, luego de horas viendo salir autobuses, subía a uno de éstos para ir a ninguna parte. Llegaba a la última parada, y luego regresaba en el mismo autobús, al mismo punto de donde salió. Cuando bajaba, daba de patadas a los neumáticos, decía unas cuantas indecencias a algunas personas imaginarias, mientras los conductores, ya acostumbrados, lo ignoraban para evitar mayores consecuencias.
Su madre, que había luchado con su único hijo durante veintidós años, no imaginaba que su mente estuviera rondando ámbitos imaginarios. Amor ciego de madre. Hasta entonces, sólo se desesperaba mucho en vista de que él, aún haciendo gestiones de trabajos casi seguros, siempre regresaba disgustado o melancólico porque la gente de la empresa que visitó "no comprendía su valor profesional y su talento".
Un día, su pobre madre se dio cuenta de que la mente de su hijo trascendía la frontera de la cordura:
- ¿Cómo te fue, Raimundo?
- Siempre es la misma pendejada, mamá. Ellos creen que con 8.300. dólares americanos mensuales yo voy a aceptar la administración general.
Mamá Lola no tuvo otra salida que aceptar la dura realidad (que apenas era una sospecha en su ciego corazón de madre) cuando una tarde lo encontró leyendo un papel en blanco:
"Estimado Raimundo - se expresaba mientras caminaba con donaire por su habitación - en vista de haber analizado tu excelente currículum vitae, sólo me queda felicitarte y al mismo tiempo disculparme porque esta empresa no tenga un puesto digno para tus capacidades. Por esto te remito a las empresas de investigaciones espaciales Intergaláctica 3000".
Su madre lloró durante varias noches. Y luego de pensarlo muy bien, se atrevió a recomendarle que consultara a un psicólogo. Él le respondió con la paciencia de todo hijo comprensivo y amoroso: ¨Mira, Mamá Lola, yo no soy mongolito ni loco¨.
Pero el ruego acompañado del llanto de su madre lo convenció, y Raimundo visitó al Doctor Segismundo Fernández. Cuando llegó su turno, entró al consultorio donde lo esperaba un individuo misterioso con traje formal de color negro, con la frente apoyada sobre el escritorio. Cuando el doctor escuchó abrir la puerta, levantó levemente la cabeza mostrando del rostro la frente enrojecida y sus ojos vacíos, como si todos los pensamientos se le hubieran derramado sobre el escritorio a causa del tedio propio de un consultorio que ya casi nadie visitaba. Lo invitó a sentarse. Tomó el expediente vacío entregado por la secretaria, y comenzó a solicitar los datos para llenarlo. Luego, lo hizo recostar en el diván.
Después de una larga sesión de preguntas, el doctor le arrojó el diagnóstico en su cara, en una forma seca y despiadada:
- Paranoia y esquizofrenia. Eso es lo que tienes.
-¿Qué es esa vaina, Doctor?
- Es un estado mental en el cual el enfermo imagina cosas que no existen, como miradas o persecuciones.
Raimundo pedía entonces a Dios que aquel Doctor Fernández, personaje misterioso, patético y de vestir insípido, fuera también producto de su imaginación.
- Debes venir todas las semanas para hacer las terapias respectivas – dijo el psiquiatra.
- ¿Qué es eso de terapias?... Yo creo que Usted quiere convencerme de que estoy loco, pero yo no soy pendejo - dijo Raimundo desafiante, saltando como un resorte del diván. Lo miró con sus ojos hundidos en el rostro y comenzó un violento caminar en retroceso hacia la puerta y sin perderlo de vista.
- ¿Acaso Usted no piensa pagarme la consulta? – dijo el psiquiatra alterado.
- ¡Claro que sí! – Se acercó de nuevo, pidió papel y bolígrafo y escribió sobre el propio escritorio del psiquiatra “Por 50,00 Morocotas de Oro del año de la pera”. Luego, lo firmó mientras le decía: ” Lo cobra mañana, porque hoy no tengo fondos... estoy esperando un depósito por veinte millones de morocotas para mañana a primera hora. Aunque si no viene la Goleta del Pirata Morgan, usted va a tener que esperar un mes por su pago”. Dio la vuelta, y se marchó. “Hijo de puta”, murmuró el doctor con los dientes pegados, mientras arrugaba con furia el trozo de papel con su puño derecho y retornaba a derramar sus pensamientos sobre su escritorio desolado por causa de la des actualización.
Raimundo, con todos los ruegos de su madre, jamás regresó a la consulta. Siguió con las gestiones de solicitud de empleo; citándose con seres imaginarios; leyendo papeles en blanco o leyendo lo que no decía en el periódico.
-Mira, Mamá Lola, están buscando en clasificados un piloto de módulo espacial. ¿Qué hago?
-No, mijo - respondía la pobre anciana resignada, con los ojos lloroso y siguiéndole la corriente - , yo creo que eso es muy peligroso... te podéis perder en el espacio, y entonces yo me voy a quedar solita.
Un día, caminando con su extravío habitual, vio un aviso colgado en una casa de la calle Venezuela en pleno Barrio Saladillo que decía “Centro Gnóstico del Zulia”. Lo que en realidad le llamó la atención era las dos consonantes casi impronunciables, de modo que no aguantó la tentación de entrar para satisfacer semejante curiosidad. Estaban en plena sesión. Se sentó silenciosamente sin escuchar al charlista. Sólo miraba las paredes, las personas, los cuadros colgados, las esculturas de mármol, la disposición de las sillas metálicas pintadas de gris y un aviso igual al de afuera, pero en el podio. El expositor abrió la sesión de preguntas diciendo:
- Buenas noches para todos. ¿Alguna duda sobre la charla de ayer?
Nadie respondía… ¡Gnósticos al fin!
- Yo tengo una pregunta – dijo Raimundo, siendo el primero en levantar la mano y tal vez el único que no había escuchado la charla aludida.
- Por su estilo de vestir, podemos entender que usted no pertenece a esta comunidad, pero puede hacerla – respondió el charlista.
- Pues bien. Quiero saber cómo pronuncian ustedes esa palabra con dos consonantes al inicio y juntas. Yo no he podido hacerlo.
- En realidad, la ¨g¨ no se pronuncia - explicó el líder.
- Entonces, para qué se la ponen, si está sobrando...
- Bueno, esta discusión no es lo más importante para nuestra filosofía.
- Pues yo creo que sí. ¡Que tal si yo no supiera pronunciar mi propio nombre!
Este comentario, su aspecto físico y su indumentaria dejaron impactado a un filósofo diplomado llamado Temístocles Pérez, quien se sentaba en la última fila de sillas. Éste también tenía sus extravagancias: siempre andaba de sandalias, vestido de caqui, cabellos despeinados y sin rasurarse, y acompañado de un olor ácido penetrante que emanaba de sus axilas y delataba sus malos hábitos higiénicos. Creyó en verdad que Raimundo era la reencarnación de un filósofo árabe. “¿Averroes... Avicena... Alfaric?.. uno de ellos tiene que ser… su nariz, su altura, su delgadez y sobre todo su aguda capacidad inquisidora“, pensaba. De inmediato se hicieron buenos amigos, por aquello de la afinidad de las condiciones mentales.
Una vez hecha la confianza, Raimundo le contó la opinión del Doctor Segismundo Fernández, mientras Temístocle Pérez reía con una risa falsa copiada de las onomatopeyas de las obras de teatro de los clásicos. “Ese es el problema de los psicólogos… sus limitados paradigmas no les dejan ver cuando están frente a un genio reencarnado” Al oír esto, Raimundo concluyó que Temístocles estaba más loco que el doctor Segismundo.
Convencido de que él no era el único ser misterioso en la faz de la Tierra, Raimundo decidió ir a aquellas sesiones a escuchar los discursos sobre la vida y la muerte, Dios y Lucifer y aquellos enredos filosóficos que nunca tenían respuestas. Porque siempre llegaban a la misma conclusión: "no podemos conocer la verdad". Una noche, Raimundo se impacientó, pidió la palabra en plena sesión y les dijo: "Si nunca pueden llegar a la verdad, para qué se reúnen todas las noches... Es mejor que cada cual se meta al baño, se baje los pantalones, se siente en la poceta y mientras empiece a cagar, grite: ¡Vergación, no podemos conocer la verdad!"
Su expulsión fue inevitable. Temístocles lo acompañó hasta la puerta y no hasta la calle ni hasta su casa como todas las noches. Esta vez se sentía obligado a respetar la decisión tomada por el líder de la logia, y le dio pánico ser execrado por apoyar a un blasfemo.
Temístocles estaba impresionado con el razonamiento tan desprejuiciado de Raimundo, en lo cual veía una prueba de que se trataba de una reencarnación, de modo que lo citaba en la Plaza Bolívar a escondidas de sus hermanos para hablarle sobre temas filosóficos. Quería una prueba más de que se trataba de un personaje de la edad de oro de la filosofía árabe. Por su parte, Raimundo, atraído por su colega del desvarío mental, se aburría algunas veces, otras se agotaba y en ocasiones se disgustaba. Entre tantas cosas incomprensibles, contrastantes o incoherentes que le decía Temístocle, una fue la que derramó el vaso craneal del pobre Raimundo. Comenzó el filósofo profesional a explicar que el pensamiento, desde un punto de vista materialista, no era otra cosa que la segregación de un órgano llamado cerebro. ¨Hasta Bolívar, quien era un masón radical, le dijo a Perú de La Croix que el cerebro no era más que una complejísima red de células, las cuales están constantemente consumiendo sangre purificada y conectándose mediante unos contactos eléctricos y ...”. Temístocles no paraba de citar información desactualizada. De súbito, Raimundo comenzó a pasearse imaginariamente por los pasillos de su liceo, a entrar en los salones, a sentarse en los pupitres gracias a los estragos que estaba causando un terrible desbloqueo del pre-consciente: así, sus recuerdos lo hicieron llegar al laboratorio de biología y revivir aquella práctica en la cual su profesor abría el abdomen de una rana viva para mostrar el funcionamiento del sistema nervioso. La imagen de la rana temblando le revolvió la existencia, de tal modo que comenzó a tejer la memoria de sensaciones visuales con la memoria de sensaciones olfativas: el rojo de la sangre con el penetrante alcohol y el pesado formol. Raimundo, quien en su adolescencia abandonó el liceo debido a aquel incidente del laboratorio, terminó relacionando aquella rana con su propio organismo. Las nauseas llegaron cuando concluyó una cosa horrenda: lo único que se consideraba limpio, puro y etéreo, es decir ¡el pensamiento y la palabra, no era sino una masa de vísceras! Pero lo horrendo no terminó allí: si lo que decía Temístocles era cierto, entonces la muerte acababa con el pensamiento... ¡y las ideas y los sentimientos, como el amor por su madre y el de ella por él, serían devoradas por gusanos! Esta última conclusión lo llevó a un estado semi catatónico.
Temístocles concluyó: ¨Qué decepción... ningún Avicena... ningún Averroés... Cuál Alfaric del coño ´e la madre... éste es un pobre enfermito mental que no se quiere tomar las medicinas¨. Entonces, lo tomó por el brazo y preguntando de calle en calle si lo conocían o sabían dónde vivía, logró llevárselo a Mama Lola. En la puerta de la casa se lo entregó diciéndole en un modo inocentemente frío: "Aquí tiene este paquetico, Madame. Estábamos hablando tranquilamente, y de repente se quedó paralizado... va a tener que llevárselo otra vez al psicólogo... y oblíguelo a hacerse los tratamientos, porque este muchacho es bueno para el ejercicio filosófico". La entristecida madre tomó a su hijo por el brazo y lo condujo a la habitación, lo sentó en el borde de la cama, le quitó los zapatos, lo recostó y le cerró los párpados como si estuviera ya en el otro mundo… Tomó una imagen del Beato Dr. José Gregorio Hernández y le prendió una vela. A él se lo encomendó, y regresó a la sala donde esperaba Temístocles. Y mientras observaba con desprecio la percha de caqui y sandalias, el pelo desordenado y las barbas a medio crecer, todo enmarcado en olor espantosamente ácido, la anciana lo interpeló¨:
- Usted es el que mientan El Profesor Locuajo, ¿verdad?
- Bueno, así me llaman los envidiosos de este barrio que no estudiaron un carajo... Ellos reconocen la sabiduría que yo obtuve en la universidad... y saben que me desincorporaron porque cualquier estudiante güevón no aguantaba mi profunda habilidad filosófica…
- ¿Le gusta el café, Profesor Locuajo?
- Sí, pero sin azúcar, porque me altera... y no me llame así... Me llamo Temístocles El Sabio - entonces, cruzó las piernas para darse postín de hombre importante. Abrió los brazos para apoyarlos sobre el espaldar del sofá, y terminó de envenenar con sus ácidos axilares el poco oxígeno que había en una sala que siempre permanecía cerrada.
- Ya se lo traigo, entonces... Señor Sabio...
En vez de un café, Mama Lola trajo una escoba, y descargó un chubasco de escobazos sobre la cabeza del Profesor Temístocles Locuajo.
- ¡Aquí tenéis el café, loco del carajo... que me trajiste al muchacho convertido en un bagazo... Anda a decile a tu madre, si todavía tenéis, que no te deje salir a echar lavativas a la gente sana!
Temístocle hizo primero una carrera en circuito por toda la sala para esquivar los vergajazos que le propinaba Mama Lola, hasta que avizoró la puerta, y corrió mientras gritaba: ¡A usted es que sale loco ese muchacho, vieja desquiciada... usted es la que no lo debe dejar salir más!¨
Para recuperarse de la carrera, se sentó en un enlosado tres cuadras más arriba, mientras pensaba: ¨Hay que ver que sí hay locos pendejos que no se hacen su tratamiento. Yo mejor me voy a tomar mi pastilla antes de que me dé la depresión y empiece a sentir los murciélagos revoloteándome en la cara. Este zoquete de Raimundo tiene talento filosófico, y por no hacerle caso a los médicos, lo está desperdiciando. Aunque la culpa es de la bruja de la escoba que debió atenderlo con tiempo cuando era carajito...¨ Entonces, se levantó del enlosado, y camino hacia su casa. En el camino, vio a un indigente con barbas largas y un trapo tirado en el hombro. Apresuró el paso hacia él, y le preguntó: ¨¿Vos sois Sócrates o Aristóteles?.. Por lo feo y desgarbado parecéis Sócrates¨. El indigente le trató con desprecio y le gritó: ¨Andá a joder a tu madre, Profesor Locuajo¨. Entonces, Temístocles le respondió gritando: ¨Nojoda, cómo es posible que no reencarne un hijoeputa filósofo de la antigüedad en esta verga, Dios mío... se fueron los años dorados de la madre de todas las ciencias, para nunca más volver... ¡Coño, tengo que correr a casa, porque ya estoy viendo los murciélagos!”.
La frontera entre la razón y la locura es tan difusa que no se sabe nunca la diferencia entre un hombre cuerdo y un filósofo; entre un filósofo y un loco, ni entre un filósofo y otro. No se sabe nunca quién aparece primero en el espíritu humano, si la locura o la filosofía. Lo más sano es respetar la enfermedad de cada uno... o si se prefiere, la filosofía de cada uno.


