El mesías

Al Doctor Tío Iván Bastidas, curandero infalible.

        Cuando se paraba en la esquina de la Plaza Bolívar de Maracaibo, en la esquina que está entre el Palacio Legislativo y la Catedral, lo hacía con señorial altivez, soberbia y elegancia de movimientos. Estiraba sus brazos con la lentitud de un Mesías, exponía el rostro al cielo, caía lentamente sobre sus rodillas callosas y emitía un sonido agudo como de pájaro, casi interminable. Entonces, comenzaban a llegar sus feligreses: palomas, pájaros e iguanas iban posándose sobre sus brazos, hombros y cabeza como si fuera un árbol. Ellos sabían que había banquete seguro del trigo recogido del borde de los brocales de la avenida El Milagro, dejados por los camiones que transportaban granos desde los silos del puerto. El banquete lo complementaban las moscas atraídas por su pelo mugriento. Luego, para brindarles confort y confianza, el Mesías caminaba lenta y señorialmente mostrando con orgullo sus feligreses a cuestas.

        Augusto, un brillante estudiante de psiquiatría, metódico y ambicioso de fama y conocimiento, vio por primera vez al Mesías en su rito, un domingo cuando fue a un bautizo en la  Catedral. Al verlo arrodillado, adornado cual árbol de navidad, pero de colores y sonidos naturales, sintió la gran emoción que puede invadir a un zoólogo al ver a un espécimen que promete proporcionarle un descubrimiento inédito que lo haría famoso.  Eso lo impulsó a ser uno de los tontos curiosos atrevidos que visitaban la plaza y que se a atrevían a mirarle a los ojos, pero esta vez con el agravante de intentar hacer, con premeditación, una observación científica con un enfoque metodológico de "estudio de casos". En una noche de insomnio producida por la imagen mental intermitente del Mesías arrodillado, comenzó a repasar todas las psicopatologías y a preparar sus herramientas metodológicas para recoger los datos.

Llegó a la plaza muy nervioso, pero excitado por el entusiasmo de aquella gran oportunidad. Esperó con gran paciencia el encuentro, moviéndose entre la gente de la plaza con astucia felina para poder acercarse al Mesías sin hacerse notar. Libreta y bolígrafo en mano, Augusto se aproximaba lentamente y con mucha cautela. Estuvo intentando comenzar la investigación durante tres días, pero cuando el Mesías descubría su interés, el estudiante aterrado se apresuraba en sentido contrario. Sorpresivamente, Augusto pasó de cazador a presa, y al final, sin que pudiera darse cuenta, el zarpazo del Mesías capturó su intención de científico. Su premeditación se le derramó sin poder evitarlo a través de sus espantados ojos de estudiante pillado en una aventura intelectual éticamente no autorizada. El muchacho quedó aterrado cuando el Mesías lo abordó y le mostró sus penetrantes ojos azules y sus encías ennegrecidas con apenas algunos dientes. Entonces, el viejo comenzó el transfer:

       ¨Estás aquí porque te has preguntado por qué mis animales se acercan a mí sin temor. Al contrario, tú tienes terror de mí... ¡No digas una sola palabra! Yo mismo explicaré todo. Primero, el ser humano es el animal más frágil de la naturaleza, pues su alma está llena de miedo a la muerte; en cambio, los animales no huyen de la muerte sino que escapan hacia la vida. No tienen un concepto de la muerte. No necesitan la religión como nosotros. Segundo, el alma humana, además de miedo, se va llenando de ideas sobre lo bueno y lo malo en forma equívoca, pues medimos a los demás con el mismo metro con que hemos sido medidos; de modo que nunca estamos seguros de si lo que no sirve es la gente o el metro con que la medimos. Tercero, mis animales me conocen de verdad, mientras que tú necesitas un metro para medirme. ¡Ahora – prosiguió alterado - yo te juzgo y te digo que eres enteramente vulgar, porque te peinas, te bañas y usas zapatos como todo el mundo! Pretendes aparentarte a tí mismo y al mundo que eres distinto, disfrazándote de científico. Pero quiero decirte que para conocerme no necesitas consultar los libros ni tener una inteligencia superior, pues con un cerebro como el de las palomas que me acompañan basta para saber quién soy yo¨.

Augusto se paralizó y escuchó todo con un pie en diagonal, preparado para la fuga oportuna. Quedó mudo otros segundos más, impactado por aquella verborrea, y el "espécimen" de su proyecto de investigación lo ayudó a salir de la parálisis, dándole cierta confidencia al preguntarle:

-    ¿Qué se te ofrece?

-    Quiero conocer acerca de tu vida - respondió temblando el estudiante.

-    ¿Para qué?

-    Me llama la atención tu forma de vida.

-    ¿Por qué?

-   Porque estudio en una universidad una carrera que nos permite ayudar a personas con dificultades... Por eso quisiera saber... - dijo Augusto, mientras buscaba la libreta por todos sus bolsillos, aunque la tenía en sus manos.

    No encontraba el bolígrafo, entonces su pánico aumentó al saber que estaba en su oreja, pero no lo podía sentir. Entonces, el Mesías con bondadosa y comprensiva intención, trató de quitárselo de su oreja, lo cual Francisco interpretó como una agresión.

-  Tranquilo, mijito… el bolígrafo… lo tienes en tu oreja. Albañil, carpintero, psiquiatra o psicólogo… por el bolígrafo en la oreja, pareces más bien carpintero – dijo burlonamente - . Psicólogos, psiquiatras… Los conozco mejor que nadie, y conozco al dedillo toda su basura teórica. ¿Cuándo empezaste a estudiar esa basura, mijo?

-   Hace dos años.

-  ¿Qué edad tienes?

-  Veintidós años.

-  ¿Cómo te llamas?

-  Augusto

- ¿Dónde naciste... divorciado... casado... huérfano... algún trauma o experiencia negativa cuando niño? - preguntaba el Mesías como una ametralladora, mientras fingía escribir en una libreta ficticia, sin permitir que Augusto intentara una respuesta o que anotara una letra en su libreta real.

     El Mesías hizo una pausa, y Francisco pudo respirar. Entonces, dándole una breve tregua al muchacho, prosiguió su inquisición:

¿Por qué estudias psicología?

-  Porque me llama la atención el alma humana

-  ¿Qué es el alma?

-  La psiquis

-  ¿Qué es la psiquis?

-  Un… sistema… de reconocimiento de la realidad.

-  ¿Qué es reconocimiento?

          Cautivo del transfer que activó el Mesías, Augusto no le quedó otra salida que recurrir a la etimología:  

- Es conocer......Es conocer una misma cosa varias veces... volver a conocer.

     El Mesías lo atacó con una mirada de desprecio por la escueta respuesta, acompañada de un giro de negación de la cabeza y un chasquido de decepción. Entonces el muchacho asustado, pensó una mejor respuesta para evitar la agresión que el Mesías comenzaba a delatar en su mirada

- ¡Es el fundamento de la realidad! – rebuscó entre sus ideas que ya comenzaban a ser confusas, como un estudiante interrogado y en aprietos. El Mesías regresó a la calmada inquisición:

-  ¿Qué es la realidad?

-  Es todo cuanto nos rodea.

-  ¿Qué te rodea?

-  Personas, animales, cosas.

-  ¿Qué soy yo?

-  ¡Persona!.. ¡Claro que persona! - respondió el estudiante precipitadamente, tratando de ser convincente ante la mirada amenazante del Mesías.

-  ¡Se ve que no estás muy convencido de tu juicio, pero eso pasa porque tú no me conoces... ni siquiera haces un esfuerzo por conocerme! – gritaba regañón

          Entonces, sin alejarse mucho para no darle chance a escapar, el Mesías comenzó a caminar de un lado a otro delante del muchacho, como todo un catedrático, mientras explicaba seriamente.

- Si la realidad la conocemos mal desde el inicio, es seguro que la reconoceremos equivocadamente: la estaremos reconociendo proporcionalmente equivocada a la cantidad de veces que la vemos. Eso es lo que nos enseñan desde niños, y cuando crecemos, ya no podemos ver con claridad a los otros. Vemos el color de su piel, su religión, su tamaño, sus títulos académicos, sus propiedades, pero nunca lo que la persona es en realidad. Hoy me reconoces y mañana el equívoco se duplicará. Y este es todo el sistema de reconocimiento que tú llamas psiquis, un sistema para equivocarse. Además, te quiero decir que el problema es más grave para los psicólogos y psiquiatras, pues quieren estudiar lo equivocado en los demás con un sistema equivocado: estudian la equivocación usando la equivocación. ¿Quieres otra consulta para mañana a la misma hora? - terminó el Mesías sonriendo sarcásticamente.

- No, te agradezco - respondió Augusto fatigado, angustiado y paralizado.

En ese momento, el Padre Benito salía de la Catedral y llamó la atención del Mesías, quien al verlo, le gritó:

- ¡Eh, Padre, ¿cuándo continuaremos hablando de la inexistencia de Dios y de la mortalidad del alma?! - mientras el sacerdote se persignaba, y le echaba la bendición con un gesto de lástima.

          Seguidamente, salió el presidente de la Asamblea Legislativa, y el Mesías le gritó:

-  ¿Cómo van las trampas, Doctor?

Luego giró su mirada hacia el Palacio de Gobierno y gritó de nuevo:

-  ¡Corrupto... corrupto, gobernador corrupto!

Los policías de guardia rieron, pero su risa se borró de sus rostros cuando el Mesías les dio su dosis de ofensa:

- ¡Dije ¨gobernador¨; no dije burros uniformados! 

          Giró nuevamente su rostro hacia la Alcaldía, pero estaba muy lejos, al otro extremo de la plaza, y sabía que nadie lo escucharía. Entonces se conformó con murmurar: ¨Otra mierda más¨.

          En la medida en que el Mesías descargaba su protesta sobre los representantes de las instituciones públicas, Augusto sentía un alivio al ver que su victimario reorientaba su agresión. Recobró el tono muscular regular de sus piernas acalambradas, y las sintió de nuevo. El sudor retenido por el terror se liberó finalmente, y comenzó a correr por cántaros por todo el cuerpo del joven. Entonces, emprendió la marcha cautelosamente, tratando de no demostrar miedo para que el Mesías no lo percibiera y no regresara con el interrogatorio. Caminaba en el intento de alejarse, pero no atinaba a una dirección segura, debido a que perdió de vista al Mesías. Se sentía como el boxeador entorpecido a causa de los golpes recibidos, y que no sabe dónde está su esquina ni su contrincante. Podía caminar, pero el piso le parecía de goma espuma y los objetos los veía desenfocados, pues el desconcierto no le permitía que su vista fijara la atención sobre algún punto en su campo visual.

          Cuando se sintió fuera de peligro, el Mesías lo sorprendió por detrás con un apretón confianzudo, levantándolo y diciéndole a carcajadas: ¨¡Aquí está mi doctorcito, el ser que finalmente me liberará de la maldición que me acorrala!¨. Augusto se estremeció, como si hubiera recibido una gran carga de electricidad estática. Luchaba como una presa queriéndose liberar del depredador, pero la fuerza del Mesías, viejo, desgarbado, raquítico y hediondo era impresionante. Augusto se agotó en su intento de escapar del abrazo del Mesías, y se relajó. Entonces, el Mesías lo soltó y cayó bocabajo. Yacía en el piso haciéndose el desmayado para que el desquiciado no arremetiera de nuevo. Desde el piso, veía al viento hojeando su libreta, y su lápiz pisoteado por la indiferencia de los transeúntes urbanos. El Mesías no era tonto y le dijo: ¨deja el teatro, doctorcito, que tenemos mucho que hacer… a penas comienza la terapia¨.

          Augusto se levantó con la ayuda de algunos curiosos, quienes lo levantaron por sus brazos gelatinosos, debido a la persistente pérdida de la tensión muscular. Vio a su alrededor, y el Mesías no estaba. Comenzó de nuevo la marcha, y trató de recordar donde estaba la parada del autobús, pero había extraviado completamente las coordenadas en su memoria. Sabía que debía huir, y caminó por un borde de la plaza hacia la Iglesia Santa Bárbara. Cuando salió de la plaza y entró al Paseo Ciencias, el Mesías salió de detrás de un árbol. Su color mugriento era un camuflaje perfecto, y Augusto, aturdido aún, no sabía si era un árbol que se duplicaba en su retina; si eran dos locos o si era una simple alucinación. Augusto supo evadirlo, caminó en sentido contrario, y se escondió entre una multitud que caminaba hacia el mercado de la Plaza Baralt. Se detuvo agotado, tratando de recobrar el aliento. Perdidas las coordenadas, el muchacho siguió caminando hacia cualquier lado y terminó en un callejón solitario detrás de la oficina de correo.

          Entonces, cuando creía que estaba sólo y a salvo, se le apareció un ser espantoso y sin figura cubierto de plumas por todos lados. Pensó que se había apoderado de él una especie de obsesión y que sólo tenía que tener autocontrol… ¡Autocontrol!.. Lo había leído en muchos libros y revistas, y ahora necesitaba desesperadamente recobrarlo. Repasaba mentalmente títulos e imágenes, pero sólo aparecían páginas borrosas y volúmenes de psicología que no podían abrirse, porque en su mente eran tomos herméticos que tenían lomo por los cuatro lados. Sin fuerza mental para encontrar una solución y sin fuerza física para emprender otra huída, decidió enfrentar su alucinación y se detuvo frente al monstruo. Pensó que se esfumaría de su mente en unos segundos si conseguía una interpretación valedera: cansancio, estrés, simple imaginación, miedos de la infancia; pero también se esfumó el psicoanálisis de su cerebro izquierdo, y el espanto seguía frente a él. Le ordenó desaparecer a la cuenta de diez, el número de la hipnosis, pero también fue inútil.

          No era una alucinación ni un espanto del más allá. Por el contrario, estaba muy acá, demasiado cerca: era el Mesías que preparaba su ataque mortal al alma de Augusto, otra víctima más de tantos curiosos que osaron mirarle a los ojos y cuestionar su estilo de vida. Cubierto completamente de pájaros por todos lados, daba la impresión de ser un plumífero gigante que parecía cantar con todo su plumaje miles de notas ensordecedoras. Además, lo acompañaban desde el piso y revoloteando sobre su cabeza, dando la impresión de tener exceso de plumas. Repentinamente, el plumífero habló: ¨Doctorcito, la locura no existe, es sólo un metáfora¨. Entonces le lanzó dos puñados de trigo embadurnados de melaza y los granos se adhirieron al cuerpo de Augusto. El ataque de los feligreses se tornó desesperante. Augusto luchaba por su vida desde el piso, mientras el Mesías bailaba la danza de la locura a su alrededor, haciendo alarde de su enfermizo poder apocalíptico. Cientos de pájaros picoteaban al muchacho, hasta que la desesperación lo hizo levantarse, mientras trataba de sacudirlos. Salió corriendo sin dirección, como si se estuviera incendiando, hasta que  logró liberarse de sus atacantes.

          Agotado y sangrando por todos lados, fue socorrido y llevado hasta el Hospital Central. El vigilante lo condujo en silla de ruedas hasta la sala de emergencia mientras decía: ¨Otro güevón más. Apuesto a que fue el hijo de puta viejo de la plaza Bolívar. ¡Hasta cuando jode, coño! Seguro que te le quedaste mirando, mijo. Y no tiene que ver que sea niño, viejo o mujer. Los persigue hasta montarle la trampa de los pájaros y los granos. ¿Cómo es posible que un médico tan brillante como fue ese viejo loco, se haya reducido a semejante estado? Pa´ qué coño se puso a operarlo él mismo, si él sabía que estaba prohibido. Además, a cualquiera se le muere un hijo, digo yo. ¡Ahora, aguántate el verguero de inyecciones que te van a poner, mijo!¨.  

         Nunca mires a un loco a sus ojos, pero nunca tampoco lo pierdas de vista. Ellos sólo quieren, como el rey del cuento, andar desnudos sin que los noten. Ve con cuidado, porque un loco no siempre es un loco; es sólo nuestra antítesis: no es más que una persona a quien no comprendemos, y que tal vez no nos entienda o desprecie nuestra forma de vivir; alguien con quien perdimos la conexión ética, intelectual y espiritual, porque tampoco sabemos si un loco es un malvado que se ampara en la locura para dar rienda suelta a su inmoralidad, su sed de venganza, su resentimiento o su poder destructivo.

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 José Guillermo Valbuena Yánez ©