El profeta
El padre de Francisco era un individuo impecable desde casi todos los puntos de vista: de porte muy elegante, costoso y formal; culto, no sólo como profesor de derecho penal y juez de primera instancia, sino también en los aspectos generales de la historia civil, los derechos universales y la moral. Por ello, era invitado especial en debates de programas de televisión y radio, y escribía columnas sobre ética, historia y jurisprudencia para dos diarios de la localidad. Su tema favorito, y en el cual demostraba mayor conocimiento, era la familia, la formación de los hijos, el amor, la disciplina y la obediencia en el hogar. Es fácil imaginar el interior de la mansión de aquella célebre familia: color caoba por doquier, auténticos mármoles italianos, ventanales de ensueños, muebles coloniales del mejor ébano; aire acondicionado central; espléndidas y bien amuebladas habitaciones al estilo clásico británico, y dos carros ingleses parqueados en el garaje.
Por su parte, desde niño, Francisco se asombraba por la contradicción que existía entre el concepto que la gente tenía de su padre, y lo que éste era en realidad. Eran demasiados los brutales castigos que el doctor, juez y abogado de la República había propinado al pobre muchacho. Las bofetadas y los insultos más humillantes terminaban de asombrar al joven cuando recordaba su imagen en la televisión, pronunciando palabras como amor, afecto, igualdad, confianza, justicia; o frases como "misericordia con los desvalidos, ancianos y niños", "los derechos de los niños" y cuanta basura legal panfletaria leía en las publicaciones de los organismos internacionales que el jurista coleccionaba en su abundantísima biblioteca.
Francisco no podía olvidar la fractura que le provocó su padre en el brazo cuando apenas tenía tres años; tampoco el zapato que le lanzó por la espalda en una huida; ni los chichones hechos en la cabeza con el elegante y clásico bastón inglés que con orgullo hacía sonar sobre los pisos de madera, desde el día que lo trajo de su primer viaje a Londres. Éstos eran los castigos por voltear un frasco de tinta sobre el escritorio, cerrar el despacho con la llave dentro, derramar pasta dental en un intento de cepillarse los dientes o manchar el mantel a la hora de las pocas cenas que compartían en aquel apoteósico comedor modelo Luis XV. Las amenazas con castigos más severos si delataban en la clínica las verdaderas causas de las lesiones terminaron inyectando en la mente de Francisco la idea de un padre tirano e hipócrita.
Francisco, con apenas siete años, era un niño interesado en aprender en la escuela. Amaba la literatura y la historia, leía diariamente y escribía poemas y prosas. Viniendo del colegio con su padre, éste irrespetó la luz roja del semáforo. De modo que el niño comentó lo que habían discutido en clases de Ciencias Sociales sobre la importancia del respeto de las normas. El padre tomó el comentario como una flagrante falta de respeto y le propinó una bofetada que le terminó de aflojar los dientes de leche. En otra oportunidad, escuchó por el teléfono auxiliar una conversación entre su padre y otro abogado sobre el embargo de una granja en las afueras de la ciudad, propiedad de una señora senil; embargo que se hacía fácil, debido a su vejez, a sus escasos recursos y a su soledad. "Es cuestión de garantizarle una habitación en el centro gerontológico de la ciudad... yo me encargo, por supuesto - comentaba su padre a su socio - Al final vendemos la granja y nos repartimos la ganancia”. Además de eso, se dio cuenta de que cobraba a los familiares de los presos por salidas ilegales de la cárcel los fines de semana y por conversiones de cárcel por reclusiones domiciliarias. De igal manera, negociaba porte de armas y exoneraciones de impuestos aduaneros.
Fue esa mala costumbre de espiar detrás de las puertas o levantar el teléfono auxiliar para escuchar lo que conversaba su padre lo que salvó a Francisco de un terrible aprieto penal. Escuchó por el auxiliar a su padre negociando con narcotraficantes. La decisión de huir la tomó luego de descubrir los paquetes de droga y los dólares escondidos en el estudio de su padre y en los sótanos de la casa. Pero no se trataba de una huida de muchacho rebelde, sino de una huida preventiva. Podría decirse de una profecía. Sabía que si su padre era descubierto, éste sería capàz de convertir a su propio hijo en chivo expiatorio. Para su padre sería menos vergonzoso tener que reconocer que su hijo no siguió la buena senda indicada por sus genitores que tener que salir esposado de su propia casa con toda su investidura de jurista y hombre ético.
No era difícil entender cómo francisco dejó aquella mansión llena de comodidades por su nueva residencia. Ahora, con dieciséis años cumplidos, debajo de un puente como techo, unos cartones como paredes, unos sacos de harina como cama y los periódicos de la semana como frazadas, Francisco recordaba toda su vida aburguesada con un sentimiento de tristeza mezclada con asombro, especialmente cuando veía la foto y el nombre de su padre en la prensa, involucrado en hechos de heroísmo justiciero muy bien dramatizados. El contraste entre estas noticias y lo que Francisco presenció y sufrió en carne propia era abismal.
Francisco sabía que su padre, con todas sus influencias entre las autoridades legales y policiales, no haría nada por encontrarlo. Sabia que su huída le indicaba a su padre que su hijo había descubierto la mercancía y los dólares. Sabía también que su pobre madre y su hermana, víctimas de sus imposiciones, lo estarían buscando por las calles de la ciudad, en forma clandestina, con los ojos llorosos, con una foto en la mano.
Su vida debajo del puente y su aspecto de loco sin familia eran el escondite ideal para un muchacho rico, contradictoriamente desvalido. Sus desquiciadas historias contadas con un estilo literario pomposo cultivado en la mejor escuela católica de la ciudad, terminaban por pintar un cuadro patológico. En efecto, cuando Francisco comentaba con sus colegas de hambre y de miseria todas estas cosas que su “padre, el juez” hacía y le hacía, todos reían. El muchacho también reía a carcajadas, por lo cual sus compañeros afianzaban su convicción de que estaba desquiciado. Aquellas carcajadas de loco daban a Francisco una sensación de tranquilidad. Sentía que podía descargar su ira al proferir improperios contra su padre y al mismo tiempo permanecer oculto bajo aquella mascarada patológica. Era comprensible apodar como "El Loquito" a un muchacho miserable, hediondo, sin familia ni casa que señalaba en un periódico la foto del juez más célebre de la ciudad llamándolo "mi padre", para luego acusarlos de tantos delitos, incluyendo el de narcotráfico y adjetivarlo de las maneras más despectivas, vulgares y destructivas, mezcladas audazmente con su talentosa expresión literaria: ¨He aquí la escoria – decía señalando la foto del juez en una revista que tomó de la colección de su padre, cuando escapó de su casa -, excremento de la especie humana, vergüenza del Creador, maricón de maricones, hijo de puta que no salió de las entrañas de mi abuela sino del infierno, porque Satanás mismo se cogió a su propia madre, que naturalmente no es my abuela sino la más puta de los predios del infierno¨. Francisco se sentía sereno bajo su puente con su nueva identidad y el nuevo y más satisfactorio oficio de ofensor de su propio padre, lo cual le daba el justo y necesario sentido de la existencia.
El Loquito también comenzó a hacer sus profecías con pomposidad literaria, lo cual le daba aún más aspecto de loco: ¨El caballero de investidura real será descubierto en su intento de llevar más vicio a las almas jóvenes desvalidas. El polvo blanco de la destrucción espiritual yace en los sótanos de su castillo entre pacas del pergamino verde de la ambición desmedida¨, profetizó frente a sus compañeros del puente, una semana antes de que el bombazo saliera por al prensa. ¨El perverso rey acusará a su propio hijo, al inocente príncipe, para salvarse de las garras de la justicia mundana, aunque no de la divina, y le llamará enfermo y le ofrecerá ayuda desinteresada, del mismo modo en que el demonio tentó a Jesús en el desierto. Pero el príncipe conoce de la infinita maldad de su padre, y no sucumbirá ante la tentación¨. Sus profecías en forma de acertijos provocaban gran curiosidad entre sus compañeros, quienes con esfuerzos colectivos, lograban darle sentido a semejante complejidad verbal.
El tiempo le dio la razón, como lo hace con todo profeta. Luego de la huida del muchacho, el juez estuvo más alerta sobre los operativos antinarcóticos porque temía que su propio hijo lo delatara o al menos proporcionara pistas a las autoridades. Entonces, pudo detectar a través de sus influencias que se estaba preparando una orden de cateo para su residencia, por lo cual llamó a la policía antes de que esta orden se hiciera efectiva. Convencido de que su rebelde hijo era el responsable de la denuncia, declaró ante las autoridades y los periodistas con la misma pomposidad de orador que transmitió genéticamente a su hijo: "Estoy más que consternado; con mi alma destruida tengo que reconocer que a pesar de todos los esfuerzos hechos para educar a mi hijo a través de mi propio consejo y ejemplo, a través de la mejor escuela, el flagelo de la droga y la ambición desmedida han sido más fuertes que mi infinito amor por él. ¡Ay de nuestros hijos y nuestra juventud sumergidos en este mundo putrefacto e inmoral! Sea la mano de El Salvador la única en extenderse para detener su caída a los abismos del vicio… Hijo mío, mi pródigo amado, donde quiera que te encuentres, si me ves por estas cámaras, ven a mí, y te juro que daré mi último centavo para rescatar tu alma del vicio y regresarte al mundo de la rectitud. Sabes que, como siempre, no habrá castigo, pues serán los mejores especialistas del país quienes te ayuden a salir de las tinieblas. Apiádate también de tu pobre madre y hermana que te buscan sin cesar y con el alma en hilo".
Aunque su vida debajo del puente no era la más cómoda, era mejor que la privación de su libertad en un albergue de menores. Cuando se publicó en la prensa las declaraciones del juez, y que éste había entregado la droga y los billetes de su hijo descarriado a las autoridades, los compañeros de El Loquito se asombraron de su poder adivinatorio, por lo cual se ganó el nuevo apodo, más respetuoso, de "El Profeta". Para los miembros de la comunidad del puente, era misterioso que el muchacho hubiera adivinado que había droga en la casa del juez. A partir de ese momento, aumentaron las expectativas de lo que el Profeta decía y su relación con lo que aparecía en la prensa. Pero la profecía más impactante fue la de la aparición de una dama y una damisela, las cuales en una carroza de extraordinario lujo llegarían a buscarlo y lo llevarían al paraíso. La gente esperó cada día hasta que una semana más tarde se hizo real la profecía: llegó al puente, después de pisar suficiente basura y cartones, una larga, negra y elegante carroza con ruedas resplandecientes, movida por miles de caballos de fuerza escondidos dentro de sus fauces. Bajaron de ella una dama con un elegante vestido negro y blanco y una damisela con gracias rosadas. Se bajaron asustadizas y con las manos enguantadas cerrando sus bocas y narices, buscando entre la gente como quien busca algo preciado en un basurero. Lucían sus ojos llorosos y desteñidos por el dolor de lo perdido, y rojizos por el trasnocho de intensas y desesperadas búsquedas. Buscaban con avidez, mientras nombraban con desesperación a Francisco. El profeta se levantó y se identificó: ¨Heme aquí, reina de mi reino. Heme aquí, damisela de mi alma, víctima también del ogro del castillo¨. ¨Demencia...¨, pensó su madre, producto, se entiende, del abandono, el hambre, el frío, la miseria humana que lo rodeaba desde hacía semanas; pero debido, sobre todo, a la injusticia de la cual era víctima.
Ante el asombro de sus compañeros, la dama lo abrazó con infinito amor y lo condujo hacia el carro. Entonces se cumplió la profecía. Francisco no entró hasta tanto no imponer su primera condición: ¨Reinas mías, habréis de entregar a estos mis hermanos, cuanto dinero tengáis en vuestras bolsas y riquezas luzcáis en vuestras manos y cuellos, como pago por su hermandad y misericordia para con este otro miserable víctima de la perversidad del mundo¨. Su madre no podía contradecir a su muchacho “enfermo mental”, y cumplió con la condición impuesta. Entonces, el mismo Francisco repartió concienzudamente cada billete, moneda y alhaja entre sus compañeros. Abrió la puerta del automóvil, y antes de acomodarse dentro, con la puerta aún abierta y un pie en la calle, profetizó de nuevo, convencido esta vez de que ostentaba un auténtico poder de sugestión sobre sus compañeros del puente: ¨Hermanos míos, pueblo de Fuenteovejuna, hallaréis en el castillo del comendador más de estos tesoros. Tomad cuanto podáis, para que como Robin Hood, hagáis justicia y recuperéis la dignidad perdida; al tiempo que deis castigo a quien castigo merece, y hagáis la justicia que el perverso mundo no puede concretar. Si os topáis con el monstruo, recordad que de sus huesos viene el Profeta, entonces perdonadle la vida. Amarradle y será suficiente, pues su cobardía es notoria, como os lo he dicho. Él no entregó todo el polvo blanco de la perdición, ni todos los pergaminos verdes de la avaricia. Cuando halléis el polvo blanco que aniquila la juventud, el espíritu y la lucidez, esparcidlo por los predios del castillo, dentro y fuera, de modo que nunca jamás pueda hacer daño a ninguna otra alma, al tiempo que la evidencia de la maldad quede expuesta a la luz pública¨. Entonces, pidió las llaves de la casa a su madre, y ésta se las entregó para no contradecir al enfermo, sin imaginar a donde pararía todo: ¨He aquí la llave del recinto del mal. Las coordenadas las encontraréis en una de mis frazadas… Todo está escrito: el ogro terminará atado de manos y una carroza de luces multicolores lo conducirá, entre llantos, al purgatorio, mientras los destellos de la verdad pintarán en nuevas frazadas la aténtica imagen del tirano¨, remató lleno de entusiasmo, al tiempo que lanzó las llaves de la mansión al aire para que alguno la tomara.
Francisco se sentó con toda su hediondez en el auto, pero lo acompañaba una lucidez extraordinaria que iluminaba sus decisiones. Sólo había una salida para salvarse a sí mismo, a su madre y a su hermana de las represalias que tomaría su padre. Contra ellas, por protegerlo, y contra él, por apoyar la destrucción de sus bienes, delatarlo y exponerlo ante el escarnio público. Sabía que su padre lograría zafarse del castigo penal utilizando sus influencias. Entonces, de dirigió a su madre y a su hermana: ¨Reina mía y princesa mía, sabed que para mi sólo hay una salida, por lo cual si no queréis que regrese al puente, deberéis cumplir con otra condición. No sabré vivir sino entre hombres de mi estatura espiritual, hombres despojados de toda vanidad y que enfrentan su terrible verdad con austeridad y valentía. Yo perdí a mi padre, y a la vez, él me perdió, porque fui asesinado sin morir por su intención maligna. Él murió ahogado en el dolor de mi alma anegada por los llantos de tantos castigos. Este dolor peliagudo no me dejará convivir entre los estúpidos que se engañan creyendo en al bondad y la justicia del mundo. Mi nuevo castillo ha de ser albergue de quijotes, quienes como yo, buscan la soledad para sanar las heridas de su alma¨. La madre y la hermana de Francisco no entendían mucho, pero aquella retahíla de palabras significaba para ellas que había un solo lugar en el que Francisco podría estar seguro: el hospital psiquiátrico. Lo llevaron y lo internaron sin ningún conflicto, pues era el albergue de quijotes que Francisco deseaba. Era el hospital que su madre sabía que necesitaba su hijo. Seguía profetizando sin parar desde que entró al consultorio, demostrando a los médicos que era el lugar justo para un esquizoide. Su madre lloraba mientras firmaba los documentos de hospitalización. Entonces, sintió un alivio al poder entender por primera vez las sabias palabras del joven profeta: ¨Reina mía, madre mía, no lloréis que me arrugáis el alma. Pensad un poco: heme aquí protegido de la intemperie, del hambre, de la sed y de la maldad del mundo. La garra del monstruo no podrá alcanzarme jamás, pues seguramente su odio hacia mí se acrecentará, después de que Fuenteovejuna saquee su castillo y mancille su honor públicamente… Mi Reina y mi princesa, buscad refugio en vuestros ancestros hasta que los fuegos del infierno se disipen y las maldiciones de Satanás sean sofocadas por la justicia del pueblo¨.
Las dos mujeres salieron llorando del hospital y fueron directo a la mansión. No había ventanas enteras, y los jardines estaban blanquecinos por el polvo esparcido. Entraron, y apenas quedaban muebles. Fuenteovejuna había hecho justicia. El comendador yacía amarrado a un pulidísimo pilar de mármol de Carrara, rodeado de varios paquetes de narcóticos y unos poquísimos billetes que apenas servirían como evidencia. Lloraba y gemía pidiendo piedad a su esposa e hija, pero ellas, que nunca vieron al Goliat derribado, no permitirían, después de haber soportado en silencio tanta injusticia, que recuperara sus fuerzas y arremetiera contra Francisco y contra ellas. Entonces recogieron algunas ropas y valores con avidez de saqueadores, y huyeron sonriendo para sentirse cómplices de aquella manera tan eficaz de hacer justicia. Escucharon las sirenas de la policía mientras caminaban buscando un taxi para dirigirse a la casa de la abuela, pues decidieron no seguir en su propio auto. Un aire de esperanza refrescó el alma de la mujer. Después de todo, si su hijo tuvo siempre razón y supo hacer justicia en forma brillante, no estaría tan enfermo. Entre tanto, sus compañeros del puente pudieron ver al siguiente día en los televisores que confiscaron al propio juez, y en la prensa local distribuida en los quioscos, las imágenes de la última profecía: el juez salió esposado de su casa, bañado de polvo de coca y llorando, mientras lo obligaban a entrar en la unidad de policía que preñaba la noche de luces multicolores y llantos alegres de sirena, celebrando la justicia.
Francisco suspiraba frente al televisor, mientras veía las noticias. Dos pesadas lágrimas corrieron por su rostro sereno. Un internado que se enteró que era profeta por su manera de hablar, pidió su opinión sobre la noticia, y Francisco respondió con sus ojos llenos de lágrimas, pero con energía de orador: ¨Así habló Zarathustra: mi Padre ha muerto¨.
Una profecía no es una premonición, sino una sugestión para que las personas precipiten los hechos. Un profeta es un hombre valiente que generalmente es considerado loco, sólo porque ve lo que otros, en su conformismo de la realidad, no pueden o no quieren ver. Movido por una profunda vocación de justicia, el profeta quiere que ocurra lo que por divina justicia debe ocurrir. Y los primeros reos de esta justicia son los mismos jueces, porque muchos de ellos son los más insensatos de todos los espíritus, delincuentes de cuello blanco que se amparan en las leyes para consumar sus fechorías.

