

En coma
A Carmen Cecilia, compañera de esta batalla
Rafael era un obrero de treinta y cinco años con tres hijos varones, él último de los cuales era un recién nacido que le hizo pasar más trabajo en la casa que en la fábrica. Desde hacía unos meses, sus ojeras fueron aumentando hasta llegar a la parte media de sus pómulos, mientras que su estado de ánimo, antes jocoso y entusiasta, ahora pasaba de la indiferencia a la agresividad con sus compañeros de trabajo. Parece mentira que un ser tan frágil y desvalido como un recién nacido pueda convertirse en la causa de la ruina psicológica de un hombre tan alegre, fortachón, resistente y autosuficiente como Rafael.
El nacimiento de este último hijo había llenado de entusiasmo a toda su familia, especialmente a sus dos hijos de doce y ocho años, quienes recibieron a su hermanito con gritos de alegría. Durante la primera semana, Rafael se levantaba entusiasmado cada tres horas para ayudar a alimentar a su bebé, de acuerdo con las indicaciones del pediatra, pues como algunos sostienen, una mala alimentación en los primeros días puede ocasionar daños cerebrales irreversibles en el niño. Pero al llegar al primer mes, Rafael ya agotado por el sueño irregular, le propuso a su mujer comprar un chupón (o chupete) a su pequeño hijo para que durmiera toda la noche, pues había leído en un artículo de revista que satisfacer las necesidades de succión disminuía la ansiedad y favorecía el sueño de los recién nacidos. Su mujer no estuvo de acuerdo con la idea, pues ella también había leído en otro artículo de revista que el chupón deformaba las encías, era antihigiénico y creaba "fijación a la fase oral", es decir, dependencia viciosa. Y mientras discutían sobre programas de televisión, artículos de revistas o sitios de la red, llegó el segundo mes, y ya el terrible despertador de alaridos del bebé había hecho mella en el sistema nervioso del pobre trabajador y de su esposa. Las ojeras de Rafael comenzaban a acentuarse, y parecía un resucitado, mientras se trasladaba en vela desde un sitio a otro de la casa buscando alivio a sus desesperados nervios. Se dormía en la ducha; sentado en la cama con los pantalones a medio poner; parado en el autobús, abrazado de alguna barra vertical, o sentado en el comedor o en el baño de la fábrica.
Con la segunda consulta pediátrica de rutina, en el segundo mes de vida del recién nacido (y segundo mes de muerte lenta para el padre), comenzó lo peor. Ahora, además del niño, las recriminaciones del pediatra terminarían de hacer insomne al pobre Rafael: "... Es importante que dejen llorar al niño hasta que aprenda a dormir; yo les indiqué un régimen de alimentación de tres horas de intervalos durante sólo una semana y no durante meses. Ya con su cerebro maduro, no deben seguir malacostumbrando al bebé, pues si no aprende a dormir, terminará enfermándose del sistema nervioso...". El sentimiento de culpa de ambos padres ante el reproche del pediatra provocó entre la pareja una discusión acalorada y pública en el pasillo de la clínica, en la cual se insultaban y culpaban mutuamente.
Camino a la casa, el bebé dormía profunda y placenteramente en los brazos de su madre, recuperando sus baterías para su inocente batalla nocturna contra sus propios padres. Esa misma noche, Rafael se acostó a las nueve con una paz que hacía mucho no sentía al acostarse, pues el bebé todavía dormía desde que salieron a las cuatro de la tarde del consultorio del pediatra. Aunque el niño no se despertó en horas, el padre no tardó una hora en despertar agitado y con taquicardia, debido a los gritos del recién nacido que resonaban en su memoria acústica y a las imágenes fantasmales de manos agitando biberones. Durante semanas, el recuerdo de toda la rutina nocturna se había convertido en una presencia mental permanente. Sólo sentía la paz del silencio cuando abría los ojos y observaba a su mujer sentada, con su mirada a media asta, lánguida y lastimosa, orientada hacia la cuna. Era inútil dar más vueltas para conciliar el sueño, pues cuando le caía la pesadez de plomo en los párpados, y sentía el ardor de los ojos que le rogaban no abrirlos más, el alarido real del muchachito lo despertaba y lo hacía saltar de la cama como un resorte. La madre era retenida en su impulso de auxiliar al bebé, lo cual provocaba una lucha libre en la cama, primero silenciosa, pero que inevitablemente dejaba escapar pujos de forcejeo. Los gritos desgarradores del carajito terminaban reforzando aquella escandalosa discusión.
Transcurrió un eterno mes sin obtener resultados, de modo que una noche Rafael decidió escaparse a casa de su hermano. Esta huida tuvo consecuencias terribles: además de los llantos y los biberones en su memoria, ahora pesaba la conciencia. A las cinco de la madrugada decidió regresar a su casa. Su mujer lo esperaba con el muchachito en brazos, llorando, naturalmente, madre e hijo en un cuadro desesperante. La ofensa no se hizo esperar: "¿Por qué te fuiste, cobarde, flojo, cómodo, hipócrita, insensible..?". Mientras el marido respondía: "¿Vas a seguir malcriando a ese muchacho, mujer pendeja, inmadura, alcahueta, loca..?". A las seis de la mañana, terminó la discusión con una idea más clara: consultar a un psicólogo.
El psicólogo diagnosticó "insomnio del primer trimestre". Los alaridos descrito por Rafael convencieron al especialista de que debía descartar cólicos típicos del primer trimestre. Limitado por su especialidad y convencido de que no había nada grave, el psicólogo recomendó remedios caseros, como dos gotitas de valeriana en el biberón y agua de manzanilla, por si tenía cólicos, placebos dirigidos más a sus padres que al mismo bebé. El bebé hizo el mismo tipo de viaje desde el consultorio hasta su casa, dormido placenteramente en los brazos de su madre. Al anochecer del mismo día, le fueron suministrados los remedios en su biberón, y el bebé chupaba su remedio sin abrir los ojos, hasta que de nuevo, todos sus músculos se adormecieron y se desvaneció en el más profundo de los sueños. Desde entonces hasta las cuatro de la madrugada, los esposos estuvieron sin dormir. Iban al baño, a la cocina, daban vuelta sobre la cama, velaban la cuna. A las cinco, la madre encendió el televisor y luego la luz con la excusa de buscar un termómetro (por si acaso). Así comenzó la conversación en plena madrugada, mientras que el bebé dormía profundamente:
- ¿Tú crees que esas medicinas, esas drogas, le harán bien a ese niño?... ¿Y si se enferma? - comentaba susurrando la madre con voz temblorosa.
- Pero está durmiendo, y eso es lo importante; además, son remedios naturales y sin químicos. Nos son drogas - respondió Rafael llenándose de paciencia.
- Pero parece que estuviera como… muertito… - dijo tétricamente la señora, disminuyendo el volumen de las últimas sílabas de la palabra ¨muertito¨, asustada por su propio vaticinio.
Entonces, como sin querer (queriendo, por supuesto), la señora tropezó la cuna, pero el niño no se movía por el contundente efecto del remedio y el mismo cansancio acumulado de las noches de insomnio. Entonces, se le salieron a la madre dos enormes lágrimas, al ver casi verificada su pesimista hipótesis. Decidió tocarle el pié, luego la cabeza; no había signos de vida.
- Parece que está hecho popó... tengo que cambiarlo - dijo con voz temblorosa y trágica, buscando una excusa para salir de la terrible duda.
- A mí no me parece, por que no huele a nada - replicó el marido - De todos modos si así fuera, déjalo dormir y límpialo cuando se despierte.
- Lo voy a voltear...
Rafael la detuvo y ella se dejó sentar en la cama. Entonces en un descuido del marido, ella se levantó velozmente de la cama y volteó al bebé en forma violenta, sin dar tiempo a Rafael a detenerla. No despertaba, otras dos lágrimas. Rafael la empujó con rabia contra la cama, mientras la llamaba loca. Yacía en la cama llorando, mientras Rafael, observando el amanecer por la ventana, no precisamente con entusiasmo, decía improperios contra su mujer, de modo que ésta no escuchara. Pero en unos segundos más, el aterrador y trágico pensamiento de muerte hizo que la mujer se incorporara de nuevo, y una vez más frente a la cuna, tomó al niño por los hombros, y lo estremeció con desesperación. Con un grito espantoso y desgarrador de madre en luto, despertó al pobre inocente. Su entusiasmo se convirtió en histeria, por lo cual gritaba como una loca: "¡Estás vivo, mi amor, mi cielo, mi angelito!", mientras que las carcajadas de loca frenética se mezclaban con los sollozos y se apagaban con los rústicos besos sobre las esponjosas y húmedas mejillas del inocente que se ahogaba en un solo llanto interminable, debido a los fuertes estrujones, al pánico provocado por el violento despertar y a aquel ataque histérico de la madre.
La discusión no se hizo esperar:
- ¡Tú estás loca, mujer... tú eres la que necesita un psiquiatra!
- Y tú, ¡insensible monstruo!.. ¡No ves que el muchachito se ha podido morir con esa medicina tan fuerte!
La desesperación de Rafael era incontrolable. No le faltó el deseo de estrangular a la madre y tirar al muchacho contra la pared. Pero se vistió rápidamente, sin ducharse y se marchó. Llegó al trabajo a las seis de la mañana y el vigilante le dijo “Con que sobre tiempo no... ¡Siga preñando a la mujer y terminará trabajando veinticuatro horas, los siete días de la semana!”. Rafael no entendió ni una palabra. El sólo buscaba un lugar tranquilo donde dormir. Así que ni miró ni respondió al vigilante, y se fue al taller directamente. Cuando llegaron los trabajadores, lo consiguieron dormido en la silla, sentado en un sorprendente y perfecto equilibrio con el torno encendido en grave situación de peligro. Lo cargaron y lo llevaron a la enfermería. No despertaba. Fue trasladado al hospital más cercano. "Parece desvanecimiento, pero tiene un excelente pulso y respira bien", comentó el médico de guardia. No volvía en sí. El médico estaba muy extrañado, pues jamás había visto en una emergencia a un paciente con tales síntomas y al mismo tiempo con una sonrisa de profunda satisfacción. Decidió, entonces, suministrarle suero y dejarlo dormir, pues sus signos vitales eran completamente normales. Lo dejó hospitalizado y en observación de cuanto médico se enteró de aquel fenómeno. Llamaron a su esposa. Todos lloraban cuando entraron al hospital.
Pasó una semana durmiendo con el suero puesto y su sonrisa de ángel satisfecho, pues no lograron despertarlo. Sólo despertó por sus propios medios, tal vez cuando su "cura de sueño auto prescrita" lo hizo sentir mejor. Lo levantó el impulso incontenible de ver su muchachito. Pero antes de ir a verlo, pasó por la farmacia, y compró un chupete (chupón). Al llegar a su casa, cerca de las seis de la tarde, dio el chupete a su pequeño, y éste durmió sin interrupción hasta las seis de la mañana. La madre dormía sentada en la cama, mientras Roberto roncaba feliz. Al final, después de dos semanas más, la mujer aprendió a dormir acostada y sin interrupción, como todo un bebé disciplinado, tal vez por el cansancio, o quizás siguiendo el ejemplo de su propio hijo.
Dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos. Se trata sólo de la comprensión y aceptación de los procesos sencillos de la naturaleza humana. Tiene sentido que la ansiedad de un niño se calme con un chupón o con los dedos en la boca, pues eso vemos en los adultos cuando fuman, beben o comen en exceso. La boca es vital para el hombre. De ella dependen lo más humano como la palabra y lo más animal como la comida. Tal vez sea el más común de los sentidos, porque es el sentido más común del cotidiano vivir de toda criatura, y el hombre, aún con su espiritualidad, no escapa a ello.