José Guillermo Valbuena Yánez ©

 

 

 

 

Enemigo multicolor

A Valentín, Pedro y Sergio, amigos para siempre

           Ellos eran dos amigos de nueve años de edad. Dos vidas saturadas de las sensaciones más significativas y frescas de este planeta. El olor del pasto y la pradera florida eran transportados por el viento mientras ellos, sentados bajo el único árbol de la colina más alta, jugaban con animales atrapados: iguanas amarradas, pájaros con las plumas de sus alas cortadas, sapos encerrados en potes plásticos, y un armadillo domesticado que, como el perro más obediente,  los seguía a todas partes. El sabor de las frutas era insuperable, pues nunca estaban refrigeradas: lechosas, cambures, guanábanas, chirimoyas, tamarindos, mangos. Aquellos dos inocentes las tomaban directamente desde su planta o árbol, y sin utilizar más que sus dedos y sus dientes como utensilios, las disfrutaban, ahogándose de risa al ver el rostro del compañero embarrado y sentir el propio bañado con el oloroso jugo y cubierto por las suaves y frescas pulpas. Aquellas comilonas siempre terminaban en una guerra de frutas que los hacía llegar a sus casas acompañados de moscas y con olor a fermento. Ambos niños compartían tanto las táctiles sensaciones de la rugosidad de las ramas de sus árboles "privados", como de las caricias de la fresca brisa y la corriente de los riachuelos en sus rostros, manos y pies.

Dentro de las arboledas, refugio para el descanso del brillante sol, discutían sobre el canto de los pájaros: "es un azulejo", decía Roberto; "no", replicaba Francisco, "es un pitirrí..." “... cardenal o turpial...”, continuaban, hasta que el coro de pájaros los confundían. Los sonidos y los colores fugaces de los nerviosos pájaros; el color y la forma de las flores; la rareza de las plantas; el atardecer, la aurora y el arco iris; el pavo real, el paují, el gallito de las rocas y todas la variedad botánica y zoológica de los alrededores de aquel pueblo rural, fresco, alegre, amistoso y lleno de cuentos, historias, mitos y leyendas, hacían que aquellas mentes de Roberto y Francisco vivieran y soñaran permanentemente en un mundo lleno de colores, formas y movimientos.

          La amistad de estos niños era admirada por el pueblo entero. Preguntar por Roberto y hallarlo era encontrar a Francisco. Sus madres salían con una misma y única angustia a buscarlos por los mismos caminos y lugares sin necesidad de comunicarse. Iban siempre con paso firme y cronometrado y el mismo gruñir de madre disgustada: ¨¡Ya va a ver ese carajito… como que me quiere volver loca!, decía una. ¡Puro monte es lo que quieren los muérganos esos…  ni siquiera quieren estudiar!¨, decía la otra. Reñir con uno era reñir con los dos, y compartir con el uno era compartir con los dos. Las tareas y los exámenes se confundían, sus voces parecían la misma al contestar "presente" a la maestra, quien de vez en cuando se sentía burlada. Roberto apagaba las velas de la torta de cumpleaños de Francisco, y viceversa, de acuerdo a una promesa que un día se hicieron.

El papá de Francisco estuvo trabajando como albañil en la metrópolis, porque estaba "cansado de la bosta de vaca y de la paja". Su visión de la vida había cambiado progresivamente. Todos en el pueblo sentían que ya no era el mismo, pues su mirada cada vez era más fría y despectiva. Un día, regresó  con una expresión altiva, sintiéndose el salvador de aquel pueblo de ignorantes, pues estaba convencido de que lo que traía en sus manos ayudaría a todos a salir de las tinieblas. Se trataba de una caja muy perfecta y con un olor muy extraño: una mezcla de plástico, metal y cartón. Lo colocó en la mesa del comedor y miró a todos con la cabeza en alto y con una sonrisa aristocrática. ¨Este es el mejor instrumento para mejorar nuestro nivel cultural¨ dijo con arrogancia. Todo el mundo estaba atónito, en especial, Francisco quien a penas posó su mirada en el rostro de su padre, ausente por muchos meses. No dijo más que “la bendición, Taita”... “Debes decirme Papá, no Taita, hijo mío. Taita es una palabra pasada de moda... es un arcaísmo”, respondió el culturizado y urbanizado albañil.

Finalmente, ante el estupor y curiosidad de los presentes, se efectuó el rito: se extrajo aquel extraño artefacto con el mayor de los cuidados, y en el transcurrir del acto apoteósico, Francisco escuchaba las instrucciones y comentarios del padre lejanos como se escucha los rumores de las personas cuando se está somnoliento. Apartados los cartones, bolsa y animes de protección, quedó al descubierto aquella caja refulgente, con cuerpo de plástico y rostro de vidrio y con los ojos hacia los lados. Yacía sobre la mesa aquel televisor a colores, brillante, con aspecto propio de  un mundo extraño y lejano, con su olor rarefacto, profundamente desconocido y penetrante. Y todos contemplaban en silencio. El aparato fue encendido y se abrió el mundo apoteósico de personas y lugares nunca vistos… pasaron minutos y quedaron atónitos con los comerciales. Hasta que alguien rompió el silencio y comenzaron a hacer preguntas sobre este nuevo tótem, líder, último patriarca o quizás mesías, lleno de visiones futuristas y fantasiosas. Pero Francisco jamás hizo una pregunta. En realidad, desde que se encendió el aparato, su comunicación con los demás se sesgó y cayó en una especie de autismo inexplicable. 

El papá de  Francisco jamás calculó que aquella máquina de la cultura y el entretenimiento llegara a convertirse en poco tiempo en el peor de los enemigos de la salud mental de su hijo y el más maligno intruso que acabaría con la amistad entre Francisco y Roberto. Ahora, Francisco vivía frente al televisor. Roberto iba a buscarlo todos los días, pero aquél, en su autismo atípico, le respondía con la vista pegada a la pantalla: "están pasando...". Ningún programa se podía perder. Todos eran interesantes y cautivantes para aquellos espíritus tan vulnerables. Ambos se sentaban a tragar imágenes y sonidos sin ningún control, a pesar de que la pésima recepción propia de aquel lugar recóndito les permitía ver un solo canal.

Un día Roberto le comentó a Francisco: "¿Te has dado cuenta de que hemos pasado más de tres meses sin hablar, de que no hemos ido más al río ni a la colina, y que todas las mascotas se murieron de hambre y sed?... Es mejor que dejemos de ver televisión". Pero Francisco no le escuchaba, seguía embebido en la pantalla, como hipnotizado, lejano, atrapado. Roberto insistió varias veces sin obtener respuestas, hasta que se vio obligado a estrujar por los hombros a Francisco, quien reaccionó con ira y le golpeó la cara diciendo con voz metálica de robot: “No queremos intrusos en nuestra nave”. La angustia petrificó a Roberto, mientras Francisco regresaba automatizado a la misma posición de yoga frente al televisor, como si no hubiera golpeado a nadie.

          Francisco se obsesionó de tal modo que se le olvidaron todos los sonidos de los pájaros, el camino a la colina, al río, su árbol privado y en su lugar quedaron grabados nombres de personajes de televisión, los temas musicales de los programas, los movimientos malabaristas de los héroes, sus voces… Un día, horrorizada, la maestra envió a uno de sus estudiantes a buscar a la madre del obsesivo televidente. Las lágrimas de la madre rodaron inevitablemente por sus mejillas al ver a su pobre hijo con una toalla a modo de capa alrededor del cuello, la ropa interior por encima de los pantalones y una consistente rama a manera de espada sujetada con la correa.  Estaba parado sobre el escritorio de la maestra en la misma posición de un súper héroe, asiendo la deforme espada con la mano derecha, mientras su izquierda fingía sujetar una vaina que no existía. Miraba con altivez a sus compañeros ahogados de risa al ver a aquel payaso con precario atuendo de héroe.

- El problema de su hijo Francisco, Doña – le dijo la maestra con una mezcla de lástima y rabia por la paciencia colmada –, es que no sólo me hace esto con frecuencia, sino que responde a las preguntas de historia, literatura o ciencias naturales con nombres de personajes de televisión, frases de tiras cómicas, eslóganes publicitarios, mientras sus compañeros se ríen y se alteran, perdiendo la concentración completamente. Yo necesito dar clases y sus compañeros necesitan aprender. En este pueblo sólo hay tres televisores, el del jefe civil, el mío y ya me enteré que uno lo tienen ustedes. No han sabido controlar el tiempo de Francisco frente al televisor. Es una pena que haya caído en semejante estado de confusión. Le recomiendo que se lo lleve junto con sus documentos, y busque ayuda en un centro especializado. Ni la escuela ni yo podemos hacer nada".

Francisco no se inmutaba. En realidad, su raro autismo le hacía escuchar las voces de los demás lejanas y carentes de significado, de modo que mantuvo la postura hasta que gritó “¡A luchar por la justicia!”, hizo el gesto de desenvainar la espada y saltó  desde el escritorio hacia el centro del salón. Cayó sobre sus compañeros, a quienes arremetió con su primitiva arma en forma muy teatral, pero muy contundente. Produjo hematomas, fracturas, partiduras y sobre todo gritos de desespero y un gran desorden en toda la escuela. Finalmente, los maestros lograron controlar aquel niño con fuerza de desquiciado, porque lo que si tiene un desquiciado es una enorme fuerza que casi siempre está desproporcionada a su tamaño y contextura, máxime si se trata de uno que se cree un súper héroe.

La espera de las autoridades fue un momento muy largo para unos y corto para otros; gracioso para unos y trágico para otros. Pero definitivamente, era triste para su madre, quien en sus caricias no podía evitar tocar también las amarras  que los maestros colocaron a su pobre hijo. “No te angusties madre, mis compañeros súper héroes vendrán a rescatarme”. El hecho de que la reconociera la hizo recobrar la esperanza, y entonces rogó llorando arrodillada que se lo dejaran llevar a su casa, que ella sabía que lo podía recuperar. Pero el director ni los docentes aceptaron. “¡Es que usted no comprende que usted misma puede ser su víctima, Doñita!”, alegó la maestra. “Además, produjo daños físicos y psicológicos a sus compañeros, por lo cual se convierte en una verdadera amenaza pública para este pueblo”, terminó de argumentar el director de la escuela.

Cuando llegó la ambulancia, hubo un silencio que produjo en todos un gran vacío de pensamiento. Nadie imaginaba por qué una cosa así pudo haberle sucedido a un niño tan sano. Entonces, mientras le colocaban la camisa de fuerza, Francisco gritaba con altivez y convicción: “¡El mal jamás vencerá... no se saldrán con la suya, malditos alienígenas. ¡A luchar por la justicia!”. Finalmente, se cerraron las puertas traseras de la ambulancia ahogando los gritos del súper héroe para llevárselo al hospital psiquiátrico de la ciudad.

          Por su parte, Roberto, según se cuenta, se internó en la arboleda sin querer hablar con nadie. Definitivamente, otro estilo original de autismo. La madre, llorando desde abajo, le rogaba que bajara del árbol para que comiera. Roberto no le respondía; sólo escuchaba pájaros y decía: "chirita… turpial... cardenalito...". Otra tristeza más. Su madre, resignada, decidió dejarle el plato de comida al pie del árbol, mientras se retiraba llorando y pensando: "prefiero que se quede en ese árbol a que se lo lleven al hospital como hicieron con el pobre Francisco. No quiero para mi hijo medicamentos ni curas de sueño". Al final, su padre le hizo una casa sobre el árbol.

        Siempre la idolatría se renueva. La dimensión primitiva de nuestro inconsciente siempre necesitará de un dios. Puesto en una cruz; tallado en el más humilde madero o esculpido en el más fino mármol; pintado en un cuadro con exquisitos colores o en blanco y negro; sentado en una silla presidencial o vestido de revolucionario; o tal vez electrónico y lleno de movimiento y diversión, como el dios de Francisco y de muchos nosotros; un dios que se encarga de tullir las articulaciones de nuestra imaginación y que devora nuestra psiquis como los sangrientos dioses de culturas ancestrales. Una cosa por la otra. Una buena cosecha a cambio de unos cuantos sangrientos sacrificios era el trueque en culturas antiguas. Una buena información actualizada a cambio de unas cuantas conciencias compradas, alienadas y enajenadas es el negocio típico en nuestra cultura global. Pero si el hombre campesino nos parece atrapados por su aislamiento cultural y geográfico, las ciudades por su parte están llenas de niños y hombres autistas atrapados en sus habitaciones u oficinas, repletas de dispositivos electrónicos; seres cuyas almas desconectadas de la realidad gravitan náufragas y solitarias en el ciberespacio.

 

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