José Guillermo Valbuena Yánez ©

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Filosofando

A Arturito José Valbuena, charrito universal

        El último músico que ingresó al Mariachi Fiesta Grande fue un mexicano mero macho, de mirada misteriosa, camuflada por unos gruesos espejuelos. Se dejó crecer la cabellera desordenada para lograr el aspecto de músico loco, pero en realidad su disfraz escondía a un sacerdote que decidió sobrevivir con la música, después de haber sido expulsado de su congregación religiosa. Él se lo buscó. Después de haber enseñando canto gregoriano, teología y filosofía por más de 26 años; después de tantos años mordiéndose los nudillos de los puños para no estrangular a algún adolescente maricón de los que el destino cruzó en su camino como discípulo en las aulas de los seminarios, fue expulsado por delatar pública y escandalosamente a seminaristas, curas y autoridades eclesiásticas pervertidos sexuales, aunque en su expediente quedara asentado como causa de expulsión el pecado mortal de pretender descubrir a Dios a través de la filosofía.

Cuando abandonó los hábitos religiosos, no imaginó la nueva vida que llevaría, diametralmente opuesta a la abstinencia. Después de charrear durante toda la noche, los charritos iban a los gogó a tomar cerveza; a colgar billetes de un dólar en las tangas de mujeres sinvergüenzas y a intimar con cuerpos desconocidos y almas anónimas, gastando hasta el último centavo que habían ganado haciendo música. Tampoco creyó que en su nueva vida profesional de artista pudiera encontrar un verdadero caldo de cultivo filosófico, pues se sorprendió cómo los charritos comenzaban discusiones con la verdadera vocación desprejuiciada del inquisidor inocente y natural que motoriza el desarrollo de la filosofía. Se vendió ante sus nuevos colegas como un ex profesor de música y filosofía y no como sacerdote. Sus compañeros comentaban con disimulado asombro cómo podía ser charro, pues decir charro para la mayoría de las personas era decir maleducado, mala conducta y rudo.

Los charritos no fueron maleducados con el Teacher, como lo apodaron. Tratando de distraerse algunos, otros tratando de probar si de verdad se trataba de una persona con conocimiento, comenzaron a preguntarle, cada vez con más intención, para cerciorarse de que al menos fuera un profesor. Con inteligente cautela y mucho tacto, propia de la habilidad de un músico, comenzaron a preguntarle sobre Cristo, María Magdalena y el Evangelio de Judas; la guerra del Medio Oriente, los atentados terroristas, los problemas políticos en América Latina, el comunismo de ayer y de hoy, el caudillismo, la sexualidad… la homosexualidad… la prostitución… las drogas… la locura … el crimen… Ellos sabían que si era un verdadero filósofo, el Teacher no se podía resistir a ninguna de estas discusiones.

Comenzaron inconclusas conferencias itinerantes en la camioneta del jefecito que atravesaba de sur a norte y de este a oeste el entero Condado Dade y el sur de la Florida. Rodando rauda por sus extraordinarias autopistas, el Palomo Blanco de 190 caballos de fuerza trasladaba  aquellas confererencias de filosofía, dignos de debatir en radio o televisión, o de ser resumidos como artículos en revistas especializadas. Después de discutir temas sin censura, uno de los charros que no controló el impulso de esculcar lo que verdaderamente se escondía en aquella misteriosa alma encubierta por aquellos anteojos que parecían lupas renacentistas, se atrevió a proponer un tema verdaderamente inescrupuloso.

- Teacher, ¿usted cree que la Virgen fue virgen de verdad? … Porque yo no creo en el cuento de que parió siendo virgen… Como buen mexicano y charro, yo creo en la Guadalupe; y le pido mil perdones a mi virgencita, pero yo no entiendo como puede ser que una mujer salga preñada sin que se la chinguen…

- ¡Si usted es un católico de verdad, - respondió el Teacher con carácter de cura regañón - tiene que respetar los misterios de la tradición y no hacerse estas preguntas blasfemas contra su Patrona, la Virgen!

El Charrito preguntón y curioso se sintió un miserable, un pecador, un niño mal catequizado que merecía ser excomulgado, y pensó que la comunicación con el Teacher estaría cerrada para siempre. Sintió que había irrespetado, además de su Patroncita La Guadalupe, a un académico cuarentón rancio y chapado a la antigua con pensamientos dogmáticos inquebrantables. De alguna manera, se sintió también culpable, porque creyó haber arruinado un entretenimiento colectivo verdaderamente original, por demás gratuito, que les ayudaba a soportar el tedio en los largos recorridos entre un compromiso y otro. Pero el Teacher, luego de un silencio inexpresivo, continuó con la intención de darle una verdadera lección de filosofía a través del método socrático.

- De todos modos – prosiguió el académico, esta vez muy calmado-, Dios dio libre albedrío y el poder de la duda a sus criaturas humanas, un privilegio que ni los ángeles tienen, pues están creados sólo para pensar y hacer el bien. Por eso, su pregunta de usted es connatural con su propia condición de criatura humana, aun cuando el tono en que la hace es irrespetuoso e irreverente… Si usted quiere que le tome en cuenta esta pregunta, tiene que dejar de ser, por el momento, católico, devoto de la Guadalupe o de cualquier virgen y enfrentar el problema y sus posibles respuestas en un campo lógico y racional. Si así lo decide desde este momento de nuestra discusión, encontrará que en este plano lógico, nada es seguro, como al contrario en la religión, donde todo fundamento del pensamiento y la afectividad religiosa se ampara en una ciega creencia en una divinidad o un ser que ontológicamente está por encima del creyente… Quiero que sepa también que en el plano religioso, si usted decide abandonar momentáneamente la fe cristiana, comete un pecado capital contra Dios, si es que su fe es verdaderamente cristiana, católica, apostólica y romana, por lo cual se está ganando el infierno. Usted sabe que la condición de la verdadera y pura fe es el abandono de la intención de comprender a Dios con la razón.

- ¡Bueno, – dijo el charrito – no entendí la primera parte, pero lo del pecado sí. Pos´, como llevo tantos pecados en la bolsa, una blasfemia menos no creo que me salve del infierno! Así que si usted tiene alguna respuesta a mi pregunta, aviéntela pa´ juera, mi cuate….

- ¡Entonces, prosigamos! – continuó el Teacher mostrando un entusiasmo por las posibles sorpresas que depararía la conversación - Antes de darle una respuesta, quisiera que me respondiera usted a mí primero: ¿Cómo sabe Usted que la Virgen, Cristo y todos los Apóstoles existieron? Si usted me responde esto, yo le conseguiré alguna respuesta a su duda sobre la Virgen.

- Bueno, lo dice la Biblia… que es palabra de Dios… indudable… así me decía en el catecismo la monja del convento donde me recogieron cuando apenas era un cabroncito de cinco años.

- Pero la Biblia también dice que María concibió siendo virgen y usted lo duda. Debería creer en todo lo que dice la Biblia, sin excepción.

- ¡Ahora si me chingó el Teacher!

- Usted mismo se chingó mi cuate – habló el Teacher en tono aún académico, a pesar de la palabrota.

Siempre había un silencio que parecía la oportunidad para procesar cada discusión. Entre tanto, Palomo Blanco continuaba la ruta hacia el próximo festejo. Los músicos parecían olvidar las discusiones cuando llegaban a animar la siguiente fiesta. Tocaban con maestría musical y una extraordinaria alegría y espontaneidad que les hacía merecer el título de Fiesta Grande… Con excelente sentido musical, buen gusto universal en el repertorio, una coreografía muy bien sincronizada y unas extraordinarias sonrisas que brillaban, aun cuando sus bocas parecían ocupadas por el canto, aquellos cinco músicos sonaban como diez. Terminado el show, guardaban en sus estuches sus ametralladoras de la alegría, y se embarcaban de nuevo en el convoy del entretenimiento.

          El Teacher veía y escuchaba cosas que merecían una larga discusión, pero hacía silencio al ver que podían provocar resquemor en las conciencias y  convicciones de sus nuevos colegas de la música. Prefería mantener la armonía del grupo y no someter todo a análisis racional o moral. ¿Qué podía decir ante frases espontáneas, pronunciadas en el relax de los viajes, entre fiesta y fiesta?: ¨Usted es mi cuate, hijo de puta, pero deberían botarlo del grupo por irrespetuoso e insolente, por que el jefecito puede no saber ni mierda de música, pero merece respeto por que es el de la lana, ¿verdad mi jefecito?¨… ¨Aprovechando que ya lo botó, mi jefecito, quiero que no se preocupe, porque yo no hablo a espaldas de nadie como el chinga’o de Julito, que habla mal de todo el mundo cuando no están presentes…”. “Mírele el culo a esa vieja que va con el hombre de saco negro… provoca embestirle, pero hay que respetar a la mujer del prójimo, ¿no?¨. ¿Qué podía decir el Teacher ante las conversaciones telefónicas que sus colegas charritos mantenían con sus familiares en México?: ¨Te gustaron los zapaticos que te mandé en tu cumpleaños, mi niña linda? Tú eres mi tesoro, mi beba, así que cuídate la cucaracha porque si te portas mal te la voy a quemar con un tizón cuando regrese al país… ¡Usted tiene que ser una mujer decente como su abuela y su madre que no más conocieron a un solo macho y un solo güevo!¨... ¨Cuando reúna unos cuantos dólares, me regreso pa mi pueblo, alquilo una troca de doble tracción y me guindo una cadenota de oro y me chingo todos los culos que pueda, a la nona, a la hija y a la nieta en una misma familia... y así sigo de familia en familia por todo el pueblo, hasta que todos los del pueblo sean mis parientes¨

          Las discusiones se extendían y se interrumpían según las distancias de una fiesta a otra…. Y se retomaban con la misma emoción con que se interrumpían… los tragos hacían más desprejuiciadas y candentes las dudas y las discusiones: ¨¿Qué pasó con Judas, era aun traidor o un revolucionario?... ¿Quién era María Magdalena, una puta o la esposa de Jesucristo?... ¿Leonardo Da Vinci, era puñal o no?...

          Entonces le llegó al Teacher la hora de su lección. Su mejor experiencia existencial fue nada más y nada menos que un 24 de diciembre. En contraste con las navidades de toda su vida con la familia y luego bajo la santa protección de la Iglesia Católica, el Mariachi Fiesta Grande le hizo pasar la navidad dando una serenata en una ¨traila¨, una zona miserable del noroeste de Miami donde los más desposeídos material y espiritualmente, infiltrados o malparidos en USA, instalan sus casas rodantes tal cual gitanos. Los músicos no querían bajarse de Palomo Balnco, porque al llegar a la calle donde se haría el show, apenas se estaba disipando una pelea entre gangas, y todavía retumbaban las amenazas y ofensas en aquella atmósfera decembrina rarefacta por el odio entre las patotas. Quien pagaba el show regresaba a paso endemoniado, mientras pronunciaba sus ultimatos de muerte con un puñal en la mano. El entero mariachi y Palomo Blanco estaban atrapados entre la muchedumbre curiosa y la oscuridad estrecha de los callejones que parecían tragarse a las personas, dejándolas en una miseria material eterna y en una pobreza espiritual sin remedio. Impotentes ante los hechos, los charritos veían venir al hombre con el puñal en la mano y los ojos enrojecidos por el efecto del alcohol, la droga y el odio por sus adversarios gangueros. Los charritos no tenían otra opción que dejar que el destino marcara el final de aquella tragicomedia de película mexicana. De modo que paralizados, pero con sus instrumentos de paz, esta vez asidos como armas de defensa, esperaron la llegada del hombre del puñal. Además, estaban convencidos de que si intentaban escapar, seguramente que la muchedumbre excitada por el alcohol y las drogas, apedrearían la camioneta y finalmente nos les permitirían retirarse. El hombre trataba de ver dentro de la camioneta a través de sus vidrios ahumados. Entonces, con la cacha del puñal, golpeó el vidrio, ordenando que lo bajaran, y dijo: ¨Bajen nomás, cabrones, que estamos en navidad y hay que festejar…¡que suene el pinche mariachi!¨.

          Bajaron con cautela, sintiendo la necesidad de tener ojos por todas partes del cuerpo para vigilar cualquier agresión. Comenzaron a cantar un poco desajustados por el temblor de la voz y de las manos. Los charritos no le quitaban la vista a al camioneta donde habían dejado sus billeteras. El anfitrión de la fiesta callejera fue observador y asertivo y les dijo: “no sean puñales… ustedes son putos o qué... canten tranquilos, que el que se meta con la troca del mariachi lo destripo, nomás!”

          En plena faena musical, saltó un personaje con un encéfalo superdotado de cocaína a bailar cual mono por toda la callejuela. Rondaba al mariachi como si fuera un torete de circo; o tal vez un piache del Amazonas haciendo despojos o brujerías; o quizás un alma en pena o un espíritu burlón tratando de vengarse del mundo por la perra vida que le hicieron pasar. Su cadavérico rostro oscurecido por largos cabellos de jipi anacrónico apenas dejaba salir sus pómulos, mientras se le hundía los ojos, dejándolo sin alma que mostrar a los demás. De aquella personalidad oscurecida por una historia personal seguramente atroz, salían gritos y gruñidos en vez de cantos, como si su historia personal le hubiera hecho involucionar a un estadio anterior al homo sapiens. Mientras desplegaba su gracia de homínido ancestral, los otros hijos de la borrachera y la droga lo mandaban a callar, lo empujaban y lo lanzaban al suelo como a un trapo. En verdad era un trapo que cubría una inexistencia lograda a fuerza de estupefacientes y alcohol. El superdotado no se amilanaba y se levantaba de nuevo como un Lázaro, gracias al milagro de la droga… finalmente, se puso un sombrero de charro que duplicó el arte escénica de su selvática función. Uno de los músicos murmuró con una mezcla de asombro, miedo y desprecio: ¨Parece un mono de alambre¨.

          El dueño de la fiesta, que parecía ser el dueño de la entera traila, pidió otra tanda de canciones, y luego otra y otra y no pagaba. Nadie se atrevía a cobrar ni a parar la música, hasta que finalmente regresaron los gangueros a tomar venganza con palos y cuchillos… El hombre del puñal se enfrentó a la ganga, pero sacó una inesperada pistola de su cintura y arremetió contra la ganga que se regresaba refunfuñando por el ventajismo de aquel hombre imbatible. Todos despavoridos corrían como cucarachas fumigadas hacia cualquier lado, porque daba igual para donde correr. Los únicos que sabían hacia donde correr eran los charritos, excepto el Teacher paralizado por el pánico. Uno de los músicos lo tomó por el brazo y le dijo: ¨Teacher, no filosofe más, que esta vaina no tiene ni pie ni cabeza; corra por su vida!¨. Todos corrieron a la camioneta, y el jefecito encendió el motor, pero no podía dejar de cobrar… es un punto de honor de todo charrito. Mientras subía el humo de la pólvora como si se tratara de simples e inofensivos juegos pirotécnicos de navidad, el jefecito acercó la camioneta para cobrar… y le cobró… Sorprendentemente, el hombre pidió perdón por el inconveniente y la mala educación de los cabrones vecinos, y sacó la paca de billetes mientras decía:

- ¡Mil perdones, mil perdones, mil perdones!.. En esta traila sólo hay cabrones  mal educados. No puede ser que uno no pueda disfrutar de la navidad y de la música por unos pendejos bueyes rencorosos. Están encabronados porque no les dejo vender la coca en mi zona. Oiga mi cuate - se dirigió al jefecito a través de la ventanilla  -, lo voy a llamar para la próxima semana para el aniversario de mi esposa y el cumpleaños de mi otra mujer. Usted sabe como son las mujeres de exigentes, pero vamos a ver si las dos aceptan una sola fiesta para ahorrarme los gasto y el mariachi. A veces las viejas no son justas con uno… así como las mantengo a las dos, deberían entender que tengo que ahorrar.

- No hay problema, llámeme nomás - respondió el jefecito.

          Salieron temblando, incluyendo a Palomo Blanco, tal vez por el temblor de los músicos. Se fueron a cumplir con otro compromiso en Coral Gable, una de las zonas más exclusiva de Miami. Estaba sólo a quince minutos de la traila. Se trataba de otro mundo. Ni un sub mundo ni un supra mundo. Simplemente un mundo paralelo. Era la fiesta de navidad de una estrella de cine multimillonaria que invitaba todos los años a sus familiares, amigos, aduladores, ventajistas, empleados más allegados y al Mariachi Fiesta Grande. Cuando se bajaron de la camioneta, un impulso llevó a algunos a orinar en la calle y a otros a vomitar entre las jardineras del frente de la mansión su repudio a aquella navidad. Hasta el profe lo hizo, casi convencido por el mono de alambre de que los patrones de comportamiento no tenían sentido. El sombrero que utilizó el homínido bailarín superdotado por la droga fue identificado y apartado como el sombrero de los piojos. El jefecito tuvo que aceptarlo, pero no se lo colocó porque tenía un olor espantoso y seguramente una carga descomunal de piojos, pulgas, ladillas y garrapatas. Liderados por el jefe, cuyo sombrero colgaba de su brazo izquierdo, entraron tacando un tema navideño. La estrella de cine superdotada por el escocés y quizá por cuál otro producto estupefaciente que no falta en las fiestas de los célebres, se llenó de emoción, y su glamur se agigantó al ver aquellos elegantes trajes negros, aquellos deslumbrantes instrumentos y aquellos pintorescos sombreros. El jefecito le correspondió a su emotivo recibimiento coronándola de nuevo, pero esta vez como la reina de los piojos, al clavarle aquel sombrero piojoso en la cresta bien peinada de la reina anfitriona. Entonces, sin saberlo, se convirtió en la consorte del homínido de alambre, porque en su beodo divertirse con el mariachi, compartía la misma felicidad que su anónima pareja, bailoteando con el sombreo de mariachi.

          En la segunda tanda musical, la reina continuaba bailando, aunque ya en forma grotesca, porque la comenzaron a atormentar los piojos, las pulgas, las ladillas y las garrapatas importadas de la traila a través del sombrero. A pesar de ello, no se lo quería quitar,  porque en su embriaguez no atinaba a reconocer el sombrero como causa de su desquiciado prurito. Finalmente, no resistió la comezón, y lo lanzó al piso. Bailaba frenética alrededor del sombrero, pues su cabeza estaba atormentada y confundida, por dentro con el alcohol y la droga, y por fuera por la piquiña de los piojos. Entonces, fue sorprendente como el estilo de baile era idéntico al del mono de alambre. Un ir y venir de un lado a otro, rondando al mariachi, preocupó a los invitados. Un adulador de su alteza la piojosa tomó el sombrero que yacía en el piso, y para congraciarse con la desquiciada bailarina, cual Napoleón, se auto coronó con orgullo. A los pocos segundos, comenzó a imitar su desastrosa coreografía por el efecto de los parásitos. Unos minutos más, y el síndrome del mono de alambre se había apoderado de una tercera víctima. Fue una endemia que se convirtió en epidemia en pocos minutos, porque el jefecito quien entendió lo que pasaba con el sombrero, se lo quitó al adulador y se lo puso a otro y luego a otro hasta que esparció el virus homínido entre aquellos cabellos cuidados en los más caros salones de bellezas de Miami. Los charros, al principio, se divertían, pero cuando se hizo verdaderamente masivo el síndrome del mono de alambre, comenzaron a alucinar viendo monos de alambre por todas partes. Era una neurosis colectiva que contagió también al mariachi.

          Luego de unos segundos de reflexión, los charros desquiciados comenzaron a reír a carcajadas. Los invitados se rascaban la cabeza y se despelucaban y despeinaban, tirando por la borda el glamur, la educación y el pudor…. Las ladillas bajaron rápidamente buscado su hábitat natural, y la piquiña los hizo desnudar… Corrían en cueros como locos por todo el patio y terminaron lanzándose en la piscina. El esposo de la anfitriona, quien observaba desde el balcón de su estudio aquel descarado campo nudista en una fiesta que conmemoraba el nacimiento del Niño Dios, comenzó a indignarse y ciego de rabia, mandó a callar al mariachi con un grito que se filtró por las alboredas y se dejó escuchar en todo Coral Gable. Lloró al ver el desorden de los veladores por el piso, la platería, las copas, la comida y las bebidas regadas por el patio, y lo peor, a su esposa desnuda con todos los invitados igualmente desnudos en la piscina, bailando grotescamente, pues todavía trataban de despojarse de los piojos, ladillas, pulgas  y garrapatas. Los gemidos colectivos  fueron confundidos con orgasmos, y entonces el marido, avergonzado e indignado por aquella infidelidad pública y descarada, desapareció del balcón y reapareció en el patio con una pistola en la mano. Hizo un disparo al cielo para poner orden y hacerse sentir.

          Hubo un silencio, y los parásitos continuaron su trabajo sin dificultad, pues  nadie movía un solo músculo de sus desnudos cuerpos, debido el miedo ante la amenaza de muerte del pistolero emergente. Los charros se asustaron, pero no podían escapar, pues tenían miedo de provocar más ira en el desquiciado armado. El hombre preguntó:

- ¿Qué pasa, carajo; qué tomaron; qué fumaron; que inhalaron, ñooo?

- ¡Es el sombrero… es mágico! - dijo el Teacher, irónico y embriagado de estupor por semejante experiencia.

- No me jodas - se acercó batiendo la pistola frente al mariachi - ¡Se van pa´ la pinga ya, mojados de mierda... vayan a buscar al coyote que los trajo, que les devuelva la plata, y que los atraviese de nuevo a México, de donde no debieron salir nunca, o yo mismo los mando a deportar, hijos de su puta madre!- ordenó.

          El jefecito se acercó al sombrero para recogerlo, pero el dueño de la casa le puso un pie encima y el jefecito entendió que había que dejar perder otro sombrero más. Esta vez, no valía la pena recuperarlo por la infección de piojos que tenía. Pistola en mano y sintiéndose dueño del circo, el dueño de la casa quiso transmutarse en pistolero despiadado para vengarse de su mujer y de sus traidores amigos, y se clavó el sombrero en la cabeza con la violencia de un pistolero que va a participar en un duelo a muerte. ¨¡Sapingos todos… y tú, puta que eres, ñooo! - se dirigió a su mujer - De que te te sirvió haber salido de Cuba. Ahora eres una puta barata sin vergüenza. Con todo lo que pagué pa´ sacarte de aquel burdel, traerte en lancha, hacerte los papeles y después hacerte artista… ¿Artista?... no me jodas…  ¡Jinetera profesional es lo que tú eres!¨ Mientras ofendía, los parásitos le intervinieron el sistema nervioso ya enloquecido y desquiciado por la rabia. Entonces, la piquiña le hizo apretar el gatillo descontroladamente. Mandó al infierno a unos cuantos dentro y fuera de la piscina y luego embriagado de rabia, dolor y picazón, se pegó un tiro en la cabeza. Los charritos corrieron despavoridos, y se montaron en el Palomo Blanco, esta vez sin cobrar, y el jefecito aceleró tanto como pudo. Seguían hacia la suroeste, mientras escuchaban los pirotécnicos que habían sonado permanentemente durante toda la noche y que esta vez escuchaban como disparos. A cada pirotécnico que escuchaban, la imagen del suicida, la piscina ensangrentada y los cuerpos flotando se reproducían en las mentes de los charritos.

          Cuando salieron del peligro y del estupor, no faltó la pregunta: ¨¿Usted que cree Teacher, de todo esto?¨ El Teacher hizo un silencio, se sumió en un profundo proceso reflexivo, y simplemente respondió: ¨Yo creo que estas personas eran unos muertos de hambre que no me pagaron mis cuarenta dólares… son más decentes los de la traila. Aquellos pagaron y no hubo muertos. En cambio, estos monos de alambre fueron unos inmorales que terminaron desnudos en una piscina de sangre… Jefecito, lo único que me siente es el hueco que le hizo el suicida a su sombrero... Aunque esto no está escrito en ningún libro de filosofía, lo dice el pueblo que siempre tiene razón: todos tenemos sangre para los piojos…

          ¨Ahora si se jodió el Teacher¨, concluyó uno de los charritos.