La delgada y diminuta hoja de la valentía

A mis primos Yánez Paz

    Arnaldo no quería ni podía dejar de pensar en Marlene. Ambos vivían a una distancia de siete cuadras, en un barrio muy peligroso llamado Cooperación Comunal y apodado Cooperación Criminal, de los últimos fundados sobre la miseria dejada por la depredación de la patria cada vez más aguda. Arnaldo tenía diecisiete años. Era buena persona, “zanahoria”, como le decían en el barrio al referirse a su salud espiritual. No agredía a nadie. Era gentil y buen estudiante. Soñaba con ser cirujano. Sólo necesitaba una oportunidad para probarlo, pues tenía  en su contra una contextura física muy endeble por su raquitismo y su baja estatura de pasmado por el hambre vieja, pero que contrastaba con un orgullo y soberbia que parecía reventarle aquel tórax tan seco. Por eso era muy diplomático, no se metía en riñas, las evadía con astucia y hacía buenos amigos para no tener que medir su escasa fuerza física y dejarse lesionar el amor propio. Su mejor herramienta para ganar amigos era la guitarra y las muchas canciones de moda que conocía, aunque aquel pecho tan flaco pudiera proyectar apenas una voz que llegaba al pequeño círculo de jóvenes románticos que en ocasiones amanecía con una botella de ron.

Marlene era la bella del barrio. No estudiaba, porque sentía que había nacido para ser ama de casa, esposa y madre. Era dulce, amable y cuidadosa en todos los detalles. Pero al ver aquel monumento de mujer, nadie podía creer que las únicas aspiraciones de su vida fuera desperdiciarse entre oficios del hogar, acostarse con aquel esqueleto y salir preñada. Tenía rostro moreno de piel limpísima; ojos negros penetrantes y vivos bajo una cejas naturales que parecían dibujadas; labios de un rojo natural que opacaba cualquier lápiz labial. Dios la trajo al mundo ya maquillada. Sus cabellos de india derramaban su sedoso brillo sobre sus hombros; maravillosos senos, duros y colocados en el justo sitio. Hermosas piernas largas y atléticas y unas caderas de gitana española combinada con unos rígidos y redondos glúteos de negra mandinga. Parecía el producto de un proyecto de ingeniería genética. Si Arnaldo no tuvo la suerte de ser bien dotado físicamente, Marlene constituía una oportunidad para mejorar su descendencia. Si Marlene no tuvo la suerte de ser dotada intelectualmente, Arnaldo constituía una oportunidad para sus futuros hijos. La suerte de ambos era irrepetible.

Ella se le declaró a Arnaldo, y él pensaba que era una burla. Un día, el muchacho se sorprendió cuando, caminando por la calle, ella le tomó la mano justo cuando pasaba por una multitud. Él la miró con semblante de acertijo y ella sólo le dijo: “este barrio debería estar orgulloso de que tú vivas aquí”. No lo podía creer, pero Marlene se encargó de convencerlo de que era puro amor de mujer ofreciéndole las caricias más sensuales y eróticas. Sus amigas la criticaban por su gusto extraño, pero ella tenía su explicación de peso: “No es el más bello ni el más fuerte, pero es el más persona, el más hombre de todos... Los demás, incluidos mis hermanos, son sólo patanes sin futuro. Él, en cambio, comenzará el año próximo a estudiar medicina en la universidad. Será un gran doctor”. Sus amigas suspiraban burlonamente, pero a ella le era indiferente. Por su parte, los amigos de él le advertían de una segura desilusión. Él respondió una vez a sus advertencias: “Por ella valdría la pena morir llorando”

Lamentablemente, la muchacha tenía un pretendiente, por supuesto patán y delincuente, el más fornido y bien parecido de todos los varones del barrio. Se trataba de Darwin, un gorila rubio de mirada violenta y verbo irreverente, vulgar y mordaz. Era jefe de la pandilla a la cual pertenecía Lewis, el hermano mayor de Marlene; una pandilla que tenía en su haber además de robos, asesinatos, violaciones colectivas y secuestros de niños. Cuando por razones fortuitas se acercaban Darwin y Marlene, se les veía como a dos padrotes de la belleza física de cuyo cruce racial se podría obtener un perfecto prototipo genético para el modelaje o el deporte.

Al enterarse del amorío de Marlene con Arnaldo, el pretendiente y su casi cuñado se dieron a la tarea de montarle cacería al pobre flaco, el único futuro bachiller de la República en muchos años y en una extensa porción de la geografía de aquel atormentado y tormentoso barrio. Lo acecharon primero sin decir palabra. Lo acorralaron y sólo lo pusieron entre una punzo penetrante mirada de odio y la pared. En la segunda cacería, además de la mirada, se agudizó el tratamiento con un fuerte empujón y una zarandeada por la pechera. Arnaldo sólo llevó sus puños a sus bolsillos, y alzó la cabeza con orgullo inútil. Entonces, los rufianes decidieron decirle el porqué: “¡Si te vuelvo a ver hablando, o aunque sea mirando a Marlene, te aplasto como a una palomita, pedazo de esqueleto!”, decía Darwin, mientras lo alzaba por la camisa y nivelaba su rostro con el de Arnaldo. El flaco sólo tembló y guardo su miedo, su rabia y sus palabras, consciente de que colgaba como una presa atrapada. Era inútil tratar de buscar el piso con los pies. Cuando lo soltaron, bajó la cabeza y apretó sus puños dentro de los bolsillos como muchacho regañado. Su inteligencia le hizo entender que los malditos eran muy fuertes como para dejar explotar la soberbia que guardaba en su pecho, de modo que permitió que hiciera implosión silenciosa en su alma, y el dolor espiritual le empujó dos lagrimones que rodaron sobre su rostro enrojecido por la mezcla de rabia y miedo. Trató de mantenerse sin expresión alguna para esconder su frustración. Lo soltaron y se retiraron con aire de vencedores, convencidos de que la misión estaba cumplida. Caminaban riendo a carcajadas, abrazados como buenos cuñados, y no sólo como socios del crimen organizado de aquel barrio desorganizado.

Entretanto, Arnaldo miró hacia los lados para ver si había testigos de aquella humillación. Sólo dos niños jugaban trompo. Eso lo tranquilizó, y se enjugó los ojos con las mangas de la camisa. Pero sintió vergüenza, pues sabía que el más importante de todos los testigos era su propia conciencia, que jamás haría silencio en las cavernas de su soledad. Un nuevo sentimiento de humillación ante su propia conciencia le multiplicó la rabia y le recargó las baterías del coraje, entonces con la cabeza en alto, emprendió la marcha con paso rápido y firme. Mientras caminaba, se le inundó el horizonte del camino con las aguas de aquella rabia que le desenfocó por completo la vida.

¿Cómo haría ahora para verla y hablarle? Parecía el principal  problema, pero que en realidad trataba de encubrir a su conciencia el más agudo: la humillación como hombre. Era cierto lo que suponía Marlene: él era más persona y más hombre. Arnaldo no sólo pensaba en verla de nuevo; en realidad, premeditaba una buena excusa, para sí y para los demás, y enfrentarse a la difícil y mortal tarea de reivindicar su honor. Si no demostraba su valor, sería presa fácil del chantaje y la humillación permanente de aquellos malditos, porque sabía que el amor de Marlene era seguro. ¿Huir del barrio?...¡jamás: sólo huyen las gallinas!

Antes de llegar a su casa, compró una hoja de segueta. Una vez en su casa, tomó algunas de las limas y las lijas de su padre y se encerró en su cuarto. Con los dedos muy tensos, partió la segueta en secciones muy pequeñas con rabiosa precisión, midiendo el siguiente corte con la sección anterior, sin sentir el dolor de las heridas que le hiciera tal tarea. Tomó uno de los trozos de las que tiene el agujero para ajustarla al arco de la segueta. Los otros pedazos, cortados con la misma exactitud, los tiró por la ventana. Permaneció durante cinco días pensando. Su madre le llevaba la comida al cuarto. No quería ver a nadie ni dejarse ver. No fue a clases tampoco. Los cinco días los pasó en un trabajo obsesivo: afilaba el trocito de hoja de segueta, como tratando de desgastar la rabia y olvidar lo sucedido. La hizo tan delgada que parecía bisturí; tan afilada que era un bisturí; con un tamaño de bisturí que apenas cabía en su puño. Pasados los cinco días, su cabeza  guardaba el secreto sobre si la rabia había pasado o no con su obsesiva terapia. El sábado a las seis de la tarde, observó en la palma de su mano aquel bisturí digno de un quirófano. Revisó entre las herramientas de su padre, y seleccionó entre varios clavos el más apropiado. Lo atravesó por el agujero que sujeta la hoja de segueta al arco y lo ajustó con una cuerda. Luego, colocó el fruto de su terapia sobre la mesita de noche. Se levantó, y se fue a bañar.

Nunca lo había hecho así con aquel postín. Se bañó con el mayor de los cuidados. Se enjabonó tres veces, usó abundante champú, se afeitó los escasos bigotes que le crecieron después de cinco días de encierro. Se cepilló los dientes como nunca antes, con parsimonia y perfección odontológica. Se secó el pelo y se peinó con cuidado exagerado. Se impregnó de desodorante y de perfume. Se guindó en su perchero de hueso la mejor ropa que tenía; se miró en el espejo de pies a cabeza; prestó atención a su cabello y luego se quedó fijo en las ventanas de su alma. Allí escudriñaba dentro de sí mismo sus sentimientos, y descubrió que andaban el miedo y la rabia luchando por posesionarse de su voluntad. Entonces, la rabia se derramó por sus ventanas y tomó la vanguardia y pudo amarrar el miedo. Dejó de temblar, y abrió la puerta de su habitación.

Atravesó la sala de su casa donde todos estaban viendo la telenovela. Fue el exceso de perfume el que arrastró la mirada de todos hacia aquel perchero viviente que salía con paso firme. Nadie se explicaba cómo aquel ser casi etéreo pudiera caminar con pasos de plomo. Salió de la casa sin decir palabra y sin escuchar ninguna que saliera de las enmudecidas bocas de sus atónitos familiares. Ni siquiera a su madre le dio tiempo para decirle el sólito “Dios te bendiga, mijo...Cuídate”.

Siguió rumbo hacia la casa de Marlene. Cuando faltaban dos cuadras, se desató de nuevo el miedo, pero la rabia no dejaba de luchar por su privilegiado puesto. Le temblaban las piernas, y sus pies pasaron de plomo a algodón. Se detuvo, pero la conciencia, el único testigo, le enviaba las imágenes intermitentes de la humillación sufrida. Entonces la rabia retornó segura y continuó caminando. Llegó al portón de la casa de Marlene, y miró adentro a muchas personas. Estaban Darwin y Lewis. Cuando Marlene lo vio, salió corriendo a recibirlo, lo abrazó y lo besó en la boca. Los bellacos se miraron entre sí, y se salieron a conferenciar. Una vez dentro, tomó las cervezas que le ofreció su novia. Entonces, desde la calle, Darwin y Lewis lo llamaron por sobrenombres para humillarlo: “Ropa Sola”, “Esqueleto”, “Hambre Vieja”, “Tripa ´e Pollo”. Marlene le tomaba la mano y lo abrazaba para detener su impulso de salir a enfrentarlos. Ella sabía que era un hombre de honor. “Vení cobarde, no te escondáis en las faldas de las mujeres”, seguían los rufianes provocando al muchacho. Entonces, se levantó con una fuerza de resorte, y esta vez, la muchacha no pudo detenerlo. Atravesó el umbral del portón de la casa de su novia, y con aire de vengador respondió al reto:

- ¿Qué es la verga, nojoda, porque son grandotes creen que pueden tener a todo el mundo aperreado en este barrio?

-  Y que pensáis hacer, pedazo e flaco der coño, pa´ que eso no sea así. ¡En esta verga mandamos nosotros, marico!

- Marlene es mi novia. Eso no lo vais a cambiar vos, pedazo de güevón ignorante – dijo Arnaldo, midiendo su categoría interior, pero sin medir la de los cuerpos.

- La hermana mía no se merece un esperpento como vos; ella lo que te tiene es lástima – dijo Lewis, quien decidió definir la situación atacando a Arnaldo.

          Los golpes de Lewis fueron contundentes, mientras que Arnaldo no atinó ninguno. Luego de caído, Marlene se abalanzó a defenderlo y lo quiso levantar. Él se negó, apartándole las manos. Marlene lloró. Detuvo el llanto para llenarse de valor, y se le abalanzó al propio hermano para darle de bofetadas. Ya había sangre en el rostro de Arnaldo. Entonces, se levantó sin balance suficiente, y Darwin, aprovechando que Marlene estaba ocupada forcejeando con su propio hermano, se lanzó sobre él para terminarlo de rematar. Lo golpeó fuertemente, le dio de patadas mientras yacía en el suelo. Aquella especie de acto tragicómico y desproporcionado de circo de barrio se llenaba de espectadores que no se atrevían a intervenir para no tener que vérselas después con los dos malditos. El sonido de las costillas de Arnaldo atrajo la atención desesperada de Marlene, quien dejó de golpear y arañar a su hermano para socorrer a su novio. Al darse la vuelta, Lewis la abracó por detrás y la inmovilizó. La víctima se retorcía de dolor, mientras los malditos se reían, la gente hacía silencio y Marlene lloraba pidiendo auxilio.

Parecía que todo había terminado. Pero el muchacho se levantó de nuevo con la pura energía de la vergüenza, la rabia y el odio. Se balanceaba y se retorcía. Logró meter sus manos en los bolsillos, tal vez para disimular el dolor y dar apariencia de estar en perfecto equilibrio, tal y como lo hacen los borrachos. Fue un toque más de tragicomedia para aquella masacre. Entonces cuando Darwin se le abalanzó, Arnaldo estiró su brazo y colocó su puño en el pecho de aquel miserable toro, como para detener la embestida. Pero no lo pudo detener. El peso de aquella bestia quebró sus pobres brazos y terminó aplastando al pobre Arnaldo, tal y como se lo prometió: como a una palomita. Los huesos dejaron escuchar su consistencia endeble, y sonaron como galletas. Era mucha la sangre, y Arnaldo quedó en coma. Satisfechos, los malditos se fueron, y los cobardes espectadores se apresuraron a levantar los restos de aquella injusticia.

Desde que comenzó la pelea (si a esto se le puede llamar pelea, pues sólo venían golpes de un solo contrincante) un vecino, contradictoriamente sensible, pero fríamente calculador, ya había preparado su carro con sábanas en los asientos para poder llevarlo al hospital sin arruinar su tapicería con manchas de sangre. Era muy grave. Lo dejaron al borde de la muerte. “Si se salva es de milagro, porque fueron muchas y muy fuertes las contusiones, y su organismo no está precisamente dotado para estas atrocidades”, dijo el médico.  Marlene hizo todas las guardias en el Hospital General del Sur durante todos los quince días. Ella misma denunció a su propio hermano y lo hizo apresar.

          Finalmente, Arnaldo volvió en sí. La alegría retornó a toda la familia, y Marlene volvió a ser una mujer feliz.

- No hice el mejor papel, lo sé – le dijo Arnaldo a su novia.

- Perdiste la pelea, pero fuiste muy valiente, y demostraste que eres más hombre que ellos. Mi hermano está preso, pero nadie se explica cómo Darwin murió esa misma noche. Cuentan que fue desesperante, pues llegó a su casa a lavarse tu sangre, feliz  y entusiasmado porque te había destrozado, y cuando se quitó la camisa, salía un fino pero indetenible hilo de sangre por su pecho. Nadie se explica cómo se hizo una herida en el corazón tan fina y delicada. Dicen que la desesperación al ver que no paraba la sangre, aceleró su muerte. No llegó al hospital.

          Al escuchar esto, Arnaldo comprendió que había ganado la pelea “limpiamente”. Su delgada y diminuta hoja de su valentía funcionó perfectamente. Cuando metió sus manos al bolsillo, después de reincorporarse antes de la última embestida de su contrincante, colocó la diminuta y fina hoja de segueta, entre sus dedos índice y medio y empuñó el clavo que la atravesaba. Cuando esperó a Darwin con el puño cerrado, el mismo peso y la inercia del victimario, ahora víctima, se encargó de hacer el trabajo. Aquel bisturí entró con la delicadeza propia de la cirugía. El corte perfecto permitió que Darwin fuera a morir a su casa y no en el sitio de los acontecimientos. Probó que podía ser médico.

- Lo que importa es que estas vivo y que Dios me perdone, pero era mejor para todos que aquel maldito se muriera. Una vez mi hermano me encerró en el cuarto con él para que abusara de mí. Por eso Lewis merece la cárcel. Por cierto, cuando te recogimos, yo me corté cuando tomé tus manos. Entonces te quité esta crucecita de tu puño.

          Arnaldo miró la diminuta y delgada hoja de su valentía y dijo sonriendo, a pesar del dolor de las costillas:

- Tíralo en la papelera. Es solo un amuleto que usé esa noche y que espero no usar nunca más. No creo que algo así me vuelva a pasar.

          Marlene no estudiaba, pero no era tonta y poseía el don de la lógica natural e infalible. Ella disipó el enigma de aquellas palabras, sonrió finalmente y lo tiró a la papelera diciendo: “no sólo eres el más hombre, el más valiente y el más persona; eres sobre todo el más inteligente y habilidoso para hacer funcionar los amuletos”. Arnaldo la miró y observó el brillo de cómplice en aquellos ojos negros que lo acompañarían para toda la vida.

          La inteligencia emocional ha sido vendida como una herramienta para evitar conflictos. Pero hay conflictos que no se pueden posponer, pues son esenciales para la supervivencia del alma, que es nuestra verdadera energía vital. Y cuando enfrentamos los conflictos, no sólo necesitamos inteligencia lógica para resolverlos e instinto de conservación, sino coraje, que es una buena porción de nuestra vida emocional. Inteligencia emocional tal vez no sea un sistema superior y lógico evadiendo las duras faenas de la vida, pues no sería más que un vulgar sistema de defensa automática disfrazada de conciencia, propia de la animalidad del hombre citadino. Tal vez inteligencia emocional es el justo equilibrio entre nuestros instintos, nuestros afectos y nuestra inteligencia lógica.

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 José Guillermo Valbuena Yánez ©