Las dos deudas

    A los mellizos Ramón y Rafael Yánez, juntos en el alfa y en el omega

           Francisco Pinto, nacido el 23 de enero de 1904, era un rubio de esos alimentados con carne fresca, queso de matera, leche de vaca recién ordeñada y plátano. Su aspecto era de un español perdido en el nuevo continente, a quien trescientos años de historia le hicieron olvidar su procedencia, sus ascendientes y su cultura milenaria: él sólo conocía de plátanos.

          Heredó de su padre no sólo los extensos platanales, unas pocas reses, la fuerza física y su aspecto fornido, sino también una prepotencia, una ambición de riqueza y una mezquindad que terminó consumiéndole la conciencia, el corazón y hasta la respiración.

          Francisco tenía la manía de controlarlo todo. Perseguía a sus peones y braceros hasta las zonas más pantanosas y peligrosas de los platanales. Más de una vez lo picó un bicho de monte por andar espiándolos. También se perdió una vez cuando lo cogió la noche entre los platanales, porque tenía que completar la carga que iba a ser llevada por la primera piragua de la mañana. Si los peones terminaban su labor a las seis de la tarde, él se quedaba hasta la una de la madrugada en la humedad, cerciorándose de que ningún peón le hubiera robado algún racimo. Por eso se le encaramó ¨el tigre¨ cuando apenas tenía treinta años.

          Cuando le empezó la tos, no quiso hacerle caso a su madre y no fue al hospital a tiempo. Ella reconocía la tos típica del tuberculoso, porque ella tuvo que lidiar toda una vida con su terco marido. Cuando por fin la fiebre lo hizo convulsionar, lo llevaron en una piragua hasta la ciudad, y lo internaron en el Hospital. Después de tres semanas de tratamientos inútiles, lo regresaron a su pueblo, ya desahuciado, para que pasara sus últimos días en su tierra y con su gente.

          La madre lo mantuvo acostado a fuerza de regaños y con la única panacea de un muerto en vida: las atenciones de una madre amorosa. Siempre se levantaba con intenciones de ir a los platanales, pero su madre con dulce carácter lo tomaba por los hombros y lo empujaba con suavidad contra el colchón humedecido por el sudor enfermo. Francisco lloraba de rabia e impotencia cada noche al saber que sus platanales estarían siendo saqueados por sus propios peones. Nada podía hacer, excepto esperar la muerte sólo con su madre, sin ningún hijo que heredara lo que trabajó con tanto sacrificio.  

Una madrugada, el negro Arquímedes le tocó suavemente la ventana, de modo que sólo lo escuchara él y no se molestara su anciana madre. Traía un mensaje urgente. Esa madrugada, la humedad natural del Sur del Lago se multiplicó a causa de una llovizna perenne que comenzó la tarde anterior. De modo que cuando abrió la ventana al oscuro mensajero, una bocanada de aire demasiado frío para su temperatura corporal, y demasiado húmedo para ser respirado por sus deteriorados pulmones, le penetró por la garganta hasta la enfermedad misma; y su tórax, como esponja, asimiló toda la noche fría y lluviosa. Sintió que su cara y sus costillas se cuarteaban, mientras que el fogaje permanente de tres meses no tardó en convertirse en fiebre mortal. "Francisco, ¿vos sabéis quién se está embarcando ahorita en la piragua la Carlota pa' Maracaibo?... ¡Rafael Bríñez, el que te debe los quince bolívares de los plátanos!".

Francisco confundió la fiebre que subía a su cabeza producida por el contraste de las temperaturas, con la ira que sentía al sentirse estafado... sentía que se aprovechaban de su enfermedad para terminar de arruinarlo. Siguió con la ventana abierta, a pesar de que el mensajero se había marchado. Sentado sobre su cama, recordó los quince bolívares. Entonces, tomó una decisión: saltó la ventana con la agilidad de una liebre, gracias a la adrenalina que le proporcionó la rabia y la indignación, y sin zapatos, echó a correr como alma que lleva el diablo (o al diablo) por las encharcadas, frías, arenosas y espinosas calles que llevaban al muelle de El Pino.

          En la carrera, no sentía ni la fiebre ni los pies sobre la tierra; se sentía liviano como podría sentirse un fantasma, o alguien que se estaba convirtiendo en alma en pena. Su sensación de ser etéreo se debía tal vez a la cercanía de su muerte, tal vez al hecho de que su cuerpo estuviera perdiendo el poder de retener su alma en sus células. Así llegó al muelle, donde por fin sintió la fiebre en la conciencia, cuando sus ojos llorosos y ardiendo por la elevada temperatura, vieron el débil destello de los faroles de unos pescadores, lo cual Francisco confundió con una piragua alejándose en lontananza. Caminando como un anciano sin fuerzas, y con los brazos estirados, como intentando atrapar la embarcación, Francisco creía que aún estaba corriendo. Por un momento, la neblina cubrió el débil destello de los pescadores. Lleno de impotencia al ver perdido su dinero, detuvo toda marcha, y entonces sintió sus pies descalzos, helados, sangrantes y adoloridos. Un frío de muerte le penetró por los talones hasta la mandíbula, porque el terrible fuego de la conciencia iracunda que le brotaba por las orejas y sus enrojecidos y llorosos ojos no lo dejaba subir hasta la cabeza. Se desplomó en tantos tiempos como coyunturas tenía. Sus tobillos, luego sus rodillas, después su cintura y por último el cuello se doblegaron bajo el peso de la carga de su ira, su enfermedad, su ambición, su soledad y la espesa humedad de la noche. Boca abajo, cayó mientras sus pupilas se terminaban de tragar las lejanas luces de los faroles que jugaban a ser una piragua.

             Tendido en el suelo, solitario con su muerte incompartible, sintió como el agudo silencio de la soledad de la noche se confundía con el infinito silencio de la soledad de su alma. Al final, un intenso dolor caliente en el pecho, que parecía reventarle las costillas, lo fulminó. Allí lo consiguió el entero pueblo, muerto bajo el muerto pecho de su madre inconsolable, quien había salido detrás de él a velocidad artrítica y con un sólo pie calzado. Entre los curiosos, destacaba la espigada figura de Rafael Bríñez, a quien lo invadió un sentimiento confuso de lástima por aquella tragedia inexplicable y de tranquilidad egoísta por la exoneración providencial de su deuda. Mientras tanto, el negro Arquímedes, de cuya hermana abusó Francisco a cuenta de ser blanco y rico, trataba de esconder su poderosa sonrisa de negro satisfecho en su sed de venganza. Al final, la demencia típica de un desahuciado se convirtió en la única explicación lógica de aquel hecho: un tuberculoso tendido a las dos de una madrugada húmeda y fría, en un muelle oscuro y solitario, en una hora, en la cual sólo la embarcación de la muerte podría zarpar.

          ¿Cuál de las dos deudas tienen más peso? La deuda de Rafael Bríñez era material, pero tenía más valor que la vida misma en la conciencia de Francisco. La deuda moral de Francisco era para Arquímedes más importante que su riqueza material.  Pero en ocasiones, la ambición nos sobrepasa en forma casi mortal, y no nos deja evaluar nuestros saldos más importantes con la vida.

 José Guillermo Valbuena Yánez ©