Loco de amor por la música

A mi hermanita Yolita Valbuena, heroína de la educación popular

        Raúl, sobreprotegido por razones valederas, se comenzó a escapar, apenas cumplidos los dieciséis años. No sorprende tanto que nunca lo hubiera hecho; lo que sorprende es para ir a dónde. Se comenzó a escapar para ir a los conciertos de la orquesta sinfónica. Fue a muchos conciertos cómo única aventura prohibida de adolescente. Prohibida, no porque para su padre fuera mala la música clásica, pues al contrario, no faltaban en su casa Beethoven, Mozart y los demás. Sencillamente porque era un sin sentido. 

La primera vez que entró a la sala de conciertos, se sentó en la última fila, tímido, pero lleno de emoción. En la medida en que iba a los conciertos, se adelantaba más en las filas, perdiendo progresivamente la timidez. Siempre era el último en salir de la sala. Su mirada aparentemente extraviada se fijaba en los instrumentos de la orquesta. Se paseaba disimuladamente entre las butacas y se acercaba y se alejaba de la orquesta. Cuando sentía que lo miraban, quitaba sagazmente su mirada de lo que parecía ser su objetivo de acecho, y se retiraba pausadamente observando las lámparas, las butacas o las paredes para disimular. Ninguno de los dos hechos llamaba mucho la atención de los empleados ni de los músicos que recogían los instrumentos, pues su actitud se acompañaba con una sonrisa cordial y un brillo de inteligencia en sus ojos. En una oportunidad un músico le preguntó “¿Te gustó el concierto?” Raúl no respondió, sonrió ruborizado, se dio la vuelta y se marchó.

En su quinto concierto, Raúl estaba en la tercera fila. Hasta ese día no había llamado la atención. Entonces, se quitó las medias y los zapatos. Posó ambos pies desnudos en el piso, frotó sus manos entre ellas, como preparándolas para un banquete. En aquel silencio, se escuchó su sonido. Luego se aferró fuertemente a los brazos de las butacas, cerró los ojos, y comenzó a sonreír. Por eso no se dio cuenta de las miradas de todos sus vecinos espectadores. Las personas pensaban de un modo tan inquietante y escandalizado, que los hacía mover de sus asientos, voltear la cabeza, reacomodarse en sus butacas, mirarse mutuamente para ratificar sus pensamientos, que eran ciertamente distintos: “Nadie puede hacer eso en un concierto”; “no falta nunca un loco”; “Hay gente bien cochina y maleducada”; “Qué extravagancia”; “debe tratarse de algún hijo del dueño del teatro”; “Drogados y borrachos nunca faltan”; “Este se cree que está en un concierto de rock”. “¡Esta juventud de ahora!”… Los empleados del teatro observaron la inquietud de las personas y se acercaron para comprender las causas. Entonces, vieron los pies descalzos de Raúl, mas al ver que estaba completamente quieto y concentrado, decidieron no provocar más distracciones que terminaran con el concierto.

Cuando dejó de sonar la orquesta, Raúl abrió los ojos, soltó los brazos de las butacas y se colocó las medias y los zapatos. Las personas comenzaron a salir del teatro, mientras quienes lograron verlo descalzo lo seguían observando, unos con curiosidad y otros con desprecio, pero todos como la atracción más interesante de la noche. Un empleado fue encargado de atender el caso, por lo cual permaneció alerta cuando se quedó de último como de costumbre, esta vez a punto de subir al entablado. “¿Por qué no se ha retirado, caballero?”, Le preguntó a las espaldas de Raúl. Entonces, el muchacho vio la sombra del empleado proyectada transversalmente sobre la suya, y ligero, emprendió la retirada sin dar respuesta y sin voltear. El empleado, sintiéndose despreciado y burlado, lo interpelaba en voz alta: “Está prohibido quitarse los zapatos en los conciertos; ¡no sea tan mal educado y cochino, joven!” Raúl continuaba su retirada sonriendo satisfecho de haberse aproximado tanto a la orquesta.

En el último concierto, el muchacho entendía que estaba siendo observado. Entonces supo que era ahora o nunca. De modo que con la misma sagacidad con que se escapaba de su casa, dejó filtrar su presencia en el caudal de personas que buscaban posición. Fue más rápido que la mayoría, incluso que los empleados, y logró la primera fila, en la nave central. Empezó la orquesta cuando el empleado que le llamó la atención la última vez lo reconoció, pero ya no podía hacer nada.

Comenzada la música, Raúl se comportó impecablemente en los dos primeros movimientos: un allegro moderato y un andante con moto simplemente le hacían sonreír demostrando placidez. Por eso, los vigilantes asumieron que el llamado de atención de la última vez había surtido un efecto contundente. Pero cuando empezó el rondó vivace, Raúl procedió a quitarse medias y zapatos, y esta vez fue más allá: elevó los pies sobre la baranda de la orquesta, frotó sus manos, aferró los brazos de su butaca y cerró los ojos. Los músicos no pudieron esconder su sorpresa y reprimir su curiosidad. Se desafinaron, se cayeron partituras e instrumentos, lo cual hizo que el director detuviera la orquesta. Éste se volteó para pedir disculpas al público y al mismo tiempo para encontrar una causa de lo que ocurría. Pero también quedó impactado al ver la posición de Raúl. Inmediatamente, el muchacho abrió sus ojos y mientras sonreía con gentileza, observó cómo los músicos recogían sus partituras y se ordenaban nuevamente. Cuando el empleado se aproximó a Raúl, el Director le hizo señas de que no lo abordara. El maestro estaba confundido por la mezcla contrastante entre la desfachatez de quitarse los zapatos y aquel rostro que reflejaba inocencia, bondad, gentileza e inteligencia. A pesar de ello, no descartaba la posibilidad de pudiera violentarse y provocar una confusión que arruinaría definitivamente el concierto. El director se volteo hacia sus músicos, levanto la batuta y retomó el concierto. Entonces, cuando reinició la orquesta, el adolescente cerró de nuevo sus ojos hasta el final del concierto. Fue en vano para la mayoría intentar concentrarse en la música, pues sus ojos se orientaban sin albedrío hacia aquellos insolentes pies en abanico que movía sus dedos como quien intenta sentir que es dueño del sitio donde está.  

Cuando terminó el concierto, calzó de nuevo sus pies, se levantó, y comenzó a caminar entre los presentes con su sonrisa de satisfacción, mientras los demás pensaban “¡Qué desfachatez!”; “Este loco puede ser peligroso”... y pare de contar los pensamientos que cruzan por nuestras mentes aturdidas cuando observamos actitudes discordantes con las reglas generales del comportamiento social.

El empleado no pudo alcanzarlo, y se perdió entra la multitud. Raúl repetía en su mente: “¡es ahora o nunca!”. Entonces, se desvió con gran habilidad hacia el baño, y se encerró. Esperó que el empleado cerrara el teatro y desapareciera entre las oficinas. Luego, regresó al entablado con paso felino. Subió a donde estaba los instrumentos. Los músicos estaban detrás comentando lo sucedido. Sólo uno de ellos aún guardaba su instrumento cuando el muchacho apareció como un fantasma. Pero a Raúl no le importó, pues era ahora o nunca. El músico lo reconoció de inmediato, y dejó salir un nervioso “Hola”. No se atrevió a moverse, como si enfrentara un felino depredador. Por fin, Raúl estaba entre los instrumentos. Se quitó de nuevo los zapatos, luego la camisa, los pantalones y los calzoncillos. Completamente desnudo, se colocó un celo entre las piernas. Comenzó a tocarlo, deslizando el arco sobre las cuerdas, pero sacaba la lengua para lamer el clavijero del instrumento. Luego, posó sus labios con delicadeza sobre la caja de resonancia. Finalmente, colocó el celo sobre sus piernas con las cuerdas hacia el frente, tomó el arco con los dientes, haciéndolo ir y venir con la cabeza. Cuando el músico espectador lo creyó prudente, caminó en retroceso para ir a buscar a sus colegas e invitarlos a ver el espectáculo.

Los músicos del concierto estaban esta vez en desconcierto. Entonces lo rodearon y asumieron, sin voluntad alguna, un comportamiento de verdaderos espectadores cultos. Todos en silencio, con su sensibilidad estética a flor de piel, estaban atrapados por aquella manera nunca antes vista de hacer música con el cuerpo. Nadie quiso abordarlo, ni siquiera el dueño del celo que comenzaba a salivar también, al ver la saliva de Raúl deslizarse por la caja de resonancia de su costosísimo instrumento. Visto desde afuera, cada quien podría tener razones distintas para no interrumpir aquel extraño concierto: no querían arriesgar su integridad física, o tal vez los instrumentos; o quizás porque eso era trabajo del personal de seguridad. Pero visto desde la sensibilidad de cada músico, la razón más probable era porque se trataba de un verdadero, original e inimaginable espectáculo jamás visto en ninguna sala de conciertos. Todos decidieron esperar, pero observaban concentradamente, escudriñando el porqué de cada “tocata”. Raúl terminó con el celo. Abrió los ojos, vio a los músicos, y les ofreció su sonrisa de muchacho gentil e inteligente. Los espectadores ya no observaban que estaba desnudo. Sólo miraban cómo saltaba de un instrumento a otro.

Tomó la trompeta y colocó su extremo en su muslo, y sopló, mientras movía los pistones con dedos de niño curioso con un juguete nuevo. Al principio, no salía el sonido, hasta que, luego de varios intentos, sonó fuertemente, y el muchacho sonrió. Tomó el clarinete, e hizo lo mismo sobre su pubis. Luego, se acostó boca abajo sobre la tapa del piano, y con sus manos en posición contraria, comenzó a tocar las teclas. Se dirigió al arpa y colocó su cabeza en la caja de resonancia y tocaba como loco. Sólo sonreía. Disfrutaban él y sus espectadores. Cuando tocaba los timbales sentado en uno de ellos, entraron los de seguridad, lo bajaron del timbal y le ordenaron vestirse, lanzándole sus vestidos sobre su sonrisa y su mirada inteligente encendidas en su rostro. No lograron apagar ninguna, y su faz parecía aumentar la iluminación en el entablado. Entonces, Raúl obedeció. El empleado de seguridad, ya agraviado por la indiferencia insolente de la otra noche, quiso abalanzársele para desquitarse, pero el Director de la orquesta lo detuvo una vez más.

Los espectadores lamentaron profundamente la interrupción del espectáculo. No dijeron nada para no convertirse en cómplices del muchacho. Raúl se ataba los zapatos con su sonrisa gentil y su mirada brillante que iba desde los instrumentos hasta los rostros de decepción de los músicos al ver interrumpido el concierto. Entonces, el director, un tanto para salir del trance de encantamiento y al mismo tiempo para ayudar a los demás a regresar a su estado de sobriedad y cordura, dijo en voz suficientemente alta para que todos escucharan: “Hasta los locos aman la música”.

Muy bien escoltado salió Raúl del teatro. Lo metieron en la patrulla. Los de seguridad explicaban a la policía lo sucedido. Raúl no respondía a ninguna pregunta, mas continuaba sonriendo, de modo que los agentes decidieron que su destino era el hospital psiquiátrico. Allí lo recibieron sin conjeturas, luego de las descripciones de los hechos que los oficiales hicieran al médico de guardia. Tampoco respondió a los médicos. Al siguiente día lo visitó un especialista, a quien pidió lápiz y papel a través de un gesto mímico muy sofisticado.  El médico lo entendió y le proporcionó lo requerido. Seguidamente, Raúl escribió todos sus datos. Cuando se retiró el médico, el muchacho comenzó a escribir una carta para su hermana:

“Querida Milagros:...

 ¨No sé por qué estoy aquí. No sabía que era pecado amar la música como yo lo hago. Tal vez el pecado esté en amar algo que no se puede alcanzar y disfrutar a plenitud. Pero tú sabes que fue mi madre quien se empeñó en que amara la música. Lamentablemente, todo su empeño se fue con ella, y su muerte hizo que empeorara mi sordera. Ya no escucho nada, pero la música sigue siendo la más intensa estimulación que me dio. ¿Recuerdas cuando ella me colocaba el radio en el pecho o en la cabeza; cuando colocaba mis pies en los altavoces del equipo de sonido y algunas veces me hacía sentar en una de ellas? ¿Recuerdas los gestos de disgusto de mi padre, quien resignado con mi problema, le decía a mi madre que tal disparate me haría además de sordo, loco? Pero ella fue la única que nunca se rindió con mi sordera. No hablo con mi boca ni escucho con mis oídos, pero sé escuchar con mi lengua, mis dientes y mis labios, con mis músculos, mis huesos, mis vísceras y mi piel, con la palma de mis manos y mis pies, tal como me enseñó mi madre. Ahora ella no está, y debo ir yo solo más allá de lo que me dio en vida. Por eso en estos días me he escapado sin que tú y mi padre se dieran cuenta, porque quería sentir más que música artificial. Quería sentir la música en vivo y tocar los instrumentos. Lo he logrado y creo que valió la pena. La música es lo más valioso que hay en la vida. Quiero que me ayudes a ser músico. Si hubo un músico que hizo música siendo sordo, yo también lo puedo hacer. Sé que vendrás pronto a buscarme, y que te abochornarás por lo que te contarán de lo que hice, pero también sé que me ayudaras para que mi padre no me castigue. Tú sabes que no he sido travieso, y que he cumplido siempre con mis deberes. Debes explicarle que este es un derecho que siempre la naturaleza me negó y que ahora quiero disfrutar. Prometo que si me matriculan en el conservatorio, jamás haré de nuevo una cosa semejante.

Quien te ama y agradece tu paciencia

Tu hermano Raúl.

P.D.: Ya seleccioné el instrumento que quiero tocar: el arpa.”

 

 Dios le da pan al que no tiene dientes y a veces dientes al que no tiene pan. Disfruta de las cosas que la vida te da hoy y usa los dones y talentos que Dios te dio, pues la existencia humana es un impulso cósmico muy corto para desperdiciarlo ambicionando lo que no tenemos. Saborea la buena comida, escucha la buena música, disfruta de los paisajes naturales o de una obra pictórica, siente a través de tu cinco sentidos el amor de alguien... No te pierdas de estos maravillosos regalos del Creador que casi siempre dejamos sepultados entre los escombros de un día desperdiciado intentando controlar el futuro. Vivir y sentir un día a la vez: ese es nuestro deber.

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 José Guillermo Valbuena Yánez ©