PRóLOGO
Cuando yo era un niño de siete años, mi padre pintaba figuras extrañas que llamaba "abstractos". Para mi eran imágenes sin sentido, pero al mismo tiempo inquietantes e irresistibles. Tras unas pinceladas, comentaba con gran creatividad sobre Picasso, Reverón, Poleo o Dalí, sin hacer distinción entre surrealistas, abstraccionistas o impresionistas. Según mi padre, todos los artistas, incluyendo a Rafael, Miguel Ángel y Leonardo, pertenecían a una sola corriente de arte: la locura. La sobriedad, la suavidad, la precisión no eran pruebas suficientes de la cordura de un artista. Al contrario, estas virtudes estaban presentes únicamente en los espíritus desquiciados. Hasta que un día me convenció de la relación entre el arte y la locura al develar una pintura que comenzaba a hacer sobre un enorme cartón de 3x2 metros, la cual intituló "La Locura del Mundo". Allí, pintaba rostros y ojos con distintas expresiones y sentimientos. Se trataba de un verdadero inventario de emociones humanas.
Pasé meses asomándome a la habitación en donde lo pintaba con orgullo y paciencia, y lo guardaba con celo. Mi padre siempre lo cubría con una tela blanca que fue manchándose de óleo con el transcurrir de los meses, convirtiéndose casi en una replica del original. Mi alma estaba magnetizada y cautivada inevitablemente por los misteriosos rostros encerrados en ribetes triangulares pintados en azul índigo que parecían mirarme y reconocerme. Un extraño poder, mas que la poderosa curiosidad infantil, conducía mis cortos y nerviosos pasos de infante hasta la puerta. No resistía la tentación de levantar las esquinas de la tela que cubría la obra. Cada día memorizaba una expresión y reforzaba su imagen cada vez que levantaba la tela por una esquina. Lleno de impaciencia, esperaba a que llegara mi padre para memorizar los otros rostros, mientras él pintaba. Cada rostro persistía en mi memoria y me despertaba en medio de la noche. Más de una vez se quejó porque encontró el cuadro descubierto y la tela en el piso. Nunca nadie reconoció quien había sido el atrevido, ni siquiera yo mismo, que lo había hecho mas de una vez.
Finalmente lo dio por terminado. Para demostrarle a mi madre que era un auténtico artista de vocación, mi padre regaló la obra, y ella pasó días enteros reprochándoselo. Esa vez, como siempre, ante la "incomprensión de la humanidad", mi padre recurrió a su infalible terapia que denominaba "fuga geográfica", es decir, un viaje de meses o semanas a pueblitos del Estado Falcón o de Los Andes venezolanos, donde comercializaba cualquier cosa, desde retratos familiares, lámparas y hasta alfombras. Nadie sabia del paradero de mi padre hasta que regresaba con muchas cosas para todos. El termino "fuga" no era metafórico ni figurativo. En lo que a mi respecta, ninguna de estas discusiones maritales, ni esta nueva ausencia imprevista de mi padre me perturbó en esos días, porque debo confesar que cuando vi salir el enorme cartón, sentí un gran alivio en mi existencia y en mi espíritu infantil. Mi padre, sin proponérselo, me había dado mi primera lección de filosofía, utilizando el método pictórico. Había terminado entonces una fase que marco definitivamente mi vocación de filósofo humanista. En lo que respecta al cuadro, cinco años después, le pedí a mi padre que me llevara a ver de nuevo "La Locura del Mundo". Vimos el cuadro colgado en la pared de la casa en donde lo dejó por primera vez, pero ya deteriorado debido la humedad que el cartón había absorbido por la cercanía del aparato de aire acondicionado que refrescaba la sala. Nadie supo mas del cuadro, ni yo quise enfrentarme de nuevo a aquellos personajes que se desvanecían irremediablemente con el tiempo y la humedad.
Estos cuentos que hoy presento son una alegoría de ese cuadro perdido, aún presentes en mi memoria. Con ellos, hago un tributo a Arturo Celestino Valbuena Pérez, mi padre, mi amigo y el mejor maestro que tuve jamás. En ellos evoco aquella obra maestra, haciendo, como seguramente mi padre otrora, las proyecciones de mi mundo emocional y existencial. Sólo espero que el lector pueda hacer su propia terapia proyectiva, lo cual es siempre el objetivo esencial de cualquier arte.