Rejodiendo con la pelona
A Henry Soto, hermano mío
No era ratero; no vivía del robo ni del tráfico de marihuana. Era un comerciante muy productivo y habilidoso que tenía un negocio de víveres en el mercado municipal. Pero tenía un hobby, una debilidad, tal vez una patología no incluida en los manuales de psicología o psiquiatría; un comportamiento casi endémico en la gente de Maracaibo, pero que en él era crónico y desproporcionado. Sufría de una insaciable ganas de burlarse del prójimo y de joder la pita. Era pues, un mamador de gallo empedernido; un jodedor a tiempo completo; en términos universales, un espíritu burlón encarnado que no necesitaba estar muerto para atormentar a los vivos de su propia estirpe ni de su propio barrio. Cuando amanecía en Santa Lucía, el entero vecindario se tomaba el cafecito mañanero pensando en qué estaría tramando Rafael Augusto. Su prontuario en maldades bloqueaba la imaginación de todos, pudiendo suponer apenas que la próxima maldad sería peor.
Sus actividades las consumaba los fines de semana y días de fiesta, y estaban destinadas a no pasar desapercibido. Un veinticinco de diciembre, frente a la iglesia de la mismísima Santas Lucía, encerró cinco gatos en un pipote de basura a las tres de la mañana; le prendió pirotécnicos y los tapó herméticamente hasta no escuchar más maullidos. Un espantoso olor a pelo quemado impregnó el frente de la casa de la Virgencita, y se expandió por todo el barrio durante el resto de la navidad. Más adelante, robó el burro a Renato el pescadero; le puso unos patines e intentó hacer patinar al pobre animal desde la bajada de Pichincha, provocando un terrible accidente de tránsito; a algún psicólogo escolar le pudo haber parecido una inocente prueba de niño curioso, pero demostraba crueldad y alevosía con las carcajadas que despedía desde las entrañas de su malévolo espíritu, al ver las costillas del pobre burro en carne viva por el deslizamiento sobre el pavimento ardiendo, junto con los autos destrozados en el choque. También le colocó una mecha a un zamuro; lo bañó en gasolina; encendió la mecha y lo echó a volar para mostrar al entero barrio su pájaro de fuego. Una vez más, su botella de ron en la mano y sus risotadas delataban su crónica perversidad. No contemos más que estos ejemplos. Su última maldad es la que nos interesa en esta historia, pues estos hechos enseñan que no se puede bromear ni rejoder con la dama de los sueños eternos... con la pelona... con la muerte…
Su último juego, como mencionábamos, fue tan extraordinario que atrajo no sólo a los muchachones díscolos, bebedores de aguardiente, parranderos, gaiteros de todas las edades, sino también al entero barrio, incluyendo a su población zoológica. Su calculadora mente seleccionó en orden de utilidad a sus cómplices. Primero, invitó a cuatro de sus más influenciables y cretinos amigotes, de esos bobos vivos con debilidad de carácter que buscan cobardemente evitar ser víctimas sirviendo a los victimarios. Les inyectó en el alma dos botellas de ron para ponerlos a tono con la maldad y garantizar que su razón doblegara ante los impulsos de sus bajas emociones y sus reptiles instintos. Después de acabar la primera botella de ron, profanaron el taller del mejor sastre de Santa Lucía, rompiéndole el techo de zinc. Rafael Augusto se probó con frialdad todos los trajes hasta quedarse vestido con uno que le ajustaba a la perfección, mientras decía: ¨Esta será la jodedera más arrecha que se haya hecho… yo sé que la gente de este barrio está esperando algo que los saque de nuevo del aburrimiento¨. Los otros malhechores no fueron tan cuidadosos y se vistieron con trajes nuevos, pero como unos mamarrachos, pues además de la borrachera, las palabras de Rafael Ángel fueron tan convincentes que la emoción de participar en un hecho tan trascendental no los dejaba ni siquiera pensar en lo que se ponían. Una vez trajeados, violaron las cerraduras de la mejor zapatería del barrio, y se calzaron en negro, de acuerdo a las instrucciones del líder. Cuando ya estaban cual patiquines, los cuatro cómplices se miraban entre sí, sin imaginar la magnitud del siguiente paso. Seguían a Rafael Augusto ciegamente y convencidos de que harían historia, asegurándose, además, de que ellos no serían víctimas del desconocido y misterioso plan malévolo.
- Vergación, Rafael, ¿qué coño hacemos en la funeraria?
- Vamos a usar la urna azul – sentenció, aplacando cualquier iniciativa de reflexión de sus serviles secuaces - … Y sin hablar pendejadas, porque si nos coge la policía aquí, se me jode el plan.
Se acercaron los cinco malhechores bien trajeados al ataúd azul y todos, menos Rafael Augusto, se aterraron al abrir la tapa y ver al difunto pálido y con dos algodones demasiado grandes en sus fosas nasales.
- Ustedes dos Agarren al muerto por las patas y vos y yo por los hombros, y lo ponemos en la alfombra... Vos cerráis la urna, y empezamos a caminar por donde entramos. ¡Apúrense, coño! – ordenó.
- Pero es el señor Arcadio… es amigo de papá – argumento escandalizado Arsenio, mientras cumplían las órdenes de Rafael Augusto.
- ¡A mis cojones; vos sabéis que si fuera tu propio padre también lo hubiera sacado de la urna! Claro, vos no estuvieras aquí ayudándome, pedazo de güevón, sino llorando y consolando a tu madre en tu casa.
Con estos argumentos, los cómplices corroboraron que estaban del lado más conveniente, entonces se dispusieron simplemente a seguir órdenes. Tomaron al difunto Arcadio, y lo tiraron a la alfombra como a un saco de papas. Allí quedó solitario, mancillado y cosificado como cualquier desecho, sin ningún doliente que lo salvara a tiempo de la vergüenza de ser profanados sus restos mortales antes de su sepelio.
Eran las tres de la mañana cuando caminaban con el ataúd por los callejones más oscuros del barrio. Llegaron al patio de Jorge Alberto y colocaron la caja sobre una mesa de roble que estaba debajo de un enorme árbol de mango. Al trasluz del único bombillo del patio, la mesa mostraba manchas de sangre vieja de pescado y chivo, y cicatrices de machetazos y cuchilladas. Después de pisotear en la oscuridad unos cuantos frutos maduros con los zapatos nuevos, un aturdidor aroma a mango maduro ahogó el olor a funeraria que traían impregnado en sus ropas y en el ataúd. Entonces, Rafael Augusto pidió algodón al dueño de la casa anfitriona; hizo dos bolas para sus fosas nasales, no tan apelmazadas, de modo que le permitiera respirar con facilidad; se las probó con parsimonia, como lo hizo con el traje y los zapatos robados, respiró profundamente con ellos para probarlos, de modo que tampoco se le fueran hacia más adentro de las narices; y mientras le ofrecía a sus secuaces más ron de la botella que traía en el bolsillo, anunció su plan maestro.
- Aquí empieza lo bueno, muchachos. Yo me meto en la urna, y ustedes van a llamar, uno por uno, si es posible, a Marcial, Salomón, Clímaco, Euclides y Ramón, que son los más jodedores. Le van a decir que alguien dejó un muerto en el patio de esta casa. Al llegar, ustedes le dicen que traten de reconocer al difunto… Entonces, cuando ellos abran la tapa de la urna, yo me levanto y les doy un susto.
- ¡Pero como coño aguantamos la risa, no joda! – dijo Jorge Alberto entre carcajadas.
- ¡Se la van a tener que aguantar como sea, o les preparo una maldad más arrecha al que se ría y me eche a perder la jodedera!
Entonces, se borró de su rostro todo vestigio de divertimento, e hicieron un silencio respetuoso ante la advertencia de la autoridad. Se prepararon, y Ciro Arturo salió a buscar a los primeros pendejos.
Venían a paso ligero Salomón, Euclides y Evaristo, impulsados por la curiosidad de algo que jamás habían escuchado en el barrio: un muerto que dejaron en el patio de alguien. Euclides preguntó por qué estaban vestidos elegantemente, entonces respondieron que venían de una fiesta de matrimonio y consiguieron el muerto en el patio. Al principio, los dos primeros curiosos no se atrevían a acercarse. Un paso hacia a delante y dos hacia atrás hacían impacientar a los jodedores, y sobre todo a Rafael Augusto, quien ya comenzaba a sudar dentro de la urna y a sentir cosquilleos en la nariz debido a los algodones. Jorge Alberto pidió permiso para ir al baño, pero a cagarse de la risa, porque ya no aguantaba más, y le resonaba en su memoria embriagada por el aguardiente y la aventura la advertencia de Rafael Augusto. Ciro Arturo les estiró la mano con la botella de ron para darles coraje y recordarles que eran machos y no maricones. Cagados como palo de gallinero, engulleron doble trago de ron, y dieron un paso definitivo hacia la urna. Faltaba coraje para abrir la tapa. Entonces, Salomón exigió otro trago, se empinó la botella, colocando su otra mano sobre la fría caja de metal. Cuando tomó lo suficiente para apagarse el miedo y encender el coraje, la abrió.
- ¡No joda, es Rafael Augusto, coño! Yo sabía que si seguía jodiendo a la gente, se lo iban a echar al bigote. Ahora esa pobre viejita se las va a tener que arreglar solita…
- Se jodió el jodedor - dijo Euclides con aires de sabiduría.
Cuando se quedaron con sus bocas abiertas frente a la urna, paralizados, con su mirada escudriñando las facciones del muerto para cerciorarse de que en realidad fuera Rafael Augusto, el muerto se levantó, y los curiosos cayeron de culo pidiendo perdón a Dios por todos sus pecados. Después de rezar cabizbajo, levantaron la mirada y vieron el rostro del difunto.
- ¡Maldito hijo ´e puta, qué es la verga, hasta muerto queréis joder a la gente! - gritaba Salomón, mientras Rafael Augusto caminaba hacia ellos con los ojos virados y los brazos alzados como las momias.
Entonces, el farsante difunto se sacó los algodones de las fosas nasales para desternillarse de la risa. Las víctimas temblaban arrodilladas sin poder reír. Los pendejos cómplices no se atrevieron a reír hasta sentirse autorizados por el muerto de la risa, autor intelectual de la jodedera.
-Y ustedes, ¿por qué no se ríen, vergación? – reclamó el resucitado a sus cómplices - se supone que esto es para joder un rato, ¿no?
Todos terminaron ahogándose en un mar de lágrimas de risa y babas de ron. Acabaron el aguardiente que había, y comisionaron a Tubalcaín a comprar media caja de ron. Por otro camino, Jorge Alberto fue a buscar a tres víctimas más: Marcial, Ramón y Clímaco. Le hicieron la misma jugarreta y Marcial se orinó los pantalones cuando el muerto le escupió la mano con saliva de remolacha. Mientras llegaba el ron, los secuaces escuchaban el siguiente eslabón del plan maestro de Rafael Augusto con las manos en los abdominales maltratados por los espasmos de risa. La estrella principal de la película, el difunto protagonista, era por supuesto el mismo autor y guionista de aquella farsa. Además, tenía que seguir el papel del muerto porque estaba bien trajeado, y porque era el único que tenía valor para meterse en la urna. El plan era iniciar un cortejo con el cuento de que la familia del muerto lo había dejado abandonado porque no tenía para el sepelio, y había que recoger dinero para pagar la parcela del cementerio. Entonces, todos fueron a sus casas a trajearse elegantemente.
A las seis de la mañana del domingo, comenzó el cortejo fúnebre por la avenida principal del barrio. Iban turnándose los ocho jodedores con la urna y con las botellas de ron. Cada uno llevaba una botella en su bolsillo, y cuando a alguien le tocaba soltar la urna, se la empinaba con voracidad embriagado de la emoción de sentirse uno de los seres más jodedores de la ciudad, de la nación y de toda la bolita del mundo; se sentían verdaderos héroes de las mamaderas de gallo. Los primeros adeptos a la procesión fueron los borrachos amanecidos, temerosos de abandonar la parranda y enfrentar la resaca y la existencia real. Luego, se sumaron los otros habitantes del barrio que habían dormido su noche placenteramente. Fueron saliendo como hormigas desde las casas, atraídos por el magnetismo de aquella caja metálica de un color azul que se hacía más magnética en la medida en que el sol se encendía. Fueron alimentando el cortejo curiosos; plañideras de profesión que no se perdían un velorio; viejitas católicas, quienes cual computadoras programadas para rezar rosarios, comenzaron su trabajo de transmisión del espíritu del muerto hacia el purgatorio; perros acompañados por sus niños callejeros… y gatos sin dueño que observaban el cortejo desde las aceras, cercas, techos y árboles, cual corresponsales del más allá.
Llegaron a las dos primeras casas a pedir dinero, pero cuando empezó a sudar como cochino en caja china, Rafael Augusto se sintió por primera vez víctima de su propia maldad. Llegaron a la casa de Arminda la planchadora, colocaron el muerto en la sala, y las decrépitas computadoras comenzaron a rezar el Santo Rosario, mientras las plañideras, esperanzadas en que habría algo de dinero por sus servicios, las acompañaban con sus profesionales llantos y lamentaciones. Desde dentro, Rafael Augusto decidió salir para respirar un poco, y tocó unos golpes en la tapa de la urna. Todos, en sincronización, hicieron un silencio absoluto. Esperaban que sonara de nuevo la urna, y al mismo tiempo rogaban a Dios que no pasara. Sonaron otros tres golpes desde dentro del féretro, y casi todos salieron corriendo despavoridos. Las plañideras y las viejitas rezanderas parecían gacelas saltando por las ventanas y sobre las cercas y portones. Se quedaron los más valientes para ver el desenlace… Entonces, Tubalcaín se acercó a la urna con maestría teatral, y ayudado por los enrojecidos ojos trasnochados y borrachos, miró a los que se atrevieron a quedarse y dijo: ¨No creo que sea bueno abrir esta caja, pues podría ser que el muerto haya resucitado y se lleve con él a unos cuantos¨. Clímaco mostraba sus lagrimones de risa intentando esconder su sentimiento de burla con cara de llanto, pero eran tantas las ganas de reírse que le explotó la carcajada en su garganta, y tuvo que engullirla tragando un poco de ron y tapándose la boca. Todos paralizados y en silencio, no le quitaban la vista a la caja mortuoria. En unos segundos más, la tapa de la urna se abrió bajo el empujón violento de Rafael Augusto, quien como un resorte se sentó con los brazos extendidos hacia el frente. Los cómplices se arrodillaron y gritaban ¨Milagro… resucitó¨. Los curiosos, incluyendo a la dueña de la casa, quienes desconocían la jodedera, corrieron hacia fuera de la casa, pero su curiosidad era tal que se quedaron asomados por las puertas y ventanas para ver el desenlace de aquel fenómeno, asegurándose de no perderse el espectáculo. A la vez, trataban de mantenerse fuera del alcance de aquella especie de maldición. Entonces, Rafael Augusto se sacó los algodones de la nariz, y se dirigió a sus cómplices: ¨Si no me dejaron ron, los voy a meter a todos en esta misma urna, y me los llevo al infierno conmigo... La botella que yo llevaba me la mamé toda!¨
El estupor de quienes asomados por puertas y ventanas vieron a Rafael Augusto no se debía a que estuviera muerto, vivo o resucitado, sino a la magnitud de la maldad. Era de esperarse que su próxima maldad fuera extraordinaria, pero no se imaginaron que tuviera el atrevimiento de vestirse de muerto, meterse en una urna y hacerse pasear por todo el barrio. Por eso, no reventaron en risa. Cerraron puertas y ventanas, y se quedaron bebiendo ron en la sala, buscando salir del estupor y encontrarle la diversión a aquella broma tan pesada. Luego de unos minutos, los tragos de ron les devolvieron a todos la capacidad de divertirse. Rafael Augusto explotaba de orgullo por el contundente éxito de su travesura. Más no conforme, siguió girando instrucciones.
-¡Que siga la parranda y la jodedera! Hay que comprar más ron con lo que recolectamos y seguir el cortejo.
Buscaron el ron, y después de acabar con la primera botella, abrieron las puertas de par en par de la casa de Arminda. Consiguieron al pueblo espantado al otro lado de la acera, esperando un desenlace o una explicación lógica de lo que ocurrió. Entonces, los cómplices salieron cargando el féretro. Muchos abandonaron la procesión aterrorizados. Otros, avergonzados de su cobardía, continuaron acompañando al muerto para ver si se levantaba de nuevo... Inocentes de lo que ocurrió, perros, gatos y niños callejeros seguían fieles al cortejo. Luego, se agregaron otros que no habían visto la resurrección de Rafael Augusto.
Entre tanto, los hijos de Don Arcadio habían pasado la madrugada buscando la urna de su padre por todo el barrio. Era un punto de honor descubrir quién había ofendido a su difunto, tomar venganza y regresarle a su padre la urna de color azul eléctrico que había pedido en vida. Entonces, les dijeron que había un cortejo fúnebre en el lado sur, hacia la avenida Padilla. Hermógenes, el hijo menor del difunto, preguntó quién había muerto. Alguien le dijo: ¨Qué muerto del carajo; es otra jodedera... No sé qué gusto le encuentran a meterse en una urna a sudar como un cochino, y asustar a la gente¨. Sabiendo de sus antecedentes, fueron a la casa de Rafael Augusto a cerciorarse de que no estuviera durmiendo. Hablaron con su madre, Doña Palmenia. En efecto, su hijo no había regresado en toda la noche. Se despidieron de la anciana, y se apresuraron a alcanzar el cortejo fúnebre, pues era fácil deducir lo que ocurría. Eran las once de la mañana cuando Plutarco y sus hermanos habían alcanzado el falso cortejo, y se indignaron al ver la urna azul de su padre danzando en manos de borrachos mamadores de gallo. Los cómplices del falso difunto se regocijaban de su maldad, al ver a los jóvenes llorando, pues en su borrachera no podían reconocer a los hijos de Don Arcadio. Sólo Arsenio los reconoció, pero no se atrevía a decir nada a nadie. Astutamente, Plutarco tomó uno de los flancos de la urna. Luego, uno a uno, los hermanos se apoderaron del cortejo, por lo cual podían dirigirlo a donde quisieran. Plutarco se percató de que Arsenio lo había reconocido, y lo miró con fulminante rencor con sus ojos enrojecidos y brotados por el indetenible llanto de toda una madrugada. Colocó su dedo índice sobre sus labios babeados, ordenándole hacer silencio. Arsenio obedeció bajando la mirada, y lo estremeció la vergüenza y el miedo al muerto, pero especialmente a sus hijos, quienes no se quedarían sin tomar venganza. Los verdaderos dolientes, esta vez con la complicidad silenciosa de Arsenio, dirigieron el cortejo fúnebre hacia la calle donde se ubicaba la casa del mismísimo Rafael Augusto, quien obviamente no podía saber la ruta que llevaban.
Cuando llegaron al frente de la casa de Rafael Augusto, Plutarco hizo detener el cortejo, y orientó el féretro hacia el frente. Éste y sus hermanos arrastraron la procesión hacia el portón de entrada, y una vez frente a éste, miraron a la madre de Rafael Augusto, quien esperaba de pie desde hacia rato a su hijo parrandero. Entonces, Plutarco hizo bajar el féretro al piso, y lanzó un grito de dolor tan profundo que apagó todos los ruidos del barrio:
- ¡Señora Palmenia, que dolor tan grande el que yo siento, por mi padre, por usted… por su hijo!
Al escuchar este clamor, Rafael Augusto comprendió que debía salir de inmediato de la urna y acabar con la travesura, pero fue demasiado tarde… La señora Palmenia ya estaba gritando de dolor, al ver el féretro. La viejita se arrodilló frente al muerto colocado en el piso… Lloraba, mientras miraba a todos los amigotes de su hijo, que ya empezaban también a llorar de tristeza al ver que esta vez la víctima de la travesura era la pobre anciana. Todos se conmovieron, y el llanto se hizo colectivo, porque lloraban los inocentes que entendieron en el momento que Rafael Augusto había muerto; lloraban los que sabían que era una mamadera de gallo que se estaba convirtiendo inevitablemente en tragedia; y los hijos de Don Arcadio, quienes lloraban por una mezcla de rabia y dolor, debido la profanación que hacía aún más trágica la pérdida de su padre. Alguien quiso abrir la urna para acabar con la agonía del momento, pero Plutarco lo detuvo, y exigió absoluto silencio en honor al difunto. En realidad se proponía poner a Rafael Augusto en una encrucijada. El impostor comprendió que tenía que tomar la decisión de salir de la caja y enfrentar su propia tragedia, pues sabía que los hijos de Arcadio evitarían a toda costa que alguien explicara a su madre que era una broma. Sabía, en resumen, que esa era su venganza: obligarlo a darle la cara a su propia madre, a los dolientes de Don Arcadio y al pueblo entero. El bellaco quedó paralizado y frío. Por un momento sintió que sí estaba muerto de verdad, porque en la encrucijada en la que se hallaba, prefería morir que ver muerta a su madre por causa de su jodedera. Se sintió esclavo de su propio poder de decisión, pues sólo había una salida: la tapa del féretro. Entonces, el silencio dejó escuchar las aterradoras bisagras de la urna, desde dentro y desde afuera.
Cuando se abrió la caja, una luz fulminante le mostró la verdad de su entera vida, y descubrió por primera vez que era un ser sin sentido existencial. Al espíritu burlón lo invadió un sentimiento de culpa y de vergüenza por convertir a su madre y a él mismo en víctimas de su propia travesura. Sintió lo que tal vez todo espíritu burlón siente cuando debe pasar la prueba del purgatorio por sus fechorías. Sintió que había sido sepultado, y que estaba siendo recibido en el infierno. Todas sus fechorías pasaron como una película frente a su conciencia. Faltaba el siguiente paso: levantarse y abrir los ojos ante el rostro de su madre, quien lloraba desesperadamente por la muerte de su único hijo. ¿Qué hacer luego... decirle ¨Mama Palmenia, no es en serio, es una jodedera… yo estoy vivo?¨. En ese momento, la anciana levantó la mirada, y sus endebles brazos se abrieron lo más que pudieron para arrullar por última vez a su hijo, aún dentro en la caja. Ella continuaba derramando su dolor sobre el impostor. Entre tanto, Plutarco y sus hermanos lloraban desconsoladamente por la muerte y humillación de su padre, quien aún yacía tirado en un sofá de la funeraria como un desecho, esperando por su urna. Entonces, Hermógenes, más joven y con más malicia que sus hermanos mayores, consumó la venganza con un grito:
- ¡Doña Palmenia, lamento mucho esta tragedia!
- ¡Dios me ampare... mi único hijo… por qué, Señor de los Altos, Virgen de Chiquinquirá… que va a ser de mí... solitaria me voy a morir de tristeza!... ¡Todavía estáis calientico y hediondo a ron mijo, seguro que pasaste la noche parrandeando y gozando un bolón! – decía llorando - ¡Yo me quiero ir con vos mijo, me quiero morir, no me quiero quedar sola en esta casa, en este mundo… llevame Rafaelito, llevame con vos mijo! ¡Alguien que me agarre, que me muero!
Entonces, desvanecida, corrieron a socorrerla, y mientras le daban agua y le ponían un trapo con ron en la nariz para reavivarla, Rafael Augusto tomó la decisión de levantarse y hablar con su madre y explicarle. La anciana vio la resurrección de su propio hijo, y cayó sobre los brazos de Plutarco.
-¡Mama Palmenia! - gritó el resucitado, invadido por un dolor descomunal, acompañado por la vergüenza que nunca sintió en su vida por todas sus maldades.
Salió de la urna, recibió el cuerpo de su madre de los brazos de Plutarco, y comenzó a derramar sobre ella lágrimas incontenibles y baba de borracho. Entonces, Plutarco y sus hermanos tomaron la caja azul, como quien recupera un objeto que injustamente les fue arrebatado, y comenzaron a caminar hacia la funeraria, desde donde el verdadero dueño de la caja esperaba para ser sepultado dignamente.
En media hora, ya había un féretro para la madrecita de Rafael Augusto. Los hijos de Arcadio habían calculado todo. Unos amigos de Plutarco lo traían en una camioneta, y colocaron a la anciana dentro de la urna. La dejaron tirada en el piso de la sala, y le dijeron a Rafael Augusto que esperara a los funerarios para prepararla y montar el velorio. El mamador de gallo le tocó acompañar a su madre en absoluta soledad durante toda la tarde, pues sus cómplices se fueron al patio de la casa de Jorge Alberto, y se sentaron en silencio debajo del árbol de mango, aún ebrios de cobardía y aguardiente. Además, parecía que nadie en el barrio podría darle un pésame que tuviera un sentido a un mamador de gallo que acabó con la vida de su propia madre con una de sus travesuras. Frente al cuerpo de la anciana, Rafael se empinó en dos tragos una botella entera de ron, mientras lloraba desconsoladamente y esperaba a los preparadores. Entonces, escuchó un sonido como el que él mismo hizo desde dentro de la urna, y por primera vez, creyó en los milagros. Se espantó al principio, pero se llenó de valor, y le rogó a Dios que le concediera un milagro. Prometía en silencio no volver a joder más. Volvieron a sonar las bisagras, y Doña Palmenia salió de la urna con los brazos alzados y los ojos volteados. Rafael Augusto se acorraló a sí mismo contra la pared y cayó de rodillas sin sentir piedad de sus rótulas. Pidió perdón a Dios y a su madrecita, mientras ésta avanzaba hasta su hijo a paso de resucitado. Entonces, la muerta habló:
- Te gusta la jodedera, ¿verdad, muérgano? ¡Cómo es posible, pedazo de diantre, que no descanséis nunca de echar lavativa! ¿Cómo pudiste faltarle el respeto de esa manera tan malvada al difunto Arcadio? Te gusta joder con los muertos, pero con los muertos de los demás, porque habéis pasado toda la tarde llorándome como una Magdalena. Seguro que mientras estabas rejodiendo con la pelona, las botellas de ron y los amigotes tuyos, que por cierto, te dejaron sólo como un pobre güevón con tu muerta, no te acordaste de la angustia de tu pobre madre que te espera todas las noches con un Cristo Aparecido entre las manos, rogándole que aparezcáis vivo. Más bien pensaste que te ibas a graduar de mamador de gallo si le preparabas una burla a tu viejita. Menos mal que los hijos de Arcadio me dijeron que vos querías pegarme un susto haciéndote el muerto. Vos estáis loco, vergajo, porque si te me presentáis en esa urna sin yo saber que era una jodedera tuya, me hubieras matado del susto y del dolor. ¡Vos no tenéis piedad ni de tu propia madre, demonio! Vos creéis que sois el más jodedor de la bolita ´el mundo. Pero ya veis que los hijos de Arcadio, serios y respetuosos como son, y todavía llorando por su padre, pueden ser más mamadores de gallo que vos, porque esta burla que te estamos haciendo la ideamos entre ellos y yo. Vos salís jodedor a tu madre, pendejo. Lo que pasa es que yo no perdí el tiempo fregándole la pita a los demás. ¡Qué ardita, lo que te lució el chiste fue candanga!¨
- ¡Mamacita, resucitaste... resucitaste! ¡Dios me escuchó... Dios me escuchó! - dijo el jodedor embriagado y trasnochado, convencido de que su madre había muerto y resucitado.
- ¡Dios te escuchó, verdad... pero ahora vos vais a escuchar a Dios, malayo!
Doña Palmenia se dirigió a su habitación, abrió el baúl de los recuerdos de su difunto esposo, y sacó un cinturón de cuero. Tomó su fotografía y le habló: ¨Esto es lo que debí hacer hace mucho... Tanto que me lo dijiste, Viejo... y yo, en cambio, alcahueteando y protegiendo a ese sinvergüenza, a cuenta de hijo único¨. Se dirigió a la sala donde Rafael Augusto aún permanecía arrodillado y llorando. Entonces, la anciana le dejó caer una lluvia de correazos. El muchacho gritaba a cada golpe ¨¡Milagro... Milagro... Milagro!¨, mientras doña Palmenia le decía: ¨Milagro si no te levanto los cueros del espinazo con esta correa, gran carajo!¨
La familia del difunto Arcadio regresó a su vida normal de cualquier familia decente que ama y respeta a sus vivos y a sus muertos. Rafael Augusto, solitario y sin amigos, quedó sentado para siempre en las escalinatas de la Iglesia de Santa Lucía, como el hazmerreír del barrio. Allí se fue pudriendo en cuerpo y alma, reproduciendo mentalmente todas sus maldades y la imagen de su madre muerta. Los feligreses lo veían mugriento y balbuceando: ¨ Mama Palmenia, perdón... Diosito, perdón… Virgencita, perdón, perdón… Arcadio, perdón... gaticos, perdón... Renato, perdón... burrito, perdón... zamurito, perdón... Plutarco, perdón...¨. Se aprendió el rosario de tanto escucharlo desde las escalinatas de la iglesia. Después de tener como único oficio la jodedera y la mamadera de gallo, Rafael Augusto se dedicaba única y exclusivamente a pedir perdón. Al final, se convirtió en una curiosidad turística más, para quienes visitaban el histórico barrio, pues la historia se hizo famosa en toda la región. Sus cómplices permanecieron simplemente alcohólicos, porque no tuvieron el valor de regresar a la sobriedad y soportar las burlas. Cuando doña Palmenia aparecía con el cinturón de cuero, Rafael Augusto corría como un loco gritando: ¨¡Milagro... Milagro... Milagro!¨. ¨¡A bañarse, muchacho cochino, que de mamador de gallo te habéis convertido en un pordiosero!¨, gritaba la viejita detrás de él con el cinturón en la mano. Y Rafael Augusto obedecía a su madre resucitada, porque de ello quedó convencido para siempre.
Nunca juegues con la muerte… es cosa seria que ha de venir inevitablemente y cuando nadie la espera… es inútil tratar de simularla para perderle el miedo, pues cada uno tendrá la propia, incompartible, irrepetible y exclusiva.





