Terapia con el dolor ajeno
A Grecia Carbonell, Valbuena para siempre
Era un funeral de pueblo, común y corriente: un dolor dentro de una caja; unas cortinas marrones con hilos dorados que han soportado el dolor de muchos; unas candelas falsas que tratan de brindar una esperanza que no muestran, unas sillas grises metálicas, unas ocupadas y otras vacías; personas que duermen sentadas en ellas; personas que lloran paradas frente al ataúd; otros que ríen de viejos y nuevos chistes o anécdotas (invitados por sí mismos y de sí mismos, presencias necesarias para comprender que la vida sigue); tragones que van a matarse el hambre con galletas y café; bebedores de aguardiente que no saben quién se murió.
Este es el marco patético de un cuadro muy doloroso: un viudo y sus tres hijos necesitados aún de cuidado y cariño materno. Se sabía que no bastarían las tías ni los abuelos para sustituir a aquella persona llena de virtudes morales y afectivas, a aquel ser irrepetible. El viudo, llenándose de valor, trataba de hacer sonreír a sus hijos confusos, pero cuando ellos se retiraban a comer o a dormir, se encendía en él un sentimiento de enamorado despojado y solitario que se escuchaba en su gemido, y que se le veía resbalar en unos lagrimones que salían sin esfuerzo de aquellos ojos enrojecidos por el trasnocho y el recuerdo.
Recordaba aquel amor que nació en la infancia, se hizo intenso en la adolescencia y maduró en la adultez con la faena de criar niños. Hoy, la muerte interrumpía irónica, inexplicable, irreparable, despiadadamente esta historia de amor. Hoy, maduro, recordaba aquellas dos almas inocentes que emprendían todas las tardes unas carreras desbocadas hacia el río, acompañadas de risitas de montunos, las cuales tratando de disimular tanta felicidad, muy al contrario, la delataban. Recordaba aquellos baños, primero inocentes y luego descontroladamente eróticos. Nunca supieron en cuál de esos chapuzones salió preñada. Tampoco supieron contar los meses de embarazo. Recordaba la angustia de unos adolescentes ignorantes esperando treinta días más que se tardaron nueve meses. Ahora, frente al ataúd, recordaba su matrimonio con la barrigona de siete meses de preñez parada frente al altar de la iglesia del pueblo, y se sentía aún más orgulloso. La dura vida de campesino no podía darle sentido a su existencia sin los besos de despedida o bienvenida de su amada y sin los mares nocturnos, tibios y apasionados, que compartía con su mujer.
Pensaba ahora en su primera noche de soledad después del sepelio, y entendía la profundidad del fenómeno de la muerte... imaginaba su cuerpo desintegrado y absorbido por la misma tierra que él labraba. Pero pensaba también en su alma de mujer piadosa, amorosa, fiel y entregada a sus hijos y lo invadía la certeza de que la muerte no era definitiva, pues su profunda fe católica lo tranquilizaba. Sus músculos faciales iban del desencajo a la serenidad, del llanto a la sonrisa tenue y disimulada, y su mirada sobre el ataúd se perdía entre parajes, sitios, momentos, palabras, sentimientos, risas, llantos y gritos de aquellos tiempos.
Era verdaderamente un funeral común y corriente visto desde afuera; y normal, visto desde dentro. Todo transcurría en una atmósfera de profunda paz con un fondo de murmullos, llantos y risas respetuosamente lejanas que penetraban más por el alma que por lo oídos. Hasta que llegó aquel extraño hombre y se sentó al lado del viudo. Primero, no decía nada, solo miraba; luego se echó a llorar y se abrazaba con el doliente, quien naturalmente reventaba en llanto; pero se calmaba cuando se preguntaba quién era aquel personaje. No era un borracho que quisiera aguardiente, pues no tenía aliento etílico. No era un familiar desconocido, porque era muy distinto a todos ellos. No era un amigo de la infancia, pues todos se quedaron en ese pueblo, y compartieron toda su vida con él. No había justificación para que estuviera allí llorando, pues no lo hacía como una falsa plañidera, sino como un verdadero doliente.
Cuando se calmaron ambos, el viudo le preguntó:
- ¿Quién eres?
- Yo soy el que faltaba para unir nuestro dolor en un solo llanto que llegue y remueva su alma de su cuerpo, y la conduzca al paraíso que ella merece. - dijo solemnemente, pero con la voz quebrantada por el llanto que apenas se había apagado.
El visitante reventó de nuevo en llanto, y el viudo no pudo contener el suyo. Sin embargo, fue más fuerte el misterio y la curiosidad que el mismo sentimiento, y paró de llorar de manera casi abrupta.
- Pero dime… ¿Quién eres?
- Un amante... de la belleza... del amor... de la pasión... del ser que yace inerte... – continuaba solemne y con voz quebradiza, como de telenovela.
Continuó llorando, pero el viudo no lo siguió esta vez. La curiosidad se convirtió en intriga con aquellas palabras aisladas: amante, belleza, amor, pasión, ser inerte… Las escuchó separadas, e intuyó el cinismo, pero trató de borrarlo de su inteligencia.
-¿Quién eres? … ¡Dímelo! - , preguntó gritando hacia adentro de su garganta, con la mirada fija en los ojos del visitante, tratando de leer la verdad en su alma - ¿Quién eres? – repitió más calmado y concentrado en recibir una respuesta clara, esta vez con la mirada fija en su boca, como tratando de atrapar la verdad en cuanto salieran las enigmáticas y poéticas palabras de aquella boca con verbo dramatúrgico.
- ¡Ya te lo dije! - respondió gritando con los dientes pegados y los ojos ya diabólicos, dejando ver de éstos sólo la carnosidad de su conjuntiva.
- ¡No me has dicho nada que se pueda entender! - respondió el viudo en los mismos términos.
Nadie se dio cuenta de que había empezado una discusión, pues los murmullos y los rezos encubrían aquella riña íntima.
- Eres un viudo muy lento para pensar – dijo con palabras esta vez sólidas y firmes y con una parsimonia y una sonrisa que alardeaba inteligencia.
- Creo que no soy lento... solo necesito que tú seas más rápido y claro.
- Dije "amante"; he allí la clave. ¡Adivina el acertijo, muchacho!
- ¡No quiero claves! - gritó el viudo ante al provocación eficaz de la palabra amante y el subestimación contenida en la palabra ¨muchacho¨.
Aquel grito paralizó el murmullo y los rezos, y continuó su eco entre el estupor disimulado de los presentes. El misterioso visitante reinició su llanto desesperado y desesperante. Reiniciaron los murmullos y rezos, y el visitante alternaba un escandaloso llanto con una risita chillona y burlona, como quien con interruptores apaga un circuito y enciende otro. Entonces, el viudo percibió en el momento que no era un doliente; que a aquel despreciable hombre no le interesaba un carajo la muerte de su mujer, por lo cual reinició su ataque:
- ¡Habla o te echo de aquí a patadas, espíritu burlón!
El visitante reventó esta vez en carcajadas, pero las disfrazó brutal y cínicamente con el llanto... en plena sala, abiertamente, diabólicamente, descaradamente, con el mayor volumen de voz posible y unos lagrimones de diversión que convencía a la mayoría de que estaba llorando. Los presentes hicieron silencio para escuchar aquel llanto tan extraño y anormal, ambiguo, misterioso. Todos lo observaron cuando salió al patio para reventar en carcajadas. La gente no podía definir si era llanto o risa, porque continuaba soltando lagrimones. Definitivamente, aquel hombre era un verdadero enredo de afectos para todos los presentes. Ante este cinismo y semejante burla, el viudo quedó paralizado, y una vez más, solitario en la sala. Así, pues, comenzó a pensar y a atar cabos sueltos utilizando como nudos las palabras, las actitudes y los sentimientos confusos del extraño visitante. Concluyó, entonces, que se trataba del amante de su esposa difunta. Entonces, su dolor se hizo doble por un momento, luego sus sentimientos se enredaron en su alma como serpientes multicolores y por último, todo su afecto se convirtió en ira.
Pensó en muchas cosas, esta vez con el rostro y la respiración de toro arrecho. Recordaba aquella historia romántica como el peor de los ridículos. Se sentía un ridículo Romeo, traicionado por la más vil y descarada Julieta. El río de aquel amor se hizo rojo y espeso, y los bailes de aquel romance un danzar de buitres. Los besos se hicieron mordeduras de animales sin especie alguna, y los hijos... ratones y sapos. La rabia revolvió toda la química de su sangre y su alma, y entonces, se levantó de la silla con la cara hacia el piso, escondiendo su vergüenza y sus homicidas intenciones, y caminó hacia el patio, donde sabía que estaba el despreciable visitante. Lo encontró encorvado con una mano en la cintura y la otra apoyada en un árbol, recuperando el oxígeno, perdido por la descomunal risa. El viudo se abalanzó ferozmente sobre él, y lo asió por el cuello antes de que terminara de tomar una bocanada de oxígeno, convencido de que la estrangulación sería más eficaz. Cuando apretaba el cuello del visitante, entraron los paramédicos y enfermeros con camisa de fuerza e inyección en mano. Al ver a los dos hombres desquiciados en aquel desenlace casi fatal, los paramédicos decidieron repartir los tranquilizantes, según las necesidades. Visto que al visitante le faltaban fuerzas por la falta de oxígeno, debido más a la risa que al estrangulamiento, y que al viudo le sobraban energías para seguir alterado, al visitante le fue asignada la camisa de fuerza antes de que recuperara las energías y al viudo la inyección antes de que las incrementara.
- ¡Cálmese amigo! – le decía uno de los enfermeros al viudo, mientras le aplicaba la inyección - siempre hace lo mismo: se mete en los funerales, averigua la vida del muerto entre los presentes, y luego comienza a hablar mal del difunto, hasta que todo termina en riña.
El viudo sintió que sus brazos se desplomaban por el efecto inmediato de la fuerte droga. Su estado consciente le permitió comprender en un solo chispazo lo que estaba pasaba, y entonces un segundo más tarde, dos gigantescos sentimientos chocaron violentamente cual trenes en su alma, que abría sus puertas ante la progresiva pérdida de la conciencia: un sentimiento de sosiego al descubrir que su esposa siempre le fue fiel, y otro de vergüenza por haber desconfiado de su integridad, explotaron en su cabeza, y cayó como un plomo. Cuando el visitante gritaba sus ofensas, esta vez llorando desesperadamente al verse atrapado de nuevo, el viudo estaba casi completamente dormido, por lo cual escuchaba apenas voces lejanas y confusas. Fue la primera, la única y la última duda que un hombre sereno y orgulloso sintiera de su difunta, sólo porque una vez más un loco se escapara del manicomio para molestar las almas de los dolientes y sus difuntos.
Los sentimientos humanos son las certezas más seguras que tenemos, pero cuando verdaderamente necesitamos confiar en ellos como algo absolutamente sólido, aparecen fantasmas, muchas veces de carne y hueso, a sacarnos de quicio y a hacernos dudar de lo que sentimos por nuestros más profundos amores. Dios acoja el alma de la difunta, pero se apiade sobre todo de la del viudo y la del loco.

