Un genio atrapado en un cuello de botella
A las Primarias y Primarios Bastidas, soldados de la vida.
¡Qué excelente estudiante fue siempre el difunto Ingeniero Teniente Coronel John Vásquez! De niño fue la admiración de muchos por su aguda inteligencia y su poderosa memoria. Con sólo tres años de edad, era capaz de recordar los mínimos detalles de los sitios visitados, los nombres de los amigos de la familia y de los vecinos de casi todo el barrio. Desde los cinco años, cada mañana, recordaba a su padre y a su madre las cosas que tenían que hacer, no sólo porque escuchaba en la cena de la noche anterior los comentarios de la agenda del día siguiente, sino también porque su sentido lógico le permitía deducir las cosas que había que hacer cada día; el menú, las cuentas por pagar, el mantenimiento de la casa y el automóvil, las gestiones legales… Sus maestros se veían en apuros cuando el muchacho disparaba ráfagas de preguntas, casi todos relacionados con el tema de la clase, pero siempre más allá de los objetivos específicos del día. Algunos docentes, cansados de su presión inquisidora, lo mandaban a callar con cierta ira; otros, más astutos, lo remitían a la biblioteca, no para que disipara sus dudas consultando los libros, sino para deshacerse de él por un buen rato; otros quedaban pasmados o resignados ante el hecho de que su discurso, su clase, tan bien preparada la noche anterior con láminas, fotografías y un excelente esquema, fracasara irremediablemente ante la incontenible curiosidad y sentido de la duda de John. Sus temas de conversación, ya desde niño, no eran del agrado de sus compañeros: la vida, la muerte, la niñez, la fraternidad, la tecnología, la ciencia... De adolescente, su precocidad filosófica fue celebrada por la prensa, la radio y la televisión.
En la universidad, y a costa de la paz institucional, siempre fue líder fundador de grupos ambientalistas, pacifistas, de defensa de los derechos humanos y antirracista, por lo cual siempre lideró revueltas estudiantiles o civiles. Sus convicciones con respecto a la paz, la igualdad y el derecho a la vida parecían indoblegables. Sin embargo, considerando este perfil psicológico, sus dotes de profundo pensador humanista y sus ideales y su vocación social, era difícil explicarse por qué decidió estudiar Diseño Industrial. De hecho, con toda su trayectoria de rebelde con causa, nada podían hacer las autoridades académicas para deshacerse de él, pues ostentaba el mejor promedio de notas en en la carrera más prestigiosa de la institución, además del respaldo tanto de los grupos más inteligentes como de los más facinerosos.
Una vez avanzado hacia los últimos semestres, a las autoridades no les quedó otra salida que ofrecerle un puesto de auxiliar docente como estrategia para debilitar su arrastre como líder y devolver a la universidad el prestigio disciplinario perdido. La experiencia de zorros viejos de las autoridades universitarias logró su cometido. Su sed de experiencias nuevas y su extravagante e inocente esperanza de luchar por sus ideales desde un puesto más cercano a las autoridades, lo hicieron aceptar precipitadamente.
Después de unas cuantas quincenas cobradas y unos cuantos cursos convalidados inexplicablemente, incluido un informe de mantenimiento preventivo que las autoridades validaron como trabajo de grado, no pudo darse cuenta que ya estaba convertido en un adulto con todas las características que había combatido hacía apenas menos de un año. Su título lo recibió sin gloria en la secretaría de la universidad, porque no quiso esperar un semestre más para el correspondiente acto, Todo había perdido el encanto que sus padres imaginaron en un pomposo acto académico. Había caído de repente en la soledad egoísta del profesional ambicioso, pragmático y utilitarista. Todos los compromisos y ataduras afectivas se habían reventado en su corazón: no escuchaba, no amaba, no reía, no lloraba… sólo pensaba en el futuro…subir y subir, sin mirar bajo… ni a los de abajo, ni a sus padres, ni a sus amigos, ni a sus docentes.
Esa peligrosa inocencia disfrazada de ente poderosamente inteligente y precozmente experimentado que adquieren los jóvenes adultos cuando se estrenan en la vida laboral le abrió el apetito por los alcances profesionales, y lo mantenía al acecho de cualquier oportunidad trascendental que le impulsara aún más alto. El destino se encargó de nuevo de ponerlo en una encrucijada, aún más comprometedora, en medio de la cual, solitario como todo adulto al momento de tomar decisiones, daría un paso mucho más fácil por lo cautivante de la propuesta, pero aún más radical y significativamente trágico. Un día, un primo suyo, teniente coronel del ejército nacional, le informó que en su división se abría un concurso de oposición para diseñadores industriales. La condición era asimilarse, pero con la garantía de comenzar con un rango respetable, el sueldo correspondiente y la seguridad de obtener becas de postgrados para el exterior. John aceptó sin calcular mucho, pues de su alma se había borrado todo vestigio de compromisos con los valores por los cuales había luchado hacía poco. Sólo resonaban en su mente palabras como sueldo, becas, títulos, postgrados, carrera profesional, experiencia, éxito, Alemania, Rusia, Francia, Italia, Israel, Estados Unidos, Japón...
Lamentablemente, su inteligencia no fue suficientemente eficaz para pronosticar su calvario porque sus ambiciones le habían nublado la razón. En efecto, cuando comenzó el entrenamiento basado en el sometimiento al régimen de obediencia militar, comenzó a darse cuenta de la inevitable tragedia en la que se convertiría su propia historia personal. Obediencia ciega a cada orden de movimiento corporal o de voz, sin derecho ni oportunidad de cuestionamiento; meses de insoportable humillación diaria debido a órdenes que para él no conducían a algo productivo, sino que parecían satisfacer el instinto perversamente sádico de sus superiores, especialmente del Sargento Aristiguieta. En pocos meses, este muchacho de apenas diecinueve años comenzó a buscar en su esencia y en su pasado reciente un sentido a lo que estaba padeciendo. Con cada orden desproporcionada y para él sin sentido que escuchada de sus superiores, evocaba las imágenes de sus actos rebeldes organizados en las plazas, calles o instalaciones de la universidad, mientras gritaba en silencio ¨¡mueran los perros de la guerra! ¨. Pero su conciencia sabía que aquella rebeldía íntima era inútil y ya sin causa… Estaba atrapado en un cuello de botella… no en la botella, pues si de hecho e irremediablemente estaba en cuerpo y alma dentro de ella, su espíritu aún veía la libertad que brillaba desde la boca de la botella y que le hacía sentir una nostalgia insoportable por la libertad que parecía irremediablemente perdida.
Creía resignadamente que ya había superado todas las pruebas cuando lo obligaron a saltar en paracaídas. Pero esa prueba no fue la más terrible. Semanas después de haber terminado el entrenamiento militar, se le asignó un laboratorio. Cuando entró, se sintió deslumbrado por aquel ambiente tecnológico de última generación y el escritorio con la placa de identificación con su nombre y su rango: Teniente John Vásquez. En ese momento pensó que había valido la pena y que la pesadilla había terminado. Pero después de que el Coronel Gómez Pérez diera tiempo suficiente a John para que alimentara su ego de hombre exitoso y volviera en sí de su fantasía, fue directo al grano y le entregó la carpeta con las especificaciones del proyecto, en el cual debía comenzar a trabajar. Cuando John la abrió, la entera existencia se le vino abajo cuando leyó el título de su tarea: ¨Lanzallamas con control electrónico para uso en guerra de guerrillas¨. Frente al discurso explicativo del Coronel Gómez Pérez, John quiso protestar, pero aquél, intuyendo la intención del muchacho y haciendo uso de su sangre fría, prosiguió ignorando el rostro de desespero de John. A cada media y temblorosa palabra de réplica de John, el férreo coronel contraponía el gesto de silencio colocando su dedo índice sobre sus labios en movimiento, ayudando al muchacho a observar el oficio sellado y firmado por los superiores, como recordándole su juramento de obediencia militar. Ambos sabían que era irreversible. Con una severidad disfrazada de amor paternal, el coronel colocó su otra mano en el hombro del muchacho, quien después de dar varios pasos hacia atrás, se sintió atrapado para siempre, en un cuello de botella.
El pobre muchacho inició su marcha hacia su barraca recordando imágenes indignas que más de una vez vio por televisión en las noticias sobre las guerras mundiales, pero especialmente las de Corea y Vietnam. Niños quemados por los lanzallamas, corriendo cual antorchas vivientes y dando gritos por el horroroso dolor. Esa fue la imagen que le hizo orinarse los pantalones, para luego reventar en llanto. Llegó empapado a su barraca. Alguien comenzó una carcajada que se apagó cuando dejó rodar su mirada desde los pantalones mojados de John hasta su rostro lleno de espanto. De hecho, sus pantalones empapados no llamaban tanto la atención como la expresión aterrada de su rostro y sus ojos enrojecidos por el llanto provocado por las imágenes de niños en llamas gritando y corriendo sin dirección, y que intermitentemente fluían en su mente. Se acostó boca arriba en su litera sin escuchar a nadie... parecía un cadáver con las manos entrecruzadas en el pecho, con los ojos fijos y sin pestañear, mirando los cuadritos del jergón de la cama superior, como tratando de olvidarse del problema. Pero cuando comenzó a contar los cuadritos como quien cuenta ovejas para dormirse, en cada cuadro contado aparecía la misma imagen aterradora de los niños en llamas. No aguantó más, se levantó como un resorte y gritó tan fuerte que el compañero de arriba cayó al piso aterrorizado. Éste se levantó para desquitárselas de John, pero se paralizó y enmudeció al ver su rostro de pánico, su jadeo baboso de hombre extraviado y la torrencial catarata de sudor que bajaba por su frente. Lo peor era el olor de la mezcla de orina y sudor de soldado en pleno combate. Pasó toda la noche sin dormir con sobresaltos y gritos esporádicos. Después de unas horas, aquel olor podrido de los fluidos de su alma aterrada ya no resultaba desagradable sino trágico.
En la mañana, muy temprano, yacía sólo en la barraca, pues sus compañeros no esperaron el pito para levantarse debido a la insoportable fetidez que se había concentrado durante toda la noche. A las siete de la mañana, entraron a la barraca dos oficiales y un médico. Se trataba de su propio primo quien lo convenció de asimilarse, y quien ahora fuera llamado a intervenir; lo acompañaban el coronel Gómez Pérez y un psiquiatra del Hospital Militar. Un olor ácido e infranqueable paralizó a los visitantes en la puerta. Petrificados, se creó en sus mentes la imagen de una atmósfera con hilos de humo saliendo de barriles llenos de extrañas, peligrosas e irreconocibles combinaciones químicas. Se justifica semejante química, pues fue una mezcla de varias orinadas y sudoraciones que se evaporaron durante toda una noche, mezclados con varios vómitos de bilis, porque el pobre no quiso comer antes de intentar su propio e inútil sepelio en aquel ensopado colchón.
Pero esto no perturbó la claridad de las intenciones ni objetivos de los visitantes. Caminaron hacia su litera con sus gorras de orgullosa prepotencia, esta vez colocadas en sus caras para cubrirse la nariz y la boca. Lo encontraron en un estado que el médico llamó "delirium tremens", sudando, jadeando y temblando. El frío y metálico Coronel Gómez Pérez comentó cínicamente con el psiquiatra:
- ¡Menos mal que no ha ido a una batalla! En realidad no está aquí porque tenga vocación ni condiciones para ser militar. Ni siquiera tiene buenos resultados en sus entrenamientos. Pero lo necesitamos para ampliar nuestros proyectos de fabricación de armamentos ¡Estamos hartos de la importación y la dependencia tecnológica!
En la medida en que reconocía la voz de Gómez Pérez, John fue recuperando el sentido y comenzó a comprender el discurso del Coronel. El médico lo invitó a incorporarse.
- Levántate y hablemos de tu problema. He leíd
o tu expediente por petición del Coronel y me parece muy interesante, especialmente por tu coeficiente intelectual y tu éxito académico. También leí sobre tu movimiento pacifista y tu vocación protestataria cuando eras adolescente. Aceptaste asimilarte, por lo cual estábamos convencidos de que te habías curado de tu rebeldía. Tú sabes que el mundo se mueve con el motor del conflicto: así es la naturaleza humana… la guerra es inevitable, porque es la única garantía de que regrese la verdadera paz. No se justifica que lo tires todo por la borda sólo por satisfacer tus impulsos de adolescente rebelde. Piensa sólo en tu ascenso, una vez terminado tu primer trabajo... y luego más alto cuando termines otros armamentos más importantes y efectivos… si no lo haces tú, lo hará otro, pero seguro que irás a parar ante la corte marcial si no lo obedeces cuanto indica el oficio que se te entregó ayer. Tú sabes lo que significa obediencia militar y las consecuencias del desacato de una orden de un superior.
- !Yo... - comenzó a hablar John con voz quebrada - no puedo! – y de inmediato comenzó a gritar reiteradamente y con ahogos de llanto de regresión infantil-! ¡No debo! ¡No debo! ¡No puedo! ¡No quiero! ¡No sé!..
- ¡Pero si tú no eres quien va a utilizar el lanzallamas, ni estarás allí para presenciar su uso! - interrumpió su primo – Tú no serás enviado nunca a un campo de batalla... te necesitamos vivo y pensante.
Al escuchar estos argumentos, John dejó de temblar y se abalanzó sobre su primo buscando refugio… Este mantuvo el aliento, volteó la cara, cerró sus piernas y brazos con la firme intención de hacerse hermético a la penetración de aquella pudrición, mientras que el desesperado muchacho lo abrazaba con euforia y pedía llorando a gritos:
- ¡Tú me metiste aquí… sácame de aquí, te lo ruego!
- Imposible por ahora - respondió su primo sin aliento y casi con la boca cerrada – Si quieres salir, cumple con tu orden y espera la baja el próximo año. Si no cumples, no habrá baja sino corte marcial y no saldrás nunca. Es tu decisión.
El cachito de razón que le había dejado toda aquella tragedia le hizo entender que no podía evadir el triste final. No estaba tampoco en sus manos la decisión, por lo cual su atormentado espíritu, siguiendo un instinto básico de sobrevivencia, consiguió un repentino sosiego. Este instante de respiro, como quien se está ahogando y logra sacar la cabeza para tomar una bocanada de aire, lo trajo de nuevo a la realidad y sus sentidos básicos resucitaron. Entonces, después de tantas horas, sintió que estaba empapado de sudor y que su olor era insoportable. Pero la mezcla de ese alivio y el estado deplorable que reconocía en sí le produjeron tan infinita vergüenza que se convirtió en un tormento peor que el que había sufrido en la noche. Impulsivamente, comenzó a caminar en círculos por toda la barraca, y por fin pudo comprender su deteriorada dignidad humana al escuchar el roce casi acartonado de sus podridos y manchados pantalones. Cuando se agotó de caminar, se secó las lágrimas con las puntas de su camisa impregnada de orine seco y se sentó sobre una vergonzosa resignación, luego de lo cual los visitantes se marcharon sin decir adiós y a punto de vomitar, al complementar su ya insoportable náusea con este último detalle de mezclar lágrimas con orine. El coronel dio una orden que John escuchó con tristeza:
- ¡Sargento Aristiguieta!
- ¡Señor sí!
- ¡Mande a cambiar el colchón y las sábanas de la cama 25 de esta barraca!
- ¡De inmediato, Señor! –
Aristiguieta comenzó su marcha hacia el área de mantenimiento mientras refunfuñaba entre dientes: ¨Yo sabía que era marica… tan grandote y todavía se mea de noche los colchones… por eso es que el ejército anda de mal en peor y se pierden las batallas, por inútiles maricones como éste… ¡lo que le faltó fue cagarse, coño!¨
Por su parte, John se metió en la ducha a terminar de deshidratarse sin sentir ni ver ni oler sus tristes humores. Se vistió impecablemente, y como un sonámbulo, se dirigió al laboratorio. Se sentó a revisar la carpeta con los ojos llorosos y rojos por el llanto y el insomnio. Mientras manchaba la carpeta con las lágrimas de su conciencia, su ingenio comenzó a planificar la ejecución de su despreciable obligación, motivado única y exclusivamente por el reptil que nos hace sobrevivir en las peores situaciones.
Lloró unos cuantos días más con unos lagrimones sin gemidos que se escapaban de sus ojos sin ningún esfuerzo, y caían sobre los planos y materiales preliminares de la maqueta. Dejó de llorar delante de los demás cuando sus compañeros de barraca lo enseñaron a beber licor. Ya para cuando se hacían las primeras pruebas de su diseño, el ingeniero John Vásquez, otrora humanista joven y sano, era un alcohólico con semblante de anciano y unos ojos que nunca dejaron de ver niños quemados por sus propios prototipos de lanzallamas usados por otros soldados, pues jamás se atrevió a usar uno ni a ver en las pruebas el chorro de la muerte salir por la boca de aquella obra destructiva que fue calcinando progresivamente el alma de su propio creador. Al sentir el sonido de las llamas en cada prueba, salía corriendo desesperadamente a la barraca a buscar sus botellas de ron, vodka, güisqui o lo que fuera, lo cual compraba con su propio sueldo, o robaba del club militar (con el consentimiento de sus superiores, se entiende). Mientras todos estaban observando las pruebas, el creador se sentaba como un indigente en un rincón de su barraca a gritar con su voz afónica de alcohólico crónico: ¨¡Mueran los perros de la guerra!.. ¡Yo debo morir con ellos!.. ¡Al paredón, ingeniero John… usted arderá en el infierno con la maldita arma que usted mismo ha construido!¨.
Tenía sólo 22 años cuando murió, no se sabe si por la tristeza, por la borrachera de esa noche, debido a una cirrosis hepática o por evadir el ascenso; un ascenso que era para él una degradación moral. Nunca lo respetaron, ni después de muerto. Su esfuerzo por evitar el ascenso fue en vano, pues se le otorgó el grado de coronel en pleno sepelio, ante la mirada de lástima de sus compañeros que aún lo imaginaban dentro del ataúd con sus pantalones orinados y su camisa vomitada; y de sus pobres padres, quienes lloraban desconsoladamente la inexplicable destrucción prematura de su hijo genio.
En los caminos extensos de nuestra vida, a pesar de sentirnos seguros de lo que queremos, estamos tentados a desviarnos por los atajos cómodos y aparentemente más despejados. Pero muchas veces, caemos en los abismos más profundos de nuestra antítesis existencial. Más claro es el dicho popular: “nunca digas de esta agua no he de beber”.




