Virgen y héroe
A quien pueda interesar
La fábrica comenzaba la jornada un poco tarde, debido a ciertas reparaciones que se efectuaron con mucha dificultad en la caldera principal. Entonces, los trabajadores tuvieron la oportunidad de bromear, especialmente el grupo de Roberto, un obrero forzudo, machista, bellaco, truhán y bromista empedernido. Como siempre, la víctima de las dos horas de ocio fue Tany, un afeminado tímido y oscuro que casi nunca hablaba para evitar las burlas de los demás.
Roberto llevaba una vida pendenciera: mujeres, licor, parrandas, amanecidas en playas. Su convicción machista lo orientaba en su comportamiento. No concebía que un varón fuera casto y virgen, por lo cual llevó a su hermano de quince años con las prostitutas el día de su cumpleaños. No soportaba la presencia de los homosexuales, a quienes consideraba traidores del honor masculino. Por esa misma convicción, Roberto contaba, como es de esperar de todo buen macho, los detalles de las aventuras sexuales, lo cual llenaba a algunos de excitación, a otros de envidia, a otros de indignación por el exceso de descripción, los términos crudos y obscenos, y sobre todo, por la fanfarronería en el tono de su discurso.
Tany era un individuo endeble, a pesar de los aeróbicos. Él, ella o lo que fuera que estuviera viviendo dentro de aquel delgado y elástico cuerpo, era la creación única de una madre cursi, amante de las telenovelas, de las radionovelas, de las fotonovelas (de todas, excepto de las novelas literarias); y de un padre mujeriego chapado a la antigua, amante sempiterno de las prostitutas, y que conquistaba a las mujeres jóvenes de barrios y pueblos con promesas de matrimonio, para finalmente desgraciarles el futuro con una barriga. Antonio, a quien desde niño su madre lo llamaba Tany, sabía de esas aventuras de su padre por las discusiones que escuchaba por la madrugada. Los golpes que su padre propinaba a la pobre mujer; sus gritos de desesperación; los sollozos casi eternos cuanto la agresión terminaba, y que muchas veces se unían con la siguiente tanda de golpes; la sobreprotección que aquella humillada mujer le ofrecía a aquel niño inocente como auto compensación del propio sufrimiento. Todos estos ingredientes crearon la química perfecta que produjo en Tany una personalidad que rechazaba y despreciaba el sexo masculino.
Tany era virgen como lo vieran, como varón o como lo que fuera, pues su amaneramiento no era sino la respuesta al repudio de su padre. Nada tenía que ver con algún desequilibrio hormonal, con la imitación de patrones sociales, o con alguna violación sufrida. Sin embargo, el muchacho no dejaba de admirar y hacerle seguimiento a los homosexuales destacados en las letras, la música, la ciencia, la televisión, ni a incorporarse, una que otra vez, a las manifestaciones de calle de homosexuales, de las que por cierto, Roberto se burlaba y hacía los peores comentarios. En una oportunidad, viendo las noticias en el comedor de la empresa, se enfocaba en una manifestación de homosexuales de New York una enorme pancarta que decía: "La heterosexualidad es curable". La risa de los trabajadores fue propiciada por el comentario de Roberto: "¡Ahí vienen las maricas locas!".
Las relaciones entre Roberto y Tany eran las más llamativas del gremio de trabajadores. Demostraban que los polos opuestos se atraen inevitablemente. El primero lo hacía ver de ese modo por sus constantes bromas, especialmente cuando el pobre Tany tenía que pasar inevitablemente frente al grupo de bromistas. También en el comedor, cuando Roberto tomaba con delicadeza los cubiertos y cruzaba las piernas, imitando burlonamente a Tany. La situación más bochornosa para el pobre muchacho se daba en el baño de caballeros, cuando con ganas incontenibles de entrar, esperaba a que ningún varón estuviera dentro, mientras Roberto con silencio y sagacidad de reptil se escondía en uno de los compartimentos para sorprenderlo y decirle: "¡Oye, Nena, te equivocaste de baño!¨. Por su parte, Tany era siempre sorprendido mirando a Roberto, mirada que para los secuaces del caudillo era de deseo. En realidad, Roberto le recordaba a su padre, por lo que existía en la topología de su alma una rara mezcla de atracción y repulsión, una batalla entre Eros y Thánatos.
Cuando esa mañana comenzaba la jornada de trabajo en un ambiente alegre y de bromas, nadie podía suponer que tanta risa y entusiasmo fuera a convertirse tan temprano en una tragedia. La caldera principal, mal reparada, estalló en el primer intento de reiniciarse, provocando un incendio voraz que acabó con la mitad de las instalaciones en menos de una hora. En pleno incendio, Roberto corrió como un loco gritando auxilio y llorando como un niño. ¿Quién iba a imaginar montado sobre aquella corpulencia, un rostro inundado de lágrimas y una jeta derramando borbotones de baba en una clara demostración de regresión infantil? Su propio escándalo egoísta y cobarde no le permitía escuchar los gritos de los demás, al igual que el llanto de un bebé desesperado no le permite comprender lo que ocurre a su alrededor. Pero la suerte no favoreció su huída, pues tropezó con una viga, cayó de bruces y se golpeó levemente la cabeza. La poca sangre tiñó sus lágrimas y su saliva y al tocarse el rostro, se convenció de que era una hemorragia. La desesperación de verse caído y sangrando le hizo creer que ya estaba agonizando, tras lo cual se desmayó.
Cuando volvió en sí, Roberto veía todo al revés y en imágenes inestables. Entonces no estaba seguro de estar vivo o en la otra dimensión. En su aturdimiento, no sabía qué había pasado, porque el calor, las llamas y el humo le hicieron pensar que ya estaba en el infierno. Saber que lo merecía por su mala conducta en el mundo material lo hizo desmayarse de nuevo. Sin embargo, el mismo calor, los gritos de los heridos y los movimientos bruscos que sentía, le hicieron recobrar el entendimiento. Pudo ver entonces los pies de quien lo llevaba colgando como una res: pensó en los bomberos, pero las gomas de color fucsia y los pantalones tobilleros tornasoles ceñidos le hicieron reconocer una verdad insoportable que le hizo desmayarse de nuevo. Tany lo llevaba colgado sobre su hombro como a un animal sacrificado.
Cuando todo terminó, Roberto no quería mirar a Tany a los ojos. Primero fue el orgullo de macho dolido por su actitud de cobarde ante los ruegos de sus compañeros heridos; luego, se sumó la indignación de saber que aquel amanerado hubiera hecho el papel de héroe y no él, el machote de la empresa; por último, la vergüenza de que todos los compañeros se enteraran de lo sucedido: su llanto, sus alaridos, su desmayo y, lo peor, su "salvador". A Roberto le pareció más cómodo pensar que todo sucedió de ese modo porque Tany estaba enamorado de él. El inútil fortachón no sabía que él era apenas uno de las tantas víctimas que el muchacho había salvado, de último, se entiende. Solo quedaba Roberto, cuando una batalla entre Eros y Thánatos paralizó al héroe virgen frente al dilema de arriesgar su propia vida para salvar una alimaña tan parecida a su propio padre. Simplemente, después de haber salvado a tanta gente, el impulso por la vida se impuso, y lo sacó de la parálisis del dilema.
Roberto quedó obsesionado con su idea, y terminó cortejando a Tany entre aquel bullicio de bomberos, ambulancias, policías y curiosos. Entre tanto, los demás, sin saber que Roberto era sincero, veían los cortejos de Roberto como la habitual burla, pero esta vez sin gracia alguna debido a la decepcionante actitud de Roberto en la tragedia, y a la duda que a todos asaltó sobre si Tany fuera o no homosexual. No podían concebir que Roberto no hubiera escarmentado y continuara con la burla. Tampoco se entendía cómo aquel muchacho tan delgado hubiera sacado tanta fuerza y valor para salvar de aquel infierno a tanta gente.
El honor y la valentía no tienen sexo. Son valores profundamente humanos. La cobardía y la bellaquería tampoco. Son debilidades profundamente humanas. Roberto no entendía esto, y tal vez no lo logró entender debido a su propia naturaleza, y especialmente a lo que pasó. Tany tampoco entendió que la incapacidad moral de su padre no hace parte de su genética sexual. Tal vez ambos lo logren entender algún día, aunque del saber popular podamos aceptar que “árbol que nace doblado, jamás su tronco endereza”.
