Vocación de loco
A Antonio Valbuena, rebelde primogénito
Celestino tenía ocho años cuando su mamá lo vio por primera vez con un cartón lleno de huecos tapando la luz. Muchas otras actitudes extrañas habían pasado desapercibidas como curiosidades propias de la infancia, pero después de ésta, vinieron otras aún más extrañas que terminaron por alertar a su madre. Gracias a ella, comenzó la locura de la familia, a pesar de que trató de ocultarse a sí misma y a su marido la angustia que le provocaba un sueño profético que la despertaba todas las madrugadas empapada en sudor: Celestino corría huyendo de hombres vestidos de blanco, quienes lo atrapaban y lo controlaban con una camisa de fuerza que le tapaba hasta el rostro; una vez atrapado, dos doctores lo inyectaban con una enorme jeringa que debía ser sostenida por dos enfermeros, mientras un tercero, el más fuerte, empujaba el pistón con una violencia que hacía gritar a Celestino como a un animal. En el sueño, ella lloraba, atada con correas a una silla, mientras que un médico con enormes lentes, pero sin rostro, le mostraba una receta.
Celestino era un niño que comenzaba a vislumbrarse como un excelente candidato a ser el loco de la familia. Desde que su madre comenzó a vigilar a su hijo, los hermanos mayores chismorreaban y se reían obsesivamente de las locuras del carricito. Sin embargo, él no parecía darse cuenta, y se sumergía cada día más en su mundo. Después de que sus misteriosas conductas ya no pudieron disimularse más dentro del escenario del trajinar rutinario de la casa, la madre decidió romper el silencio, gimiendo en la cama al lado de su marido, quien no se sorprendió demasiado ante un secreto a voces.
- ¡Ay Ernesto, Celestino me preocupa! Hace unas semanas lo vi tapando la luz del bombillo con un cartón; después tomó una hoja blanca y luego un papel plástico, e hizo lo mismo. Ha estado haciendo cosas demasiado misteriosas, está muy aislado y no juega ni con sus hermanos ni con sus amiguitos. Ese muchacho como que está tocado del cerebro. No sé qué pensar, porque hasta puede ser hereditario: mi tía Celina sufrió de loqueras a los cuarenta años, después que la dejó mi tío. Además, su maestra cree que un niño tan adelantado en el cálculo no debería ser tan silencioso y aislado. Ella lo admira, pero le extraña que esté siempre tan solitario. Una vez me dijo que haberlo promovido al tercer grado no fue conveniente debido a su inmadurez. Ahora sí entiendo a la maestra. Yo creo que perjudicamos a ese muchachito.
- A mi me parece que estás exagerando. ¡Cada muchacho es distinto, mujer! – respondió el marido, tratando de darle sosiego a una madre angustiada, y tratando de darse a sí mismo una explicación tranquilizante.
Sin embargo, Ernesto hizo uso del beneficio de la duda, y decidió observarlo disimuladamente para no dar razón abiertamente a su profetiza mujer. Calladamente, vio que Celestino miraba el sol a través de un frasco transparente y luego a través de un frasco oscuro. Entonces, decidió llamar a sus otros tres hijos para encomendarles como tarea la observación disimulada de los pasos de Celestino. Éstos, quienes sólo le prestaban atención para mofarse de él, consiguieron en este encargo el más divertido juego de espionaje. Comenzaron los reportes: por la ventana del cuarto, veían cómo su hermano menor tiraba por la parte de atrás del ventilador polvos de colores para verlos a través de la luz que entraba por la ventana; amarraba plomitos a unos corchos para lanzarlos al agua; lo peor que vieron fue que sepultaba animales muertos y los desenterraba todos los días a la misma hora, para luego hacer anotaciones en una libreta que siempre llevaba consigo.
Finalmente, con sus reportes, sus hermanos convencieron a su padre, a su madre y a los niños del barrio y de la escuela de que Celestino estaba loco. Sus padres, desesperados, conversaron con los maestros sobre los sucesos, lo cual se correspondía claramente con sus inasistencias, fugas, incumplimiento con las tareas, retraimiento y su bajo promedio. Se divulgó por toda la escuela y el barrio la idea de que Celestino estaba loco, pero él pocas veces escuchó la palabra "loco"; sólo recibía distintos tipos de miradas: estupor, lástima, rabia, evasión, burla. Dada su curiosidad natural, antes que evadir, intentaba profundizar en cada mirada para tratar de leer el alma de cada cual. Estas miradas fijas de Celestino sobre los ojos de los demás reafirmaron en cada uno la certeza de su locura: "¡Celestino mira a uno con ojos de loco!", decían, sobre todo las niñas.
Por fin, decidieron llevarlo al psiquiatra, ni siquiera a un psicólogo, porque el consenso general indicaba a sus padres que ya no tenía remedio. En la consulta, Celestino llegó mirando al médico con la misma profundidad, lo cual hizo deducir al experto que no valía la pena aplicar pruebas tan caras para una familia tan humilde, cuando estaba claro que se trataba de un estado obsesivo paranoico. El médico, no pudiendo recluirlo debido a su corta edad, recomendó control absoluto y confinación a la habitación cuando fuese necesario, especialmente si quería alejarse de la casa.
Celestino pasó su infancia y llegó a la adolescencia sin educación formal, haciendo el papel del loquito de la familia, y ésta haciendo el papel de una familia con un loquito. No hablaba, excepto para pedirle a su madre algunos libros, casi siempre de literatura, filosofía y psicología, además de libretas de taquigrafía, lápices y sacapuntas. Pasaba el tiempo leyendo y observando las miradas y anotando en sus libretas las actitudes de los visitantes, libretas de taquigrafía que le compraba su madre como único tranquilizante para una enfermedad que parecía incurable.
Cuando salió de la adolescencia, se había convertido en un verdadero bibliófago, por lo cual su poder de abstracción, análisis y síntesis habían aumentado significativamente. Además de esto, su desarrollo corporal y su belleza física envidiables, y sus extravagantes actitudes con los visitantes, lo convirtieron en la curiosidad más interesante del barrio. Sus hermanos, aún ineptos y cretinos a pesar de la edad adulta, sacaron partido una vez más de su hermano menor, al vender entradas a la casa o al cuartito del loco, por supuesto a escondidas de su amargada madre y su avergonzado padre. Ellos sabían que Celestino no defraudaría al público invitado, y que haría su consabida función: reía fuertemente o lloraba desesperadamente; hacía todo tipo de expresiones faciales, mirando con odio, indiferencia o desprecio; o simplemente, salía desnudo de su cuarto, lo cual terminaba espantando a las almas asustadizas propias de aquellos curiosos que pagaban por ver a un loco de cerca para cerciorarse de su propia cordura. Pero ni los taquilleros ni los amantes del teatro patológico sabían que estas actitudes eran verdaderas, auténticas e insuperables dramatizaciones, cuyo fin era pulsar reacciones para hacer anotaciones sistemáticas y pulcras. Cada persona, analizada a través del lenguaje del rostro, le corroboraba su principio fundamental sobre el alma humana: “cada mirada es un alma, cada alma es un mundo, una forma de comprender la vida, un dolor escondido, un deseo reprimido, un placer vivido... La sumatoria de todas las almas constituyen la locura del mundo”.
Cuando la función se hizo repetitiva, los amantes del círculo del ridículo dejaron de ir, arruinando el negocio de sus hermanos. Celestino, más claro y perseverante que nunca en sus objetivos, se planteó una segunda obra, sin consideración alguna con el negocio de sus hermanos. Se convirtió en una aparente amenaza pública. Comenzó a perseguir a los pocos visitantes que llegaban por curiosidad, por obligación moral o por necesidad, como familiares, amigos y vecinos. Los perseguía desde la puerta de su cuartito, a lo largo de toda la casa, hasta hacerlos salir, y luego continuaba la persecución por todas las calles que fueran necesarias para, finalmente, acorralarlos en sus propias casas. Allí quedaba Celestino frente al portón de algún vecino, jadeando e inclinado con las manos en los muslos tratando de recobrar el aliento por la carrera, mientras que detrás de la ventana, la víctima temblaba en silencio sin quitar la vista de encima a aquel demente con mirada de diablo.
La mayor tragicomedia fue cuando persiguió a su primo Claudio con gritos de terror por más de cinco cuadras, acompañado de cuanto perro callejero quiso ser importante para alguien, aunque fuera por un día, y hacer alarde de su feroz ladrido. Claudio saltó el portón como un gato, terminando de convencer a los perros de que habían cumplido con su canalla misión. Celestino estaba frente al portón de la casa de Claudio jadeando más que todos los perros juntos, observando cómo su primo temblaba desde adentro. De repente, salió su tío con el teléfono celular en su mano. No dijo nada a Celestino, pero duplicó la intensidad del odio en su mirada, y la dirigió al instinto de conservación del loco, tal cual se debe mirar a un loco peligroso o a un perro rabioso. Su tío sentía lástima por aquel hombre tan joven desperdiciando su juventud, escandalizando al barrio, corriendo descalzo, sin camisa y en calzoncillos en plena luz del día. Su mirada no era de auténtico odio. Celestino no era tonto, y le seguía el juego, dando un paso hacia atrás y bajando la mirada. Sabía que su tío sólo quería imponer un muro psicológico entre su hijo y su sobrino enfermo. Entonces, marcó un número y respondió el padre del loco. Después de un reclamo cordial, vino la discusión entre los dos hermanos, y el tío canceló la comunicación con una clara advertencia: ”Si no lo encerráis en el hospital psiquiátrico, te lo van a joder… y si se mete otra vez con Claudio, te lo voy a joder yo, aunque sea mi sobrino y tenga que ir a la cárcel”.
Celestino, al escuchar las palabras de su tío, se preocupó, porque estaba consciente de que había traspasado la frontera de la paz de sus propios familiares, por quienes sentía afecto. Entonces, dio la vuelta y al comenzar su retorno, por respeto, detuvo su paso, pero sin dar la cara, para escuchar el regaño de su tío: ¨¡Te estáis haciendo el loco pa´ puro joder... Yo sé que vos sí entendéis lo que es un psiquiátrico, una inyección, una camisa de fuerza, unos coñazos de los enfermeros, porque tu madre me dice que vivís leyendo libros de locos... Dejá vivir en paz, no joda, no desperdiciéis así la juventud... Hacé algo útil, vago del coño!¨. Celestino aún de espaldas, sonrió de satisfacción por la agudeza de las palabras de su tío. Recomenzó la marcha, y agotado, llegó al portón de su casa acompañado por su séquito perruno. Allí yacían sus hermanos encorvados de risa en las banquetas del jardín. Celestino los miró con profunda lástima y les dijo: ¨Ustedes necesitan urgentemente un especialista en retardo mental¨. Los retardados callaron, y se estiraron en las banquetas para aliviarse los abdominales acalambrados de tanto reírse, mientras que intentaban infructuosamente meditar sobre el diagnóstico que les dio su hermanito. No pudieron, porque la risa comenzó de nuevo a nublarles el pensamiento y a retardarles de nuevo la inteligencia. Entre tanto, una vez en su cuartito, Celestino no necesitó encender la luz, pues iluminó todo el espacio con una brillante sonrisa de satisfacción intelectual. Se sentó en su escritorio, y comenzó a hacer las respectivas anotaciones.
Al siguiente día, y por insistencia de su tío, Celestino fue conducido al psiquiátrico. Camino al hospital, una expresión depresiva invadió el rostro de Celestino, entonces su madre dejó salir de sus ojos dos hilos de dolor al recordar sus sueños proféticos. Cuando las puertas del taxi se abrieron, la pobre mujer derramó un llanto que parecía mojar todo el mudo pavimento del estacionamiento del hospital. Pero al llegar a la sala de espera donde estaban los pacientes que iban a consulta, se apagó el rostro de depresión del muchacho, y tal como si hubiera recibido una sobredosis de neurotransmisores exitatorios, manifestó en todos sus gestos una enérgica complacencia y felicidad al verse en aquel lugar.
Cuando, luego de una larga espera, lo atendieron, no dejó lugar a dudas en el médico y los enfermeros de que el caso no ameritaba hospitalización, pues se suponía que debía mostrar una conducta agresiva. Al contrario, traslucía un aurea entusiasta y una expresión de satisfacción. Lo que jamás imaginaron era que el entusiasmo lo provocaba la certeza de que en ese lugar lleno de variadas miradas y de almas, terminaría de hacer sus observaciones. Entonces, el médico dijo que no era necesario dejarlo. Al escuchar esto, Celestino, sintiendo que perdía la gran oportunidad de su vida, lo miró con odio y le volteó el escritorio en un solo intento, con una fuerza descomunal nunca antes utilizada. El doctor dio un salto atrás esperando el ataque del desquiciado, pero los enfermeros activaron sus automatismos de control, y lo sometieron sin necesidad de camisa de fuerza o medicamentos, pues inteligentemente, Celestino se mostró dócil ante los empellones de aquellos gorilas vestidos de blanco. Una vez terminada la consulta y terminado el trámite de reclusión, comenzó una nueva fase de investigación de Celestino. En pocos días de hospitalización, Celestino se hizo cada vez más diplomático con el trato al personal, sorprendiendo de nuevo a los médicos. Cuando sabía que se estaba tramitando la documentación para darle de alta, Celestino arremetía de nuevo con su teatro de loco violento, pero suficiente para que nunca lo inyectaran o lo sometieran por otros medios que no fuera los gruesos brazos de los enfermeros.
Con la paciencia de todo científico, paso esos años describiendo en sus libretas todo tipo de conducta y actitudes durante el día, en distintas actividades e instalaciones del centro, especialmente en la sala de aislamiento y en la enfermería, donde aplicaban los sedantes y los electrochoques; mientras que por las noches, trataba de interpretar los gemidos de los que se resistían a dormir. De todos los casos, los más interesantes eran los mismos enfermeros. Estos personajes vestidos de blanco con un emblema en el pecho y una cruz roja en el hombro, se sentían superiores y aparentaban ser felices, pues reían mucho cuando se reunían, pero sus miradas eran vacías; no mostraban nada; no tenían expresión ni alma y evadían a toda costa la comunicación con los pacientes. Cuando se formaban riñas, estos tipos de blanco golpeaban y empujaban, amarraban e inyectaban. Muchas veces lo hacían sin justificación, es decir, cuando alguien decidía libremente no comer, o no bañarse; no responder a una pregunta; no tomarse una medicina o no entrar a su cuarto.
Hasta llegar a la plena adultez, Celestino seguía anotando en sus libretas de taquigrafía, lo cual le demostraba a los psiquiatras que sufría de una obsesión compulsiva. Cuando hablaban de nuevo de darle de alta, Celestino dramatizaba alguna de las actitudes que había copiado de las patologías que había observado, para evitar una dramatización violenta que le valiera una inyección o una camisa de fuerza. Su dramaturgia y sus conocimientos adquiridos a través de sus intensas lecturas de los libros especializados de la biblioteca del hospital, combinado con sus meticulosas observaciones, le proporcionaron una suerte de astucia súper sofisticada que le permitió estar hospitalizado durante el tiempo que así lo quiso. Además, pudo implementar terapias a pacientes en forma clandestina con una gran habilidad para no ser descubierto. Tenía a disposición suficiente material para sus estudios. Se sentía como un científico en un laboratorio súper equipado, en donde tenía todo a la mano y sin hacer el menor esfuerzo.
La profecía de su madre no se pudo consumar jamás, pues nunca dio pie para que se le colocara camisa de fuerza o para que se le inyectaran drogas. Lo que a su madre le parecía una verdadera desgracia, se convirtió para Celestino en su mayor fuente de satisfacción y felicidad: las libretas de taquigrafía. Llegó a acumular 376 libretas, jamás revisadas con detenimiento por ningún terapeuta, enfermero o loco, pues para ellos se trataba simplemente de un producto de una entre tantas mentes enfermas del hospital. Haciendo uso de su talento matemático, Celestino escribía sus ideas usando un código alfanumérico que sólo él podía entender, código que para los médicos más observadores era sencillamente un claro síntoma de una personalidad con rasgos compulsivos, obsesivos y paranoicos.
Pero cuando quiso, demostró su cordura en al primera entrevista solicitada por él mismo, y salió por la puerta grande, con todas sus libretas dentro de un morral que nadie revisó. Regresó a su casa, y su madre era feliz. Pidió una computadora de regalo e hizo un curso. Tradujo sus anotaciones al español, y luego las hizo llegar a una editorial. El paquete estaba acompañado de una misiva en donde pedía a los editores buscar un buen redactor y mejorar el estilo, la redacción y la ortografía, además de estructurar el libro de acuerdo a los criterios que ellos consideraran convenientes. También pidió que respetaran el agradecimiento que escribiera a su familia por haberlo comprendido y apoyado durante toda su carrera dcomo investigador. Los editores vieron en estas notas una inversión exitosa. Su maestra de tercer grado tenía razón: se trataba de un genio.
La publicación fue hecha sin la revisión final de Celestino, cuya falsa dirección "Hospital Psiquiátrico de Maracaibo, Av. 45, No. 15D-31, Maracaibo", y cuyo pseudónimo ¨Dr. Segismundo Giovane¨, convencieron a los editores de que se trataba de una autoridad en la materia. Se hicieron llegar 500 ejemplares al Colegio de Psicólogos, los cuales deploraron su publicación debido a su falta de seriedad científica, toda vez que su autor no aparecía en ningún registro como colegiado. Sin embargo, los colegas del “Dr. Giovane” leían con avidez, y a escondidas, aquel engendro de un demonio anti psiquiátrico. La clandestinidad impulsó el contrabando de fotocopias por todo el país entre expertos e inexpertos. Celestino terminó descubierto, celebrado por la prensa e invitado a todas partes del mundo. Su libro y su conferencia las denominó “La locura del mundo: mi larga travesía por los laberintos del alma humana”. Finalmente, contrató a un experto en retraso mental para sus hermanos, quienes ya con canas, continuaban riéndose de cualquier cosa, viviendo en la misma casa de siempre y dependiendo de sus padres.
Celestino veía dentro de sí y dentro de los demás, a ángeles y no a demonios. Por ello, decidió envejecer en el Hospital como enfermero, porque allí seguía protegido por la locura oficializada, a salvo de la locura del mundo. Al fin y al cabo, era una buena beca académica que le permitió continuar profundizando en sus investigaciones sobre los ángeles que intenta escaparse en vida del planeta Tierra.
Los demonios que la gente ve en nosotros son nuestro talento. Y terminamos avergonzándonos de nosotros mismos, sólo porque creemos en lo que los demás ven, y nunca respetamos lo que nuestros propios ojos observan. Más de un genio ha sido excluido por loco y más de un loco ha sido considerado genio. Al final, no existe una línea limítrofe clara, excepto aquélla que mal dibuja el prejuicio de las sociedades despiadadas y pobres de espíritu, quienes señalan con un dedo, y aíslan a quién no está jugando el juego de la aparente cordura de un mundo cada vez más desquiciado.



