Yo no me llamo Goliat
A mis colegas del Colegio Bellas Artes, maestros y amigos
Julián Alejandro le rogaba a su hermana que le prestara su auto nuevo, y ésta se cansaba de decirle que no:
-¡Te lo juro que yo te lo cuido como si fuera mío! – decía con la manos unidas en expresión de ruego
- No mijo, yo te conozco bien… sois un descuidado. Vos no más que estáis pendiente del físico, la pinta, el perfume y las muchachas. Seguro que por ir a buscar alguna vagabundita te metéis en cualquier barrio, y vos sabéis que aquí hay mucho atraco y robo de vehículos. Mi carro va no más que del trabajo a la casa, porque si quiero salir de noche, vos sabéis que pido un taxi. Yo no voy a arriesgar mis esfuerzos por andar apantallando. Además, sólo tiene dos meses conmigo, y no me alcanzaron los cobres pa' comprarle el seguro. ¡No quiero que le hagan ni un rayoncito!
- ¡Dámelo no más por el sábado, por favor!
- ¡No, y se acabó… y sábado, menos. No me sigáis mortificando!
Julián Alejandro seguía soñando con salir perfumado y bien vestido en un carro nuevo, a capturar mujeres. Desde los catorce años levantaba pesas hechas con potes de leche llenos de cemento, y desde que empezó a trabajar, iba al gimnasio de lunes a viernes. Su fortaleza física crecía junto con su narcicismo. Todo lo que ganaba vendiendo calcetines en el Callejón de los Pobres lo tría ese mismo día en ropa, zapatos y perfumes caros comprados en los almacenes de marcas, aledaños al mercado popular. Se vestía, y se quedaba largo rato admirándose en el espejo. Su madre y su hermana se preocupaban cada vez que salía, porque las noches de aquella ciudad estaban infestadas de delincuentes, y él era muy arrogante, atrevido y temerario. Pero ¿Quién podía detener a semejante modelo ansioso de ser admirado? Su rutina era ir todas las noches al Parque Urdaneta a comer perros calientes y arepas con pernil, y coquetear con las muchachas que se acercaran.
Pero los sueños se hacen realidad cuando son persistentes. La hermana de Julián Alejandro tuvo que viajar en avión a la capital a un curso de actualización para contadores públicos. Dejó el carro en el garaje. Escondió las llaves, y le dijo a su mamá dónde estaban, por si acaso había una emergencia con su carro, pues dejó suficiente dinero para que tomaran taxis, si la emergencia era con alguna persona. El carro era intocable, excepto para salvarlo de algún incendio o accidente. Julián Alejandro escuchó la conversación, y en el mismo instante en que su hermana cerró la puerta del taxi para irse al aeropuerto, se colgó de las faldas de su madre para que le dijera dónde estaban las llaves. Su madre lo llamó necio, y se lo sacudió con palmadas inofensivas y juguetonas. Pero el muchacho insistió durante toda la semana, y la convenció de que había que encender los carros periódicamente para que no se le trabaran los mecanismos del motor.
- ¿Te podéis imaginar, mamacita, que cuando venga mi hermanita de Caracas el motor del carro esté trancado y tenga que repararlo nuevecito como está?
-Bueno, mijo… esperáis aquí por las llaves. No me sigáis, porque no te voy a decir dónde las tengo escondidas. Vos sabéis cómo es Magali de jodía con sus vainas… lo encendéis un ratico, y después me las devolvéis.
-¡No te preocupéis, mamá. Es un favor que le voy a hacer a mi hermanita!
Julián Alejandro siguió sigilosamente a su madre, hasta saber dónde escondía las llaves. Él las recibió en sus manos con cara de quien no quiebra un plato, se metió en el carro estacionado, y lo encendió. Mientras el motor gastaba gasolina inútilmente, el joven soñaba que iba por toda la ciudad, llenando el auto de muchachas bonitas. Se juró, entonces, salir el sábado en el carro de su hermana.
Por la tarde del sábado, lavó el carro, y lo pulió con meticulosidad, mientras su madre, observándolo, le decía: ¨Mijo, ¡vos si queréis a tu hermanita!¨. Se fue a bañar y a estrenar ropa nueva, sin que su madre se diera cuenta.
-¿Vais a salir, mijo?
- ¡No mama, estoy muy cansado y me voy a dormir temprano! – gritó desde el baño.
La madre quedó intrigada por aquella extrañísima decisión de quedarse un sábado por la noche. Él esperó pacientemente hasta que ella se durmiera. Hurtó la llave del carro, lo sacó del garaje sin encenderlo, lo empujó hasta la esquina, lo encendió, y se fue feliz, secándose el sudor de la frente con un pañuelo impregnado en perfume, mientras conducía hacia su lugar predilecto. Estacionó el carro en la esquina del Parque Urdaneta, en donde acostumbraba a comer fritangas. Allí pidió cuatro arepas de pernil con ¨todos los hierros¨.
-¿Qué te le echo a las arepas, Julián? – le preguntó el chef itinerante.
- ¡De todo lo que tengáis!
Se tragó la primera en sólo dos tiempos, empujada con media lata de refresco, mientras le preparaban las otras. Se llevó sus tres arepas para comérselas en el capó del carro, de modo que todos supieran que él andaba en esa nave. Se tragó otras dos en dos bocados. Las salsas que excedían de las arepas y de su boca corrían por al comisura de sus labios, pero era habilidoso para no dejarse manchar la camisa nueva, pues se inclinaba para que el exceso cayera al piso. Con su dedo índice, limpiaba su boca, y con pericia, catapultaba la salsa hacia la calle. Cuando abrió la boca para acabar con la última arepa, llegó el monumento que estaba esperando, y detuvo el mordisco. Una muchacha esbelta y blancota vestida al estilo punk batía sus nalgas bien torneadas montadas en unas piernas delgadas y atléticas. Sus tangas rojas salían por encima de la pretina de su pantalón de bajo talle, ceñido y sujetado a las caderas con un cinturón grueso tejido con eslabones de cadena galvanizada. Toda vestida de negro, mostraba sus tetas bien paradas y blancas como la leche, que parecían salirse de sus lycras anchas, porque no llevaba sujetadores. Sus pantorrillas, brazos, cuello, pechos y espalda tatuados con motivos eróticos lo hicieron soñar antes de verla a los ojos. Luego, subió su mirada para examinar su rostro, y se excitó al ver sus pierces atravesando sus orejas, cejas, narices y labios. Por último, su copete multicolor de guacamaya terminó de convencerlo de que era la mujer del futuro, la incomparable, la vanguardista, la más moderna, la que debió haber salido de la galaxia y regresado con muchos secretos eróticos de mundos extraños; la que él estaba esperando para ser feliz esa noche.
La muchacha preguntó en voz alta:
- ¿De quién es este automóvil tan bonito, nuevito y pulidito?
- ¡Es mío!- se apresuró Julián a dejar todo claro, más excitado aún al ver el brillante pierce en la lengua de la muchacha, y que imaginaba haciéndole caricias en cada rincón de su cuerpo desnudo.
- ¡Qué nave, mi pana! - dijo la chica.
- Preciosura, aquí tenéis – le dijo, ofreciéndole la arepa que le quedaba -. Te la había mandado a preparar a vos cuando te vi venir, corazón de melón... Me llamo Julián Alejandro.
- Gracias muñeco… que fortachón eres, mi pana burda… pareces un artista de películas de héroes… ¡Y con esa nave, eres un chamo insuperable! – le correspondió la chica, utilizando una jerga capitalina, mientras subía sus manos para meterse la arepa en la boca.
Julián Alejandro se derritió, y fue al grano, porque una mujer así, venida del mundo extraterrestre capitalino, no podía dejarse escapar.
-¿Quieres venir conmigo a pasarla bien en la disco, mi chama? – le dijo, imitando mal su jerga, tratando de no hacer el papel del inculto provinciano.
-¡Claro!, pero estoy con mis hermanos que están parados en aquella esquina. Llegamos de Caracas ayer, pero nos vinimos por avión. Íbamos a buscar a unas amigas para ellos y a un amigo para mí, para ir a divertirnos, pero no tenemos carro.
-¡Pero yo tengo, mi caraqueñita linda! Lo único es que tienes que prometerme que no vas a buscar a ningún amigo, porque pa´ eso me encontraste a mí, en la tierra más caliente que vio nacer a los machos más calientes ¿noveldá, mi panita?
- Claro mi peluche, si tú eres mi héroe de esta noche… ¡con esos musculotes y con esas tres arepas que te atapuzaste, debes tener una resistencia en la cama insuperable! – le decía, mientras miraba con deseo la portañuela de Julián Alejandro.
Su sueño se hizo realidad. Una mujer experimentada, bella, desprejuiciada y atrevida terminaría con él en un motel. Eso sí que era aprovechar el riesgo de robarle el carro a su hermana. Ella llamó a los tres hombres que estaban parados en la esquina. Con el mismo estilo, vestidos de negro, cadenotas por cinturón, tatuajes por todos lados, llenos de pierces por todas partes, pero con las cejas, bigotes y patillas bien dibujados con afeitadora, se embarcaron en el carro y se marcharon. Tomaron la calle que lleva al cine Ávila, y en la soledad de uno de los flancos del museo Urdaneta, la chica se sacó una pistola de debajo de la pierna del pantalón, y se la puso a Julián Alejandro en la cabeza.
- Bueno muñeco, te llegó tu hora. Mi peluche hermoso, mi Sansón – le decía la muchacha, mientras le empujaba el cañón por la sien – Es que a todos los güevones como vos les pasa lo mismo. ¡Tan machote que te veis, pero sois un pendejo ignorante que cree que cualquiera que te diga ¨pana¨ es de la capital! ¡Por favor!
- ¡Se los ruego, yo les doy lo que sea, pero no le hagan nada al carro de mi hermana – gemía Julián, desesperado – ¡Ella no sabe que yo lo cargo!
- ¡Entonces, esta verga no es tuya! – dijo la muchacha - ¡Vos si que sois un pedazo de mierda que no valéis un coño, ni tenéis donde caerte muerto! ¡Tan grandote y no tenéis carro! Entonces, que carajo estáis ofreciendo, si no tenéis ni pa´ comprar una petaca. ¡Bajate del carro, y no te atreváis a correr, porque te disparo en la columna, y te dejo tullido, así jovencito como estáis!
- ¡No te preocupéis mija, que yo no me puedo ir sin el carro de mi hermana… no veis que mata si regresa de Caracas y no encuentra el carro en el garaje!
- ¡No puede ser que le tengáis más miedo a tu hermana que a mí, que te estoy apuntando con una pistola... vos sois el colmo del macho sometido!.. ¡Metete, y callate la jeta, pendejo!
Julián Alejandro obedeció en beneficio del carro de su hermana, que era a la final en su propio beneficio. Era lo único que le preocupaba en el momento, porque confiaba plenamente que por su superioridad física los delincuentes no podrían hacerle daño. No podía perder el carro ni dejar que sufriera un sólo rayoncito, porque no tendría cara que mostrar a su familia. Se dejó manejar como un niño, y obedeció al pie de la letra. Pensaba que en el camino podría convencerlos de que le entregaran el carro. Estaba dispuesto a pagarles con el dinero que hiciera en las ventas de calcetines. Lo mandaron a sentar atrás, entre dos de los criminales. La chica, quien demostraba ser la jefa, pues llevaba el arma y daba instrucciones, se quedó en el puesto del copiloto, mientas que otro sustituyó a Julián como conductor.
Arrancaron de nuevo, y doblaron en la esquina del cine Ávila hacia la avenida Bella Vista. En el trayecto, la chica y sus secuaces seguían mofándose y diciéndole retrasado mental:
-No te da vergüenza dejarte someter por una mujer tan flaca como yo, siendo vos un grandulón… Te parecéis a Ulices, el de la película de los monstruos, pero tenéis un cerebro de palomita.
- ¡Mírenle los músculos! - decía el otro a carcajadas – Me hace acordar a Blue Demon, el luchador mexicano, pero aquél tiene reales y no necesita quitarle el carro a su hermana, como este pendejo pelabolas.
- ¡Por favor – rogaba Julián, casi llorando, ignorando las ofensas–, yo les digo dónde trabajo, y les voy pagando poco a poco lo que quieran, pero no le hagan nada al carro de mi hermana… no tiene seguro... me va a matar pa´l coño!
- ¡Con que así es la verga, Maciste! ¡Mejor, porque ahora van a tener que pagar rescate, güevón! - Dijo otro, riéndose.
- ¡Yo te puedo pagar el rescate en cuotas, pero no te llevéis el carro!
- ¡Coño, Goliat, vos si que sois buen negociante! ¡Los rescates se pagan completos, chico, no en crédito!
Cuando escuchó este sobrenombre, estaban doblando hacia Valle Frío, por una calle con pendiente. Lo habían llamado Sansón, Maciste, Ulices, Blue Demon, pero ¨Goliat¨, esa sí que fue la palabra mágica que desató al monstruo que yacía en el interior de aquel muchacho fornido con ojos inocentes. Se le revolvieron las tres arepas que se había comido. Y comenzaron los recuerdos a calentarle el techo impermeabilizado con gelatina. Comenzó a sudar por chorros, y uno de los dos hombres que lo tenían acorralado en el puesto de atrás se quejó, empeorando las cosas: ¨¡Vergación, Goliat, me tenéis empapado de sudor… pará de sudar, nojoda!¨. Escuchar de nuevo la palabra maldita le hizo recordar todas las riñas que tuvo en el liceo por causa de ese apodo. Vio de nuevo los brazos partidos y los dientes de sus compañeros de clase rodando por el suelo. Imaginariamente, caminó una vez más como un león enjaulado dentro de la celda del retén, a donde lo llevaron por primera vez, después de que le partió la cara de una patada a un vecino que se atrevió a llamarlo Goliat. Vio los enfermeros del psiquiátrico persiguiéndolo con las inyecciones y la camisa de fuerza… Trató de recordar el juramento que le había hecho a su madre y a su hermana de no volver a ser un violento, pero no atinaba a estar seguro si lo había hecho o no, ni cuando ni donde…Ni siquiera se acordaba que tenía madre o hermana, debido a la ira que le tupía el entendimiento. Sólo sentía que sus músculos se duplicaban en tamaño, y su cabeza se recalentó al punto de ebullición, terminando de derretirle toda la gelatina. Toda la tapicería posterior se ensopó de adrenalina, y el auto parecía temblar. En realidad, era la gigantesca energía que manaba de los huesos y músculos de Julián que hacia temblar todo el carro, como si el motor tuviera una falla eléctrica, o el automóvil estuviera pasando por un camino de piedras. Entonces, el apodo se reprodujo como un eco en la mente de Julián Alejandro, y finalmente, Goliat explotó desde adentro de su alma.
Tomó a los dos delincuentes por sus cuellos que parecían tubitos entre las manos de Goliat, agigantadas por la rabia, e hizo chocar sus cráneos con atroz energía. Las dos cabezas sonaron como dos cocos pelados. Podría esperarse que se derramaran las aguas rojizas de aquellos cocos, pero no sucedió. Los dos criminales cayeron contra las puertas del auto, desmayados, y en cuestión de segundos, emergieron de sus cráneos sendos enormes chichones. La muchacha escuchó el raro sonido, se volteó, y vio a sus dos secuaces inconscientes. Entonces, quiso apuntarlo con el arma, pero Julián la tomó por la muñeca y se la apretó de tal manera, que sus huesitos sonaron como cartones, y la pistola cayó en la alfombra del carro. Bajaban hacia Valle Frío, cuando Goliat abrió las dos puertas de atrás, y se deshizo de los dos primeros insolentes que osaron llamarlo Goliat, empujándolos hacia la calle con el carro en movimiento. El auto continúo la marcha con las puertas traseras abiertas, entonces la chica quiso morder a Julián, y éste le propinó un puñetazo desde arriba hacia abajo, en la crisma, como quien golpea sobre un escritorio. La muchacha se desmayó en su asiento. Entonces, el conductor asustado, detuvo el auto para escapar. Cuando intentó bajarse, Goliat le puso la mano en el rostro, y lo apretujó contra el cabezal del asiento. El hombre trataba inútilmente de escapar sacudiéndose, pero no podía mover un milímetro su cabeza y su respiración se hacía casi imposible, debido que la manota de Goliat le cubría todo el rostro. Se hizo el desmayado para que el titán lo dejara tranquilo. Entonces, el enloquecido fortachón aprovechó la quietud repentina de su víctima, se bajó del auto, lo tomó por los pierces de las orejas, y lo tiró al piso. Allí lo remató, arrancándole con violencia todos sus adornitos. El muchacho lloró de dolor al sentir sus orejas, nariz y cejas destrozadas, pero al tocarse sus heridas, supo que había perdido sus pierces, y gritó:
-¡Maldito, que me hiciste, Goliat!
-Te arranqué las mariconadas esas que te guindaste, homosexual sin remedio… ¡Tomá tu mierda! – le dijo, tirándoselas en la cara.
El muchacho echó a correr, gritando: ¨¡Me cago en tu madre, Goliat!¨ En realidad no lo ofendió la mentada de madre, sino el atrevimiento de llamarlo de nuevo por el apodo. Por eso, lo persiguió unos pocos metros, le dio una patada por las tobillos, y lo derribó, cayendo de jeta. Ahora si que estaba inconsciente con todos los dientes esparcidos por el pavimento, de modo que Goliat se calmó y se conformó con darle una sola patada por las costillas. Los otros dos se veían tirados en ambas aceras, aún desmayados. Goliat, sacó la cuenta, y entendió que faltaba ella. Faltaba la culpable de todo. Enfurecido, fue a buscar, no el carro de su hermana, sino a la chica de sus sueños, que apenas volvía en sí del desmayo. Tenía que acabar con el romance. Entonces, la tomo por el pierce de la nariz y la sacó del carro ayudándose con su copete multicolor. Ella rogó, inocente aún del por qué se había puesto tan violento:
-¡Por favor, Goliat, no me vais a matar… tengo una muchachita de cinco años que criar!
-¡A verga, vais a seguir con la falta de respeto, nojoda!
Entonces, tomó con precisión cada pierce con la punta de los dedos, y se los arrancó con furia. Luego, la agarró por un brazo y la arrastró como a una muñeca de trapo hasta la acera. La sentó como pudo, abrió sus manos, y se las empuñó con las pequeñas prendas adentro, diciéndole: ¨¡Sois una caraqueña chimba, malparía… ¿Cómo me pude fijar en una guacamaya como vos? Dale gracias a Dios que no te arranco el pierce de la lengua, porque me podéis infectar de una enfermedad venérea con la lengua sucia esa que tenéis!¨
El circo estaba lleno desde hacía rato, pero Goliat no lo había notado, porque estaba enceguecido de rabia. Además, nadie se iba a meter en una riña tan dispareja, en la que un superhombre llamado Goliat por sus mismos contrincantes acababa con una patota de atracadores, reconocidos en toda la ciudad como ¨los Ponquecitos¨. Cuando levantó la mirada, lo aplaudieron, entonces Goliat se escondió avergonzado en algún alojamiento del alma de Julián Alejandro, y éste volvió en sí para recuperar el auto de su hermana. Suspiró con gran alivio, pero empezó una segunda batalla al ver que el auto rodaba sin conductor y con todas las puertas abiertas por la calle con pendiente. Entonces, emprendió la carrera, logró alcanzarlo, y lo asió por el parachoques de atrás. El carro lo arrastraba, pero Julián Alejandro no lo soltaba. Sólo recordaba la frase de su hermana: ¨ni un rayoncito¨. Los espectadores pudieron haberlo ayudado, pero no podían interrumpir el último acto de aquella película de superhéroes. Las suelas de los zapatos de Julián echaban chispas por la fricción con el pavimento, entonces, empujado por la desesperación y la impotencia, recordó que todo era culpa de los que le faltaron el respeto, y Goliat emergió de nuevo desde su rincón. Pudo detener el auto. Se sentó en él, y felizmente corroboró que las llaves estaban colocadas en el encendido. Aseguró el carro en posición de pare y el freno de emergencias. Revisó el carro, y no tenía ni un rayoncito. Suspiró de alivio. Se encerró de nuevo en el carro. Se quedó un rato descansando y retomando el aliento, mientras se secaba el sudor inútilmente con su pañuelo perfumado, empapado desde el primer intento de detener los chorros de sudor. Entonces, alguien le tocó la ventanilla. Él la abrió con parsimonia.
-¡Vergación, Goliat, lo que tenéis fuerza es verga… Jodiste a cuatro, y pudiste parar el carro, y todo vos solito… Con razón te llaman Goliat! ¿Queréis una cerveza pa´ que te refresquéis y paséis el susto?
- Como no primo… ¡pero no me traigáis una. Me traéis dos, porque estoy seco. Eso sí, te agradezco que una me la traigáis casi congelada y tapada, pa´ que no pierda el gas!
-Entonces, esperame aquí que ya te las traigo.
El gentil hombre regresó con tres cervezas. Los dos brindaron por el éxito de la riña. Julián se empinó la primera cerveza en dos largos tragos, y cuando el hombre tomaba la suya, lleno de orgullo por establecer una nueva amistad con un superhéroe, Goliat tomó por el gañote la cerveza tapada y se la partió en la cabeza al gentilhombre diciéndole: ¡Sabéis como es la verga, que yo no me llamo Goliat!
Dejó su quinta víctima con el coco esta vez partido, sin la oportunidad de un chichón, y se marchó apresuradamente a encerrar el carro de su hermana en el garaje de su casa, y a encerrarse él por unos días, hasta estar seguro de que Goliat se había regresado al rincón de su alma, en donde había estado por tres años en hibernación.
¿Qué demonios se esconden en nosotros? Algunos aparecen desde que somos concebidos. Otros son creaciones de nuestra historia personal. Pueden ser pacíficos o violentos. Pero ambos pueden llevarnos a la condenación o a la salvación. El demonio pacífico, sabio y racional que yacía en el interior de Sócrates, lo llevó a la muerte. El demonio violento de Julián lo salvó de las garras de su hermana.




